La Revolución cultural de Inglaterra durante el siglo XVIII

A fines del siglo XVIII, Inglaterra pasaba por uno de sus mejores momentos. La era la Ilustración había calado hondo en los corazones de millones de europeos y Gran Bretaña no podía ser la excepción. Tierra innata de grandes científicos e inventores el ámbito de las letras, las humanidades y el arte no podía quedar de lado. Empecemos con la filosofía. En este ámbito destaca John Locke, filósofo de los whigs inglés y creador del liberalismo de la modernidad. Se le puede considerar también el padre de los filósofos europeos y que marcaría profundamente el pensamiento de los ilustrados durante todo el siglo XVIII. Para Locke el humano es un ser con razón, y que puede llegar a respetar ciertas leyes consideradas leyes morales. No vamos aquí a detallar su pensamiento, pues tardaríamos muchos párrafos; sólo diremos que él inspiró los no muy lejanos: Contrato Social de Rousseau, los Derechos Humanos y la Independencia de Estados Unidos. Ni hablar de la Revolución Francesa y los ilustrados galos en general. Pese a que pueda sonar contradictorio, Locke tuvo más repercusión en Francia que en Inglaterra y esto se debió a la natural necesidad del pueblo galo de un poco más de “libertad”.

También debemos citar a David Hume, escocés, aunque con una gran alma británica. Publicó su célebre Tratado sobre la naturaleza humana con tan sólo 26 años, y es otro de los pilares de la filosofía del siglo XVIII. También fue historiador, y entre sus obras podemos citar por ejemplo a la Historia de Inglaterra; aunque su narrativa, para algunos, no es imparcial a juzgar por sus juicios, por lo cual le quita bastante crédito. Otro escocés, pero británico, de fama mundial e histórica y que no podemos soslayar y amigo de Hume, era Adam Smith, considerado el padre de la economía moderna. Su obra, “Investigación de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”, le tardó unos diez años y apareció en 1776. La teoría allí expresada es considerada la base y madre del liberalismo económico, prácticamente forjando las bases para transformar la economía en una ciencia. Habló de capital, crédito, comercio, banca, el estatus quo económico mundial, haciendo un análisis histórico y a futuro. Su frase “laisser faire” o “dejar hacer”, en referencia a que el comercio y el capitalismo en ascenso no debían tener intervención estatal es considerada una máxima para los liberales económicos. No en vano tal pensamiento es un cliché del inglés del siglo XIX e inicios del siglo XX, sino lo es hasta hoy en día. Tampoco debemos soslayar al inglés Ephraim Chambers creador de la Cyclopaedia (o Diccionario Universal de las Artes y Ciencias), publicada en 1728. Toda un hito para la época y considerada la madre de todas las enciclopedias, incluida la francesa de décadas posteriores.

La sociedad inglesa estaba cambiando, y a todas luces era la más gloriosa de todas en el mundo. Rica, prospera, a menudo alejada de los problemas de la Europa continental por típicos asuntos fronterizos al ser una isla. Llena de clubes, donde se podía asistir a concursos, conciertos, recitales y demás. Era el centro de moda de los teatros, la música, la actuación, ópera, literatura y otras artes. Todo este entorno atraía a personajes de varias partes de Europa y el mundo, uno de ellos fue Haendel, nacido en Alemania pero más tarde naturalizado inglés, quién se mudó a Londres donde sus obras alcanzaron gran reconocimiento. Las óperas italianas tenían también gran éxito y él se encargo de componer algunas suyas. Sin embargo, la competencia hizo que se marchara a Irlanda, donde escribió una obra maestra llamada El Mesías. Sus ingresos, según su testamento, estuvieron destinados a un orfanato en Londres.

De la música debemos irnos a la literatura. El poeta Alejandro Pope, quién escribió sus célebre Ensayos sobre el criticismo, estableciendo reglas para distintos géneros literarios, así como varias hojas dedicadas a crítica y teoría literaria. Esto le convirtió en un exponente del ámbito y un escritor rotundo de la sátira. Otro de los representantes de aquella época fue el sátiro irlandés Jonathan Swift, muy conocido por sus Viajes de Gulliver, que en su tiempo él las escribió con el fin de que sea una sátira política, pero que hoy en día, por cosas de la historia, es más un cuento dirigido al público infantil. Después también tenemos a los ensayistas que publicaban sus trabajos acerca de literatura o política en diarios como “El espectador” donde dos amigos eran los dueños: Addison y Steele. y también clubes donde se hacían discusiones constantes sobre las ciencias humanas, religión y política. El director del club El Espectador era Rogelio Coverley, también gran novelista.

Así entonces llegamos a Daniel Defoe, inglés, el célebre escritor de Robinson Crusoe. Su vida, como la de muchos hombres de la letra, fue bastante sufrida. Sobre todo, tuvo que adolecer malos negocios que lo dejaron endeudado, y luego de pasar varias penurias y un tiempo en la cárcel, decidió dedicarse al periodismo, convirtiéndose en ser uno de los primeros en el mundo en ejercer dicha disciplina. Fundó su periódico llamado La Revista, de tan solo cuatro páginas pero considerado el precursor de los diarios modernos. La célebre novela que lo haría inmortal recién llegó a su cabeza cuando tenía unos sesenta años, al conocer a un marino escocés Alejandro Selkirk quién le narró sus aventuras pero no quiso que el protagonista llevase su nombre. Daniel entonces le puso Robinson Crusoe, un nombre que él había visto en una lápida en sus tiempos de juventud mientras se escondía de las autoridades.

De la literatura nos vamos ahora hasta la pintura. Hasta esta época, llegado el siglo XVIII no habían existido pintores ingleses destacados. Uno de los primeros fue William Hogarth. Nacido en un hogar muy pobre, se dedicó a realizar desde decorados pasando por algunos grabados hasta llegar a sus típicos cuadros en los que retrataba una historia, episodio tras episodio. Algo así como una historieta plasmada en gigantescos cuadros. Tuvo una serie: Casamiento a la moda, donde refleja las bodas por interés. Prácticamente era una tragedia llevada a los pinceles. Debido a esta honestidad en su arte, tuvo pocos clientes. Uno de los preferidos de los cortesanos era Josué Reynolds, algo así como el mimado de los nobles. Fundó la Real Academia en Inglaterra en el año 1769, y fue él su primer presidente. Pronto se convirtió en el mejor retratista que tuvo Londres. Como había estudiado en Italia, se notaba claramente sus influencias latinas renacentistas. Richard Wilson fue otro gran pintor inglés instruido en Italia que pintaba paisajes, aunque no tuvo mucho éxito pues había más campo para el retrato por aquella época. Otro gran paisajista fue Tomás Gainsborough, aunque también se defendía en el retrato llegando a ser un adversario de Reynolds, sobre todo de senderos y árboles, como los elementos favoritos. Probablemente fue uno de los pintores ingleses más emocionales, y es considerado el padre del paisaje inglés. Uno de sus seguidores fue John Constable, quién perfeccionó el arte paisajístico. Aunque hay que admitir, que al menos en esta etapa de despegue de la pintura en Inglaterra durante el siglo XVIII, el retrato, siguió teniendo la ventaja. Entre otros debemos también señalar a William Blake, poeta y pintor, y a propósito de sus óleos, eran bastante extraños, sus dibujos parecían mal hechos, aunque intencionalmente porque era su estilo, y no llegaron a gustar mucho a los de la corte.

Ahora debemos volver otra vez a las letras. El inglés Samuel Johnson publicó el Diccionario, una obra sin precedentes a juzgar por el fin de su creación; mejorar el lenguaje y la correcta pronunciación de la lengua. Fue un escritor dedicado de novelas, ensayos y críticas. Uno de sus mejores amigos fue Jaime Boswell, quién escribió La vida de Johnson, en honor de Samuel. Fue otro escritor de pulcro estilo, dedicado y entregado a la obra de su vida. Al igual que Oliverio Goldsmith, quién escribió una obra fundamental de la época “El vicario de Wakefield”. A todo esto hay que sumarle la algarabía en los teatros, cuyo esplendor no se veía desde la época de Shakespeare. ¿Nombres?, sobran: Drury Lane, Haymarket, Covent Garden, entre otros. Goldsmith por ejemplo, creó algunas obras para el ámbito teatral. Esto generó que surjan actores y actrices famosos, tales como Sara Kemble, especialista en interpretaciones de personajes de Shakespeare. Otro gran dramaturgo y escritor fue Richard Sheridan, famoso entre la nobleza londinense por sus aventuras románticas creadas en especial para ser llevadas a escena. Comedias y otros géneros le valieron ser famoso entre el Club Literario del doctor Samuel Johnson, creador del Diccionario. Además de escritor, Richard también fue administrador del Drury Lane, un famoso teatro londinense. Más tarde dirigió su mirada a la política.

Hemos entonces podido analizar todo este gran despertar cultural de Inglaterra, el cual no debe ser interpretado de modo casual, pues los ingleses solo respondían a un fenómeno socio-cultural de la época: la Era de la Ilustración. Y por supuesto no podemos cerrar este capítulo sin dejar de mencionar una soberbia obra: la Enciclopedia Británica. Sus fundadores originales fueron Andrew Bell y Colin Macfarquhar, contando con el asesoramiento de muchos sabios e intelectuales más de la época. Fue publicada por primera vez entre 1768 a 1771 en Edimburgo.

Como ha quedado claro, durante la Era de la Revolución y Napoleónica, Inglaterra volvería a recuperar, muy rápidamente como podemos analizar, su estatus de gran potencia. A este país, le esperaba un glorioso siglo XIX, con sus propios aciertos y fracasos.

 

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