La guerra de los siete años: La lucha por la supremacía colonial

Posted by admin on Nov 3, 2009 in Grandes guerras de la historia |
   

Escrito por Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y  con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.

Hacia mitad del siglo XVIII, dos de las potencias más grandes y ricas de la época, Francia e Inglaterra, mantenían una ya larga lucha tanto comercial como territorial por el control de las colonias, importantes centros de explotación y abastecimiento natural. Sin embargo, la anexión de Silesia por el reino de Prusia, la recuperación austríaca y la protesta de España por los ataques de los piratas, iniciaron un nuevo período de enfrentamientos entre 1756 y 1763 conocido como la Guerra de los siete años. Al final de ese período de tiempo, el mapa geopolítico mundial dejaría a Inglaterra como la máxima beneficiaria, en detrimento de Francia, que casi lo perdió todo.

la-guerra-de-los-7-añosLos hechos ocurrieron así. En 1748, la orgullosa Casa real de Austria había perdido toda soberanía sobre la próspera región de Silesia (actualmente Polonia), a manos de Federico II, el “Grande”, rey de Prusia. A casi 10 años del Tratado de Aquisgrán, que puso final a la Guerra de Secesión Austriaca y dejó como solitaria gobernante a  María Teresa I, Archiduquesa de Austria y Reina de Hungría y Bohemia, la ambición del mencionado país reverdeció como nunca antes. María Teresa I, que conocía el talento militar del rey prusiano, no quería iniciar hostilidades sin antes proveerse del suficiente apoyo de naciones amigas. Rusia, Suecia, Francia y el ducado de Sajonia, acudieron a ella y le prometieron ayuda militar y económica. En 1755, Austria declaró la guerra tanto a Prusia como a Inglaterra (aliada interesada de Federico) e inició de inmediato los preparativos para la ofensiva.

La enorme coalición austríaca hizo despertar la inquietud de Federico II de Prusia, que no esperaba una oposición tan grande. Rodeado de diversos enemigos, y virtualmente solo, ordenó la movilización inmediata de sus fuerzas militares a Silesia. Probablemente convencido que esperar un ataque debilitaría su posición, pasó a la ofensiva sin previa declaración de guerra. El impacto fue rápido, letal y contundente. En otoño de 1756, Prusia invade Sajonia (actual sureste de Alemania) y casi imparable, doblega la zona para pasar sin detenimientos a Bohemia. La rápida ofensiva prusiana inicialmente limita el poder de respuesta austríaco, pero una vez pasado el temporal, la reina María Teresa reorganizó mejor sus fuerzas.

Prusia: la sobrevivencia de un talento militar

Las tropas de Federico II se hallaban en aquel entonces en la ciudad bohemia de Kolin, cuando fueron informados que un gran ejército austríaco estaba cerca. La pequeña ciudad saqueada, incendiada y a punto de desaparecer, fue entonces el epicentro de una de las batallas más sangrientas de la llamada Guerra de los Siete años. Del lado prusiano, 20 mil hombres integraban las líneas de infantería y 14 mil, la de caballería. En el lado contrario, eran 35 mil y 19 mil respectivamente. El choque fue brutal. El mayor número austríaco y la excelente disposición de sus falanges frenaron en un solo movimiento el avance de Federico II quien al caer la tarde, estaba vencido. Prusia perdió más de 13 mil hombres; Sin embargo, no sería el último acto que  Federico ejecutara en la guerra.

La reina María Teresa recibió con algarabía la noticia que el enemigo estaba en las fronteras del país. Pensando que era la oportunidad para retomar Silesia, ordenó una nueva y mayor ofensiva pero esta vez Federico II, viejo y talentoso experto en el arte militar, estaba preparado. El 5 de noviembre de 1757, cuando las tropas austríacas fueron a su encuentro, el prusiano les asestó un golpe durísimo. Más de 10,000 austríacos resultaron muertos o heridos, 12.000 fueron hechos prisioneros, y 116 cañones y 55 banderas fueron el botín sustraído. No obstante, el pánico no cundió. Austria contaba con el apoyo de Francia por un frente y Rusia por el otro. Nada podía salir mal.

Es aquí cuando más aflora el talento de Federico II. Desplegando una zona de resistencia a lo largo de Silesia, es informado que fuerzas combinadas de Francia y Austria avanzan hacia él en masa. Cerca de la ciudad de Lethen, el 5 de diciembre de 1757, se traba el nuevo combate. Los austríacos contaban con 84 batallones de infantería, 144 escuadrones de caballería, 210 cañones y entre 60.000 y 80.000 hombres.

Federico II disponía de una fuerza integrada por 48 batallones de infantería, 128 escuadrones de caballería, 167 cañones y unos 36.000 hombres en total. Pese a la evidente disparidad numérica, un hábil engaño de Federico II hace creer a los austríacos que la ofensiva principal será en el centro, cuando en realidad, éste se enfocará hacia la izquierda. Cuando el enemigo traba fuerzas y cae en el engaño, aparece de súbito el grueso de la fuerza prusiana. La matanza es espantosa y los austríacos cuentan más de 22,000 bajas entre muertos y heridos. La reina Maria Teresa, petrificada, no puede salir de su asombro.

Envalentonado por la victoria, pero cauteloso, Federico II no se deja ganar pos sus apetitos y prefiere esperar el nuevo curso de los acontecimientos. Maria Teresa, decidida a conquistar Silesia, reorganiza sus fuerzas pero pronto comprende que las bajas sufridas constituyen una poderosa razón para reflexionar. Ante la imposibilidad austríaca, el Ejercito Ruso de la emperatriz Isabel I avanza imparable por el frente oriental. Federico II, que no aguardaba tan rápida respuesta, decide atacar antes de verse rebasado.

La nueva batalla se entabla en la ciudad de Zorndorf (hoy Polonia). En un día extremadamente caluroso, ninguno de los dos ejércitos parece vencer. Cerca de caer la tarde, un ala prusiana cede y parece inevitable la caída. Pero el general prusiano de caballería Von Seydlitz decide la batalla gracias a su excelente táctica de ataque que sorprende a los rusos y ganan la batalla. Sin embargo, el costo para ambos, de 30,000 hombres cada uno, deja exhaustos a los países, en especial a Prusia, que no sabe cómo recomponer sus fuerzas.

El milagro de la Casa de Brandenburgo
Acaecieron entonces, momentos de suma incertidumbre para Prusia. Con la espina clavada en la garganta luego de la derrota de Zorndorf, los rusos unen fuerzas con Austria y vuelven a la carga, derrotando a Federico II el 12 de agosto de 1759 en la batalla de Kunersdorf, cerca de Fráncfort del Óder.

Fue el revés más grave del rey prusiano que siente con desesperación que su imperio se cae a pedazos. Con todo, su buena estrella vuelve a brillarle como tantas otras veces. Los vencedores de Kunersdorf, en vez de aprovechar el momento para ultimar a los prusianos, pierden valioso tiempo reflexionando sobre el siguiente paso a dar. Su falta de cohesión sería su perdición. Federico II, al punto de la bancarrota, rehace sus fuerzas y se juega todo en una nueva ofensiva. Inesperadamente, las victorias de Liegnitz (Silesia) y Torgau (Sajonia), hacen retroceder al enemigo, pero ni Federico sabe por cuanto tiempo.

El control de Silesia parece sin peligro por el momento. Pero Prusia realmente se encuentra en una situación muy delicada. Por el sur, Austria prepara una nueva ofensiva; por el este, Rusia con toda seguridad volverá a la carga. Al borde del suicidio, Federico II no puede recomponer el agotado erario nacional y teme que sin nuevas tropas, o un mayor apoyo de Inglaterra, el derrumbe de las fronteras del país ocurrirá tarde o temprano.

Con mucho sacrificio, evita las campañas a campo abierto y establece una lucha de posiciones totalmente defensiva. Las bajas se cuentan por miles, pero los enemigos no consiguen entrar al país. Es ahí cuando ocurre un verdadero prodigio, el llamado “milagro de la Casa de Brandenburgo”: Isabel I de Rusia muere a comienzos de enero de 1762 y su sucesor Pedro III, nieto de Pedro el Grande y admirador del rey prusiano, retira sus tropas y ofrece un tratado de paz (La Paz de Hubertusburgo) firmada entre Austria, Prusia y Sajonia el 15 de febrero de 1763. Prusia podía por fin, respirar aliviada. Había conservado Silesia, y era considerada potencia europea.

América e India: Los restantes dos frentes de la guerra.
La victoria de Prusia, auspiciada por Inglaterra, fue de suma importancia para el rey de inglés Jorge III, que aspiraba a obtener la supremacía colonial sobre todo en América, un continente que parecía ser de riqueza inagotable y común centro de explotación y comercio. Debilitada la posición francesa y austríaca en Europa, y estando España virtualmente sola en la lucha imperial, la ambición del rey y su primer ministro William Pitt era arrebatar a Francia sus posesiones en América y en menor medida, las de Asia y África.

Muy pronto, las divergencias entre Francia e Inglaterra aflorarían. Desde 1748, cuando Francia cedió sus posiciones en la Isla de Cabo Bretón (costa atlántica de Cánada), la lucha por el comercio de pieles y las sumamente ricas colonias pesqueras de Terranova pusieron a ambos en una situación irreconciliable. Tras la sobrevivencia de Prusia en Europa, la derrota de Francia y Austria, y el retiro de Rusia y Suecia, Inglaterra vio la ocasión servida para anular a su vecino americano. Así pues, Inglaterra decidió revertir la supremacía francesa nombrando al general James Wolfe al mando de las tropas en América, conquistando en poco tiempo toda la península de Québec en 1759, y Montreal un año después.

Tras alcanzar la preponderancia en el norte de América, España y Francia, los otros países con intereses americanos, pese a sus evidentes diferencias tuvieron que asociarse ante el peligro común. Carlos III de España y el rey Luis XV de Francia, firmaron el llamado Tercer Pacto de Familia, acuerdo por el que concertaban esfuerzos contra los ingleses. La precaución no era innecesaria. El hostigamiento deliberado de los británicos era insoportable para ambos. Sino, enumeremos los hechos: Sabotaje de naves españoles, ataques a Guatemala de dominio español,  hostigamiento de las zonas francesas en la India, pirataje constante, impulso del contrabando en detrimento del comercio español y francés, etcétera. Sin embargo, el tratado fue perjudicial para España, que vióse arrastrada a una guerra a la que no estaba preparada.

Irremediablemente inducida a una conflagración, España tomó de inmediato Portugal, eterna aliada de Inglaterra, y concentró esfuerzos en la conquista de la costa uruguaya atlántica, un punto de comercio y abastecimiento vital. La derrota fue estrepitosa y antes que tuviera mayores alcances, suspendieron las operaciones. Inglaterra decidió contragolpear tomando la ciudad de la Habana (hoy Cuba) y Manila (actual Filipinas). En vano esperaron una mayor respuesta francesa, ocupada en no perder sus valiosas posiciones en la India. Pero incluso en esa parte de Asia, el poder inglés triunfó y en una serie de batallas llamadas Las Guerras de Carnatic, expoliaron las posiciones hasta eliminarlas por completo. En América, en Europa y en Asia, la supremacía inglesa fue total. Sin capacidad de respuesta, España y Francia debieron buscar la paz.

El 10 de febrero de 1763, luego de un pulseo de fuerzas a nivel mundial, se celebró el Tratado de París por el cual Francia perdió además de sus tierras canadienses, casi toda presencia en la India. A su turno, España abandonó toda esperanza de conquistar Portugal. Finalmente, y como compensación, Francia conservó algunas posesiones en la India, el derecho de navegación del río Mississippi (Estados Unidfos) y el de pesca sobre Terranova (Canada). Asimismo, obtuvo la administración del Estados de la Florida en Estados Unidos, y algunas islas como la de Gorée, San Pedro, Miquelón, Guadalupe y martinico, las cuales conserva hoy.

La guerra de los siete años remarcó un nuevo hecho: La supremacía inglesa y su presencia colonial en casi todo el mundo. Si bien España recibió los estados americanos de Florida y Luisiana, los movimientos independentistas en Sudamérica lo desviaron de una mayor atención en la zona y al cabo de unos años, su presencia desapareció. Por otro lado, Francia, paradójicamente, no se vio tan perjudicada como pensó originalmente. En principio, no le fue negada la posibilidad de pescar en Terranova, por lo cual su comercio pesquero continuó. La población francófona de Québec, una de sus principales preocupaciones, recibió un trato de respeto y no discriminación que le permitieron sobrevivir hasta hoy. E incluso, pudo conservar la isla de Puerto Príncipe (Hoy Haití), el principal exportador de azúcar del mundo.

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