El asedio a Leningrado
Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.
Iniciada la Operación Barbarroja el 22 de junio de 1941, los nazis llevaron la desolación y la muerte al país soviético. Dividida en tres grupos de ejércitos, las fuerzas nazis parecían invencibles mientras que Stalin y todos sus compatriotas parecían derrumbarse poco a poco. Dichos ejércitos apuntaban a tres direcciones, el del sur a la zona rica en petróleo del Cáucaso, el del centro a la capital de Rusia, Moscú, y en el norte a la entonces Leningrado, cuna de la revolución bolchevique, hoy llamada San Petersburgo. Esta era sin duda, la urbe más importante luego de la capital y la más representativa para el mundo comunista, razón por la que Hitler, además de asegurarse una posición estratégica deseaba controlar para afectar la moral rusa.
Los ejércitos del norte encargados de tomar la ciudad que llevaba el nombre de Lenin, avanzaron lo más rápido posible y para agosto ya estaban en las puertas de una urbe que albergaba alrededor de 3 millones de habitantes. Para cualquiera, era una suma demasiado grande para ocuparla y mantenerla, por ende al Führer no se le ocurrió una mejor idea que forzarla a la rendición por hambre y frío, iniciándose así una de las mayores tragedias del mundo contemporáneo.
La cuenta regresiva a la libertad
Era 20 de agosto de 1941, casi a dos meses de iniciada la invasión, cuando la vía ferroviaria que conectaba a la ciudad y la capital fue súbitamente cortada, con la más fina intención de aislar la ciudad del norte. Para el 30 de agosto ya ningún vagón llegaba a la urbe. Al acercarse al río Neva, los alemanes también ponían en peligro el contacto con la ciudad por vía fluvial y de carretera. Dos días después, el 1 de septiembre caían los primeros obuses sobre la ciudad cortándose la comunicación por tierra una semana más tarde. Pronto, los rusos se dieron cuenta que los alemanes no pretendían ocupar la ciudad, como París o Varsovia, sino más bien forzarla a sucumbir en situaciones infrahumanas.
Por el norte, los finlandeses, vengándose de la guerra que la URSS había emprendido contra ellos, se alió con Alemania y recuperó sus territorios perdidos durante la Guerra de Invierno, sin embargo se negaron totalmente a continuar la guerra contra la URSS a favor de Alemania, el general finlandés Carl Gustaf Mannerheim se mantuvo firme ante esta decisión y se negó rotundamente a masacrar Leningrado, y así fue, pues nunca se desarrolló ningún ataque de Finlandia sobre la ciudad. Los alemanes presionaron a sus aliados, pero no obtuvieron resultados pasivos, que mas daba, creyeron que con ellos bastaba para acabar con Stalin.
En toda la URSS se habían dado medidas extremas con el transcurrir de la guerra y Leningrado fue la primera en practicarlas. Se reclutaron tropas, se obligó a los civiles a cavar trincheras, construir refugios, colocar trampas, minas, alambres, y por sobre todo, a evitar salir de la ciudad, en un acto cruel de parte del gobierno soviético hacia sus ciudadanos y más aún cuando se percataron que para aquellos tres millones de seres humanos sólo había provisiones para algo así como dos meses. Muchos de ellos, entonces, ya tenían los días contados. Stalin dio mientras pudo, discursos por radio, hasta que la electricidad fue cortada. Los primeros 60 días fueron un asedio terrible pues la artillería alemana hacía estragos sobre la ciudad y los desesperados civiles, en todo el sentido de la palabra, eran descuartizados por cualquier obús, ya que nunca se sabía dónde iban a caer estos. Los soviéticos, si bien no evacuaron a las tropas intentaron salvar la situación mediante el llamado “Camino de la Vida”, nada más y nada menos que un corredor construido hacia el 20 de noviembre de 1941, a través del las frágiles capas de hielo del Ládoga, que por supuesto no alcanzó a satisfacer la demanda, sino más bien a prolongar la agonía, y es que luego de la toma de la ciudad rusa de Tijyin aparentemente no quedaba nada.
Todo a favor de los alemanes hasta el momento
Reiteremos los deseos de Hitler de acabar con la ciudad, en una orden secreta suya que fue expresada del siguiente modo: “El Führer ordena que se borre a Petersburgo de la faz de la tierra. Después de la derrota de la Rusia soviética, no habrá motivo alguno para que esta vasta y poblada ciudad continúe existiendo…se propone descargar sobre la urbe un incesante fuego de artillería de todos los calibres y destruirla completamente con bombardeos aéreos. En el caso de que la ciudad pida la rendición, se rechazará tal propuesta”.
Luego llegó aquel cruel invierno ruso de 1941, tan perverso para los alemanes como para los dueños de casa, aunque los segundos sacaron más provecho de esto. Sin embargo estaba claro que ambos bandos sufrieron, en especial los civiles. Pronto faltaron los carburantes y algo con que quemar las cosas, pero lo más importante fueron los alimentos, las raciones alimentarias disminuyeron de modo abismal. La desnutrición se convirtió en algo cotidiano así como las muertes por inanición. Ya a mediados de septiembre se había hecho un anuncio siniestro: sólo había carne y granos para un mes más aproximadamente, se recurrió en muchos casos al canibalismo. A través del camino de la vida se introdujeron algunas provisiones, pero los alemanes siempre anduvieron hostigando a los rusos desde el aire. Estos se vieron obligados a comer tripa de cordero que sólo daba como resultado una nauseabunda jalea, eso sin contar que las mascotas de la ciudad ya huían de sus anteriores y ahora hambrientos dueños. Desde perros, pasando por gatos, hasta llegar a animales no precisamente domésticos como las ratas, fueron exterminados y engullidos en un hambre que aumentaba cada vez más.
Así fue la primera navidad de los leningradenses. La ciudad carecía de combustible, los trabajos cerraron, no había conciertos o reuniones sociales y la energía estaba destinada a ser usada sólo con fines militares. Para darse calor y también luz durante la noche, los rusos recurrieron a un acto sin precedentes, y que probablemente les conmocionó más que a cualquier otro: se quemaron los libros de la biblioteca con casi 200 años de antigüedad. La ciudad moría lentamente, y Hitler no podía estar más encantado. Aunque eso sí, para fines de 1941, no son desconocidos los reveses que los alemanes padecieron en el frente central al intentar tomar Moscú, haciendo que la capital se salve del asedio y retrasando la ofensiva durante todo el invierno poniendo fin de una vez por todas a Barbarroja.
La guerra hizo sus propios protagonistas, esta vez desde el bando civil como Tatiana Savicheva, que al mejor estilo de Ana Frank relató en su diario como uno a uno, los miembros de su familia murieron, al final ella también sucumbiría, victimas todos del hambre. Su relato sería más tarde usado en los Juicios de Nuremberg para corroborar los crímenes de guerra perpetrados por los nazis. Mientras que el compositor ruso Dimitri Shstakovich creó su Séptima Sinfonía, o de Leningrado, en efecto una fiel muestra de que el intelecto no se agotó en los rusos como los alimentos o sus bienes.
Los intentos de liberación
A pesar de su situación apremiante, Stalin dio el visto bueno para que se quite el cerco de la ciudad, por ello, se hicieron varias operaciones. La primera en 1941, que resultó un fracaso y pasó sin pena ni gloria. Inició 1942 y Leningrado ardía en llamas, moría de hambre y parecía una ciudad a punto de sucumbir. La artillería y la aviación alemana hacían bien su trabajo.
Durante todo aquel año no dejaron de llover obuses sobre la urbe, durante el primer trimestre duró 67 días, en el segundo 78 días, en el tercero 58 días y en el cuarto 51. Se destruyeron casas, hospitales, guarderías, orfanatos, escuelas, edificios públicos, de recreación, etc. Sin embargo la ciudad no caía y Hitler y sus secuaces empezaron a darse cuenta de que si la situación no cambiaba de rumbo, las cosas no marcharían nada bien. En agosto de 1942 se podría hablar de un verdadero y planeado intento de liberar del cerco la ciudad, estamos hablando de la Operación Siniavino. La misma duró hasta finales de septiembre luego de salvajes y cruentos combates que pusieron a prueba la determinación del súper-hombre alemán. La ciudad continuó en sus manos, sin embargo comprometió a los nazis a permanecer en Leningrado, cuando dichas tropas se necesitaban tanto en otros frentes. Los ejércitos del norte perdieron 60 mil soldados, 200 tanques, 200 piezas de artillería, 400 morteros y 730 ametralladoras y 260 aviones. Estaba claro que no podrían ayudar aquel año a los ejércitos del centro y del sur.
Luego del desastre alemán en Estalingrado, el siguiente ataque soviético, llamado Operación Iskra, no acaeció sino hasta el 12 de enero de 1943. Este fue más exitoso y se consiguió expulsar a los alemanes del lago Ládoga; los frentes de donde partieron los rusos, Leningrado y Volchov, se encontraron en un estrecho corredor. A continuación se peleó en los suburbios de la ciudad a partir del 10 de febrero de 1942. La División Azul española combatió y causó grandes bajas a los soviéticos, en su tentativa de recuperar la asediada ciudad. No lo consiguieron, pero algo estaba claro, los ejércitos del norte estaban totalmente debilitados y sólo faltaba empujar la puerta para que la casa se derrumbe. Se tuvo que esperar casi un año más, cuando el 14 de enero de 1944 los soviéticos contraatacaron, y a los pocos días los alemanes empezaron a retroceder en sus posiciones, algunos otros incluso fueron barridos. Los finlandeses fueron devueltos a su país, y aceptaron firmar un armisticio para evitar represalias, sin embargo si las tuvieron de sus aliados nazis, quiénes mataron a muchos civiles en su huida de dicho país. Finalmente, luego de casi 900 días de asedio y de sitio, en donde se habían cometido hasta actos de canibalismo entre la población, y los cuerpos en las calles empezaban a pudrirse generando un terrible hedor en el ambiente, la ciudad de Lenin, es liberada al fin en enero de 1944.
Las bajas entre los civiles rusos, quizá las que más importen antes que las de los mismos combatientes, fue de casi 1 millón 200 mil, eso quiere casi la mitad de los que vivían allí. Muchos otros nunca pudieron borrar aquel trauma de sus mentes el resto de sus vidas, sin embargo Hitler fracasó y Rusia se salvó, o mejor dicho como diría alguna vez un leningradense: “Troya cayó, Roma cayó, pero no Leningrado”.


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