La pintura en el Siglo de oro español

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A fines del siglo XV continúa sintiéndose en España la influencia de la pintura flamenca, que va de la mano muy de cerca con la italiana. A medida que transcurre el siglo XVI se acentúa la influencia italiana en los españoles. Así la figura más destacada de este período es Bartolomé Bermejo, un pintor de Córdoba que trabajo en distintos puntos de España e Italia. Su obras más conocidas son la tabla de Santo Domingo de Silos, hoy en el Museo del Prado, que pintó para el altar mayor de la parroquia de Daroca; la Piedad, de la Capilla de los Arcedianos, de Barcelona; la tabla de San Miguel de Tous en Valencia y la Virgen de Montferrato en Acqui, Italia. También es de su repertorio el retrato Isabel la Católica, que se guarda en el Palacio Real de Madrid. Todas sus obras están pintadas al óleo, técnica procedente de Flandes, que dominaba ya en 1474 y que los españoles extendieron por Italia a fines del siglo XV. En sus últimas obras se acentúa la inexorable influencia italiana. No se sabe donde se instruyó, lo que sí es seguro es que no fue ni en Aragón, ni en Cataluña, ni en Italia porque en ella sencillamente no se conocía el óleo. El portugués Nunno Gonsálvez y los españoles Rodrigo de Osona y Fernando Gallegos, de los que ya se ha hablado, usaron ese procedimiento y tal vez del primero pudo haber aprendido algo Bermejo.

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Murillo, al igual que muchos pintores del siglo de oro español, representa un tema bíblico dentro de una naturalidad y cotinaniedad de su momento.

Otro pintor cordobés fue Alejo Fernández, que desde Sevilla llegó con la clara influencia flamenca e italiana. Sus dos obras principales son la Virgen de la rosa, en la Iglesia de Santa Ana, en Sevilla, y la Virgen de los conquistadores, o Santa María  de Buenos Aires, en el Alcázar de Sevilla. Allí estableció una escuela de pintura desde donde saldrían algunos destacados. Uno de los primeros españoles en aceptar y asimilar las tendencias italianas fue el mencionado Rodrigo de Osona, quién realizó obras tan interesantes como la Crucifixión, en la iglesia de San Nicolás de Valencia, y el Retablo de San Narciso, en la catedral de la misma ciudad. También destacan en esta centuria en Valencia dos pintores, Hernando Yáñez y Hernando Llanos, que se inspiraron mucho en Leonardo, de hecho el primero mencionado fue su discípulo. Pedro González Berrugete, pintor castellano, sobresale especialmente en los últimos años del siglo XV y primeros del siglo XVI. Miembro de la corte de Felipe el Hermoso, su técnica fue fundamentalmente flamenca y española, revelando cierta influencia italiana también. Sus retratos son realmente admirables, y tuvo entre sus amigos a Juan de Borgoña. Al final la influencia de la cultura italiana acabaría por reemplazar totalmente a la flamenca, pero a decir verdad los días gloriosos de los itálicos también habían quedado atrás. El arte pictórico había decaído en Italia y únicamente había allí los llamados manieristas o sea los que imitaban a los grandes maestros. En Venecia tan solo, con Ticiano y Tintoreto, tenía aún esplendor, la pintura española había adquirido entre tanto su propia madurez, personalidad y estilo, y no se dejó asfixiar por ese “manierismo”.

Vicente Masio, fue seguidor de la escuela de Rafael, pero sus obras también tuvieron su estilo propio. Su hijo, Juan de Juanes continuó el camino paterno, hasta que sólo los más expertos las reconocen y diferencian las unas de las otras. De la misma escuela son fray Juan de Correa y Luis de Vargas, pintores de temas religiosos. Luis Morales, llamado el Divino, un artista extremeño dio a sus obras un sello de originalidad e independencia. Poco se sabe de su vida, pues murió en 1586. En sus cuadros por lo general se denotan rasgos flamencos y florentinos, pero en forma tan tenue que casi no es posible definirlas. Por lo general sus lienzos están llenos de sentimiento religioso y muestran tendencia hacia las formas arcaicas como un modo de protesta frente al manierismo. En conclusión la pintura española en sí se engloba en tres grandes grupos, cuyas influencias serían de enorme importancia para el ulterior florecimiento del arte pictórica en España: el primero lo forman los pintores que poseyeron más preparación, cultura, y medios que temperamento artístico; el segundo, quienes sólo se guiaron por su sensibilidad y vinieron a ser reformadores de los cánones del arte; al tercero, de los retratistas. En el primer grupo figuran Pablo de Céspedes, pintor, escultor, arquitecto y persona de vasta cultura; Vicente Carducho, florentino de nacimiento, autor de la importante obra Diálogos de la pintura; y Francisco Pacheco, pintor sevillano, autor de varias obras sobre el arte pictórico y maestro de Velázquez.

El paso del mar Rojo - Esteban March
El paso del mar Rojo – Esteban March

Del segundo grupo tenemos a Francisco de Ribalta, pintor valenciano que aunque llegó a estudiar en Italia derivó hacia el naturalismo, siendo comparable en su obra a Zurbarán; Juan de Roelas, otro exponente pintor sevillano y también clérigo que estudió en Venecia: Juan del Castillo, pintor naturalista quién influyó notablemente en Murillo; y Francisco Herrera el Viejo, su arte espontáneo y vigoroso señaló nuevos caminos, y vías a los pintores de España, y fue también el primer maestro de Velazquez. Finalmente en el tercer grupo señalamos a los retratistas encabezados por el flamenco Antonio Moro, admirable pintor de Felipe II, de la reina María de Inglaterra, del duque de Alba y de Margarita de Parma; a su discípulo Alonso Sanchéz Coello; a Juan Pantoja de la Cruz y a Felipe Liaño.

El primero de los grandes maestros de la pintura española, irónicamente, no fue un español. ¿Quién fue?, pues su nombre era Domenikos Theotokopoulos, llamado el Greco, quién nació en la isla de Creta, hacia 1541. La isla pertenecía entonces a la república de Venecia y a esta ciudad se mudó cuando era joven, no se sabe cuánto tiempo anduvo por allí lo que sí se sabe es que fue discípulo de Ticiano, y su obra revela una gran influencia de otro grande, Tintoreto. Cuando llegó a la capital veneciana ya era un pintor, sus dos maestros legaron en él un rápido desarrollo e influencia. Durante su estancia en dicha ciudad tenemos las siguientes obras: Retrato de Julio Clovio (Viena), la Devolución de la vista al ciego (Dresde) y la Expulsión de los mercaderes del templo (Richmond). Luego se marchó a Roma donde estuvo alrededor de ocho años aprendiendo de los grandes maestros, principalmente de Correggio y de Miguel Ángel. Regresó a España en 1576, con 35 años durante el reinado de Felipe II, cuando la corte ya no estaba en Toledo. Fue el creador del retablo de Santo Domingo el Antiguo, de dicha ciudad, el cual podemos describir del siguiente modo: en su parte central figura Asunción: a ambos lados, san Juan Evangelista y San Juan Bautista; al lado del Evangelio está la Adoración de los Pastores. En todos sus cuadros la influencia italiana estaba clarísima.

A Greco no se le considera español meramente porque en dicho país realizó casi toda su obra, sino porque la adoptó como patria y vivió allí hasta su muerte acaecida en 1614. Y así como España fue su ambiente, fue el único capaz de captar la espiritualidad del país y plasmarla en sus telas. Para él no existían más reglas que las de su imaginación y sensibilidad. Por lo general usaba los colores más llamativos que resaltaban en sus cuadros a plena luz. Algunos comentan que fue el primer pintor expresionista, ya que no se ajustaba ni en el colorido, ni en formas, a los cánones de la pintura, por lo general en sus pinturas sus cuadros acerca de temas religiosos, tienden a idealizar las figuras, mostrándolas alargadas, como si la santidad de los personajes los hiciera inmateriales o estuvieran elevándose hacia el cielo. A pesar de algunos roces con Felipe por el encargo del San Mauricio, que no gustó al soberano, el Greco fue el más solicitado de su tiempo, con encargos que a veces no podía cumplir, tanto particulares como de corporaciones religiosas, de Toledo y otros lugares. Poco antes de su desaparición cayó en el más triste olvido aunque sería recordado por miles de generaciones futuras. Su obra más famosa es El entierro del conde de Orgaz que se encuentra en la iglesia de Santo Tomé, en Toledo; posiblemente la obra más penetrante de toda la española. Algo posterior es el retablo del Hospital de la Caridad de Illescas (Toledo). También son notables su Autorretrato, Julio Clovio, y el retrato de cardenal Niño de Guevara.

En la pintura valenciana del siglo XVII se destacaron algunos maestros tales como Ribalta, Espinosa, Orrente y Ribera. Éste último llamado José, nació en Játiva, pero vivió desde joven en Italia sobre todo en Nápoles, donde los virreyes lo distinguieron mucho por sus trabajos. Los italianos lo llamaban el Españoleto y así es conocida hasta ahora. A pesar de que pasó varios años en el extranjero su pintura es esencialmente española, más que todo por la temática, su intenso realismo y las influencias, aunque tampoco se salva y tiene algunos chispazos inspirados en Caravaggio. Por lo general sus cuadros tienen fondos sombríos y los personajes aparecen llenos de emoción y dramatismo. Entre sus obras más conocidas figuran el Cristo, de la Colegiata de Osuna; la Inmaculada, de las Monjas de Monterrey (Salamanca); el Cristo y los apóstoles Pedro y Pablo, de la Diputación de Vitoria, y el Martirio de san Sebastián, perteneciente al Museo Bilbao.

Siglo de Oro en España.
Siglo de Oro en España.

Después de Juan de Roelas, Juan de Castillo y los dos Herrera, la escuela sevillana alcanza su máximo esplendor con Zurbarán, Valdés Leal, Murillo y Velázquez. Respecto al primero, Francisco de Zurbarán nació en Badajoz. Era hijo de unos humildes labradores que vieron desde joven como el muchacho mostró desde joven inclinación por la pintura, por ende lo mandaron a estudiar a Sevilla cuando tenía 16 años. Herrera el Viejo, Ribera y Caravaggio influyeron notablemente en su desarrollo, de tendencia muy dramática por cierto. Sus cuadros de motivos religiosos eran su especialidad pero también hizo algunas donde dibujó “naturalezas muertas”. Sus obras más famosas están en el Museo del Prado, en la Academia de San Fernando, en Madrid, y en muchos museos e iglesias de Sevilla, aunque también repartidas por el mundo. Otro representante es el mencionado Juan Valdés Leal (1630-90), sevillano, plasma en sus obras mucho pesimismo y dramatismo, también otro maestro del color y con frecuencia se inclina a tonos sombríos. De sus obras señalamos don Miguel de Mañara y Los jeroglíficos de nuestras postrimerías, ambos en el Hospital de la Caridad, en Sevilla. Otro ejemplar es Bartolomé Esteban Murillo, también sevillano, cuyo primer maestro fue Juan de Castillo, y al llegar a Madrid con 26 años Velázquez se interesó por él. Su pintura es amable y sencilla, sus cuadros religiosos son muy ingeniosos y tuvieron mucho éxito en su época, también fue un gran naturalista, de estos resaltan “Santa Isabel curando a los tiñosos” y “Muchachos comiendo melón”. Murió accidentalmente cuando se cayó desde lo alto de un andamio, cuando pintaba su última obra en la cúpula del Convento de Capuchinos, de Cádiz. Alonso Cano fue discípulo de Pacheco y se convirtió en jefe de la escuela granadiense, en la cual también destacaron Moya, Bocanegro, los Cieza, Risueño y Juan de Niño de Guevara. En la escuela de Córdoba aparecen Zambrano, del Castillo y Reynoso.  Sin embargo tanto el grupo granadino como el cordobés dependían en cierto modo del sevillano.

Finalmente llegamos a Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, uno de los más grandes pintores que tuvo España, nacido en Sevilla. Con once años de edad entró a trabajar en el taller de Francisco Pacheco, un erudito de pintura quien tenía muchos contactos entre artistas del medio, donde el joven encontraría inspiración. Se educó en las corrientes “manieristas” pero evolucionó hacia el naturalismo. Luego de casarse a los 19 años con la hija del maestro, buscó perfeccionarse día a día y pulir su técnica. Le gustaba que los objetos representados en sus cuadros tuvieran relieve, corporeidad, disponía bien de la luz de modo que hicieran resaltar las formas, que por lo general resaltaba con trazos vigorosos. También le gustaba destacar calidades de los objetos, distancias, planos, etc. Con tan sólo 24 años Pacheco logró que su alumno fuese admitido en la corte de Felipe IV, donde pintó varios “Retratos” del rey, del infante don Carlos y del conde-duque de Olivares, así como Los Borrachos, obras que causaron gran impresión y decidieron al monarca asignarle una merecida pensión al artista. Cuando tenía 30 años partió para Italia, viaje que duró dos años y tuvo gran influencia para él. Los maestros italianos influyeron en él y depuraron su estilo, sus retratos adquirieron a partir de entonces más nobleza y distinción, pero el joven aprendió a dotar sus cuadros de ambiente atmosférico, uniendo todas las partes de la obra en un conjunto armonioso, aunque separándolas según la mayor diafanidad del espacio que existe entre ellas, dando a sus cuadros, al pintar “el aire”, distintos grados de profundidad, lo que determina muy bien las dimensiones de la obra. En Italia pintó durante este primer viaje, La Fragua de Vulcano; La túnica de José y dos “Vistas de la Villa Médicis”. Luego regresó a Madrid, creó sus famosas obras “La rendición de Breda” (también se le conoce Las lanzas); “los Retratos ecuestres” de Felipe III y de la reina Margarita de Austria, su esposa; de Felipe IV y de su esposa Isabel de Borbón, y del príncipe Baltasar Carlos; los “Retratos en traje de caza” del rey Felipe IV, del infante don Fernando y del príncipe Baltasar Carlos; y varios “Retratos” de bufones y personajes en la corte, en todos los cuales se revela su admirable maestría.

El Siglo de Oro en su resplandor.
El Siglo de Oro en su resplandor.

A todo se le llama Segundo Período de Velázquez, que abarca en total 18 años, o sea desde el regreso de su primer viaje a Italia, en 1631, hasta que emprende el segundo en 1649, cuando su pintura se hace más colorista y vigorosa, pero también delicada dominando unas finas armonías grises, plateadas y nacarinas. En su tercer período, 1650-60, y también el último, alcanzó su máxima fase de desarrollo como artista, figuran sus obras tales como el “Retrato de Inocencio X”, “Esopo”, “Menipo”, “la Coronación de la Virgen”, “los Santos ermitaños”, “Marte”, “Mercurio y Argos”, “la Venus del espejo” y la dos obras incomparables: “Las Hilandras” y “Las Meninas”, está última considerada su obra maestra. Sus obras son como él, pura calidad humana, plasmada arte. En algunos retratos como el de Inocencio X, sus facciones están muy bien reproducidas, ni hablar de los retratos a la familia real española….todos casi perfectos con gestos de bondad y nobleza haciéndolos simpáticos. Finalmente los últimos maestros del siglo XVII fueron algunos tales como Juan de Pareja (), discípulo de Velásquez; el madrileño Juan Rizi; el vallisoletano Antonio Pereda, el avilesino Juan Carreño de Miranda, el burgalés Mateo Cerezo y Claudio Coello de origen madrileño; Carreño y Coello fueron, ambos, pintores de cámara de Carlos II, el último de los Austria cuya vida acabó en 1700. Carreño además fue retratista y Coello pintó también el célebre cuadro de La Sagrada Forma, de El Escorial. Así acaba la lista de los más importantes maestros del siglo XVII, pues luego de eso la pintura española, en realidad después de Velázquez, decaería en calidad, hasta la aparición del genio de Goya, aunque esa ya es otra historia.

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