La caída de Constantinopla

Posted by admin on Jan 26, 2010 in Hechos históricos |
   

caisa-de-constantinoplaEscrito por Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y  con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.

Cuando Honorio y Arcadio, ambos emperadores, se repartieron Roma occidental y oriental respectivamente, esta ciudad era ya un cúmulo de decadencia, un espectro, una luz apagada. De su gloria pasada sólo quedaban recuerdos. En cambio, Constantinopla era la nueva urbe centro del mundo y de la civilización occidental, puerta de oriente y occidente, ciudad por donde casi cualquier comerciante debía pasar obligatoriamente, lo que la enriqueció progresivamente. El hecho es que a Constantinopla se mudó no solo la administración y el ámbito cultural del imperio, sino que tras la caída de la Roma occidental,  la parte oriental o Bizancio permaneció como aquella heredera del recuerdo de la grandeza que Roma alguna vez representó en, prácticamente, tres continentes. Los primeros 500 años para Bizancio estuvieron plagados de éxitos y fracasos, aciertos y problemas, virtudes y errores, como cualquier aparato estatal atraviesa. Sin embargo,  Constantinopla seguía siendo una de las principales urbes, sino la primera, del mundo desde el punto de vista político, geográfico, arquitectónico y cultural.

Los antecedentes a la caída

Ahora bien la decadencia de Roma oriental y por ende de Constantinopla puede establecerse a partir de las Cruzadas. El hecho es que Bizancio ya había mostrado un serio retroceso político y militar frente al Vaticano y a otros reinos como Inglaterra o Francia. Eso sin contar que tenía que lidiar con serios problemas internos. Ya desde la primera cruzada, Bizancio pareció no entenderse muy bien con los caballeros cruzados de otros reinos y tuvo problemas con los fieles. En sí, Constantinopla y Bizancio sirvieron como una base de descanso y reabastecimiento para el camino final hacia Medio Oriente. Durante la Tercera Cruzada los bizantinos argumentaron que era imposible vencer a Saladino, por lo cual se declararon neutrales, un hecho controversial para la época si es que de verdad eran los principales aliados del Vaticano y los reinos cristianos, o al menos eso pensaban…Esto por supuesto le restó crédito a la decadente figura del emperador y a Bizancio por lo cual los cruzados asaltaron la ciudad en el 1204, quizá llevados por la avaricia a razón de  los tesoros que la ciudad albergaba.

Bizancio atravesó una serie de crisis, que lo dividieron en Nicea, Trebisonda o el Despotado de Epiro, entre otros. Finalmente Nicea recuperó la ciudad en 1261. Esta crisis contra los propios cruzados cristianos había reflejado la decadencia en la que habían caído los bizantinos y el imperio. La urbe de Constantinopla era vulnerable. Los musulmanes ya no representaron un serio peligro luego de siglos de haber soportado múltiples asedios. Ahora sobre el horizonte se cernía un nuevo enemigo, los turcos, que si bien no tenían el mismo origen de los musulmanes, los habían sometido y, además, se habían convertido al Islam, lo cual los convertía en los candidatos perfectos para transformarse en el nuevo y mortal enemigo. En Constantinopla mientras tanto, se preparaba la nueva urbe fortificada, pues ya se preveían nuevos y poderosos ataques de oriente…o hasta de occidente. Las murallas de la ciudad en la parte oeste tenían una tradición de haber defendido a Constantinopla de ataques tan grandes como el de los hunos, germanos, búlgaros o rusos. Pero el talón de Aquiles estaba ubicado en las murallas del litoral a lo largo del llamado Cuerno de Oro, el canal que separaba Constantinopla de la villa de Pera. Por ello los bizantinos al recuperar la urbe para sí reforzaron esta posición y en todos los demás puntos donde fuese necesario hacerlo. Además se había construido una cadena de hierro, grande y pesada que serviría como obstáculo para que ningún barco ose atravesar el canal sin autorización previa de los bizantinos.

Ahora bien, ¿Quiénes fueron los primeros enemigos? Sí, eran los turcos, como ya hemos mencionado, pero los selyúcidas, quienes empujaron a los bizantinos una vez tras otra y fueron apoderándose de sus territorios en casi toda la península de Anatolia.  Luego los selyúcidas riñeron con los mongoles y el imperio se fue dividiendo en pequeños estados donde reinaban diferentes clanes. Uno de estos, el clan al que pertenecía el líder llamado Osmán I Gazi, daría nombre a la llamada dinastía o linaje otomano u osmanlí. Las bases para el Imperio Otomano que perduraría hasta la 1 Guerra Mundial, estaban sentadas.

El inicio del fin
Los otomanos, conforme fueron expandiéndose posaron sus ojos sobre el decadente y frágil Imperio Bizantino. De más está decir que acabar con los últimos rezagos de lo que había sido el Imperio Romano y hacerlo pasar definitivamente a la historia, representaba una gloria para cualquiera. Se tomaron las ciudades de Bursa, Nicea, Nicomedia, quitándole las últimas posesiones asiáticas.

Gracias a un acuerdo entre Cantacuzeno, bizantino, y el emir otomano Orhan I, se determinó entre ambos estados para que, en especial, los otomanos, presten cualquier tipo de ayuda militar en caso de una invasión o ataque a Roma oriental. Esto, por supuesto, representaba una intervención casi directa en la política de Bizancio. Tras el ataque de Serbia en el 1349 se solicitó por primera vez la ayuda otomana; más tarde Cantacuzeno, luego de pedir ayuda por tercera vez, prometió a los otomanos una base en el estrecho de los Dardanelo, pero en el lado europeo. Se le concedió y Europa entera se conmovió por semejante hecho. No era para menos, pues desde la época en la que los persas invadieron Grecia, algún asiático había tocado Europa. Habían pasado casi 2 mil años. El sucesor e hijo de Orhan, Suleimán, tomó Gallípoli con el fin de establecer un punto estratégico para los otomanos, pero fue más un hecho provocativo que complicó el panorama entre ambos pues Bizancio reclamó la ciudad como suya. Esto generó roces con Constantinopla, cada vez más en la mira.

Bizancio se había convertido prácticamente en un estado vasallo a los otomanos, ¡con pago de tributo y entrega de soldados inclusive!, todo por salvar a Constantinopla, la última ciudad sobre la cual parecía recaer todo el peso de oriente. Europa entera temblaba, sabían el golpe moral y psicológico que eso implicaría para los millones de europeos, no se había visto desde los saqueos de Roma por los bárbaros. Lo cierto es que Constantinopla estaba bien resguardada y no caería de un día para el otro.

Las cosas parecieron complicarse cuando el sultán Beyazid I exigió un distrito de mercaderes otomanos en la ciudad, ante la fuerte oposición de Manuel III Paleólogo. En 1391 se produjo un asedio de siete meses hasta que el soberano bizantino cedió. Los turcos se retiraron a otros frentes. Es entonces cuando el sultán y los otomanos se tornaron muy vehementes y amenazaron a los europeos con guerra sino se sometían a sus exigencias. Luego de una invitación a una audiencia por el sultán que Manuel rechazó, el soberano turco lanza un nuevo ataque contra Constantinopla.

Se destruyeron algunos campos e instalaciones fuera de la ciudad. No hubo bloqueo marítimo pese al cerco, por ello los bizantinos no se vieron desabastecidos. La ciudad resistió por seis largos años, hasta en 1402, cuando los turcos otomanos se vieron amenazados por tropas turco-mongolas. Constantinopla suspiró aliviada pues un poco más y hubiese acelerado su caída. A la ciudad le quedaba sólo medio siglo antes de caer. Debido a problemas internos las dos décadas siguientes la ciudad pudo librarse de los otomanos, produciéndose incluso un tira y afloje de algunos territorios. Manuel, en el 1422 decide ayudar a un príncipe otomano para que se convierta en el soberano de turno, creyendo que esto significaría una alianza entre ambos estados. A Munrad II, el sultán de aquel momento, no le gustó nada la idea, por lo cual envío 10 mil soldados para cercar otra vez la ciudad. Era el 24 de agosto de 1422 y luego de un ataque que por poco vence toda resistencia, el sultán ordena la retirada. Constantinopla se había salvado por tercera y última vez.

Un destino inevitable
Para el año 1451 asume el cargo entre los otomanos Mehmed II, que por cierto, había prometido no violar el territorio bizantino. Constantino, el emperador de turno, no tuvo mejor idea que sentirse confiado y solicitar una renta anual para así mantener a un príncipe otomano que se hallaba de rehén. Mehmed II decidió que había llegado el momento, ese acto fue la gota que derramó el vaso, pues decidió preparar un asalto que definitivamente tome la ciudad. En Bizancio se preparó la defensa, sin embargo para Constantino XI fue una decepción al comprobar que sólo contaba entre 5 a 7 mil activos, pues la ciudad andaba muy baja en cuanto a población, sólo 50 mil habitantes. Se recibió ayuda de naciones italianas que no compensaron las pérdidas.

Esta vez lo otomanos no olvidaron el mar. Con su flota bloquearon la entrada del Mar Negro con una fortaleza armada y los Dardanelos, el Mar de Mármara y el oeste del Bósforo con 125 navíos. Mehmed consiguió reunir casi 100 mil soldados. Entre las armas que harían pedazos a los bizantinos y sus murallas, estaban los cañones  como aquel de nueve metros que tuvo que ser trasladado por cientos de bueyes y 100 hombres a una velocidad de casi 2 km diarios. No se dejó de tocar los tambores y trompetas en ningún momento del asedio. Por supuesto además se prometió a los otomanos tres días de pillaje por la ciudad, lo cual los entusiasmó.

El 7 de abril de 1453 empezó el sitio a la ciudad. El cañón gigante dio el primer bombazo que destruyó parte de la muralla, incapaz contra ataque de artillería. Poco a poco así, se fue carcomiendo la poderosa muralla y la moral de los bizantinos, quienes desesperados intentaron repararla a diario. Los otomanos también atacaron por mar, aunque sólo en un frente, pues los cañones bizantinos podían hacer estragos en la flota.

El 12 de abril los bizantinos y su flota rechazan a los otomanos en el Cuerno de Oro. El 18 de aquel mes se intentó atacar la muralla, ofensiva que también fue repelida. El sultán se vio en aprietos tras la llegada de refuerzos marítimos griegos y del Vaticano. Sin embargo el 22 de abril el sultán ordenó la construcción de un camino de rodadura al norte de Pera, por donde se podría evitar la barrera del Cuerno de Oro. El 25 de abril, ante la desesperación de que se abra un nuevo frente, los bizantinos lanzan un ataque pero es descubierto y superado. Entonces estos empezaron a ser bombardeados en dos frentes, y entretenidos por cierto en ambos.

Era 7 de mayo, cuando el sultán atacó y fue repelido, los romano-orientales respiraron aliviados de nuevo. No se había producido un ataque grande de los soldados turcos. El sultán intentó de todo, como abrir túneles o modernas máquinas de asedio, pero todo tipo de ataque fue rechazado.

Sin embargo, la artillería hacía estragos en la maltrecha muralla. Las mermadas tropas estaban cansadas y prácticamente si aún estaban abastecidas era sólo de milagro. Los presagios como el de un eclipse el 24 de mayo, la caída de ícono de la Virgen María, las tempestades, el mal tiempo, y la falta de apoyo de las ciudades en teoría aliadas, hicieron que la moral de los bizantinos caiga paulatinamente. Mehmed II solicitó que se le entregara la ciudad y se perdonaría la vida de los civiles, además claro de la entrega de un tributo. Constantino se vio obligado a rechazarla por la sencilla razón de que los tesoros habían sido saqueados y no quedaba mucho, y admitir eso significaría una vergüenza pública. El 28 de mayo hubo un descanso y se detuvieron los cañones. Parecía una paz inaudita, y que por cierto hacía presagiar lo peor para los asediados, el silencio, la espera, los torturaba.

Los bizantinos sólo tocaron las campanas de las iglesias todo el día. Sabían que el día siguiente podría ser el último y el emperador y sus cercanos rezaron en la iglesia de Santa Sofía.
Era el amanecer del 29 de mayo de 1453 cuando Mehmed lanzó un ataque fuerte y decisivo contra las murallas. Los primeros eran mercenarios y prisioneros. Eran carne de cañón. Ese era el plan, cansó a los bizantinos para que a continuación sus 80 mil turcos, profesionales y bien entrenados, den el golpe final. Los turcos finalmente se lanzaron al ataque, y lo hicieron durante dos horas. Los bizantinos, herederos de romanos y griegos, soportaron heroicamente.

Sin embargo, el cañón gigantesco abrió una brecha por donde pasaron los invasores rebasando a quienes la reparaban. Los jenízaros turcos treparon las murallas con escaleras, aunque no consiguieron entrar de pleno en la ciudad. Los ojos de los bizantinos estaban en el valle del Lico, por lo cual descuidaron la muralla del noroeste dejando la puerta semiabierta. Esto hizo que los jenízaros penetraran e invadieran entre la muralla externa e interna.

La retirada del general genovés Giustiniani, pues fue herido, hizo que el resto de sus hombres también se retiraran, hecho que fue aprovechado por los jenízaros. Los griegos a su vez luchaban ya de modo caótico contra los turcos. Se dice que Constantino XI, el último emperador murió peleando en las murallas. Se le decapitó y su cabeza fue ultrajada por los turcos. Su cuerpo se conservó y fue enterrado en Constantinopla en medio de gran algarabía y nostalgia. Gisutinianni también falleció algo después. Esa misma tarde, Mehmed II entró en la ciudad y ordenó no tocar a Santa Sofía, la catedral, aunque la convirtió en mezquita. El saqueo de tres días fue cancelado, pues permitió a todos los civiles quedarse en casa con sus bienes. El nombre de Constantinopla cambió a Estambul, y desde entonces pasó a formar parte del Imperio Otomano. Europa se conmocionó, pero no hizo nada para rescatar la ciudad, no lo había hecho durante el asedio, mucho menos después. Según los griegos hay una profecía que dice: “Un Constantino la construyó, uno la perdió y otro la recuperará”.

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