La gran crisis romana del siglo III

Posted by admin on Mar 19, 2012 in Hechos históricos, Interés general |
   

La enorme extensión del Imperio Romano siempre fue un gran problema para los emperadores y para cualquiera que se asentase sobre semejantes territorios en épocas donde las comunicaciones eran una dificultad hasta para el pueblo más desarrollado. Los ejércitos y sus respectivos generales rebeldes siempre habían sido un problema para los emperadores. A menudo los militares obtuvieron algún tipo de popularidad y eran potenciales candidatos al trono. Como vimos, era algo usual en Roma, y ya varios “césares” habían obtenido tal título bajo ese mismo guión. Pero en el siglo III, el imperio atravesaría una de sus más agudas crisis debido a esta fiebre por el poder. Tras el asesinato de Alejandro Severo y el ascenso de Maximinio el Tracio, se dio inicio a una etapa de crisis. Todo lo acumulado hasta entonces pareció explotar de un solo golpe. Los poderes en Italia y otras partes de Roma nacían por doquier, con nuevas personalidades que se consideraban dispuestas a luchar por el trono, para desaparecer al poco tiempo, sólo para que surjan otras a los pocos días o semanas. Esto generó por supuesto fuertes y perjudiciales repercusiones no solamente sociales o políticas sino también económicas, y así poco a poco el sistema monetario, la industria y la producción se vieron seriamente afectadas.

Ahora bien, el primer período de esta Crisis del Siglo III es el denominado Anarquía militar (235-268). Por lo general está marcado por sucesos acerca de cómo los comandantes de las legiones en las fronteras o los de la Guardia Pretoriana, a menudo se rebelaban contra los emperadores. Esto claro trajo severas consecuencias también de índole militar, tales como la presión y rebelión de los bárbaros en las fronteras, ganándose las legiones la reputación de ser relativamente fáciles de vencer si la Ciudad Eterna se hallaba en problemas internos. Así se fueron formando algunas entidades políticas no reconocidas como el Imperio Galo (260-274) o el Imperio de Palmira (260-273), so pretexto de organizar mejor la defensa de las fronteras.
El hambre cundía, las arcas del estado estaban en crisis, las legiones no eran fieles a Roma, y las que sí lo eran, francamente estaban en una posición enclenque. Los campesinos, ante el pésimo apoyo y la depreciación de sus productos empezaron a abandonar las tierras para dedicarse a actos ilícitos. El comercio entró en crisis, los hogares se desabastecieron, la moneda se devaluó. Ya desde tiempos muy anteriores, el metal con el que se emitía la moneda era bastante puro, pues sólo de ese modo se podían cubrir los gastos militares, pero cuando los minerales empezaron a escasear, en especial el oro, que fue reemplazado por la plata, los síntomas empezaron a hacer desfallecer al estado romano. El pueblo moría de hambre, la inflación era estrepitosa, mientras que los ricos seguían importando bienes suntuarios para luego vender granos y alimentos indispensables a precios exorbitantes. Los impuestos también se incrementaron y sólo empeoraron la situación del pueblo. Por supuesto, las recaudaciones de impuesto no llegaron en igual cantidad que antes, y tanto los soldados como los funcionarios vieron gran parte de sus sueldos transformados en alimentos o bienes… Luego de la muerte de Alejandro Severo, como ya mencionamos, siguió Máximinio Seguro, aquel gigante que ocupó el trono romano y de origen campesino. Esto, por supuesto generó grandes turbulencias con el Senado y los pretorianos. Las relaciones nunca fueron buenas y en realidad su elección había dado lugar, debido a que no había otro mejor candidato de momento. Su gobierno fue de creciente intolerancia hacia los cristianos. Probablemente su impopularidad se debió sobre todo cuando empezó a incrementar los impuestos a los nobles con el fin de continuar las guerras contra los bárbaros en Europa del este. Pero todo el pueblo, entre clases altas o bajas, estaba harto de mantener las guerras con los impuestos, y con las legiones ya en marcha rumbo al frente, el Senado nombra a dos emperadores: Pupieno y Balbino. Así los enemigos de Maximinio no eran sólo los bárbaros, sino también los mismos romanos desde Rávena. Las legiones mataron a Maximinio y a su hijo siendo, y sus cabezas fueron enviadas a Roma. La etapa de la Anarquía Militar es también conocida como la era de los Emperadores soldados (235-284), pues en estos 49 años, es decir casi medio siglo, la anarquía militar se apoderó del imperio, llegando a erigirse en el trono imperial un total de 26 césares o emperadores. Sólo uno, de aquellos veintiséis, se salvó de una muerte violenta. La lista de nombres es la siguiente: Gordiano I, Gordiano II, Pupieno Máximo, Balbino, Gordiano III, Sabiniano, Filipo el Árabe, Pacatiano, Jotapiano, Silbanaco, Decio, Prisco, Liciniano, Herenio Etrusco, Hostiliano, Treboniano Galo, Volusiano, Emiliano, Valeriano, Galieno, Salonino, Ingenuo, Regaliano, Macriano el Viejo, Macriano el joven, Quieto, Musio Emiliano y Aureolo. Aquí debemos hacer una interrupción pues surge otro aspecto importante de esta crisis: el ya citado Imperio Galo.
Resulta que con los períodos de crisis y siendo emperador Valeriano, las provincias de Galia, Hispania y Britania se rebelaron, pues allí se erigieron como césares Postumo, Leliano, Mario, Victorino y Tétrico I junto con su hijo Tétrico II, hasta la fecha del final de este efímero estado en el 274 d.n.e. Su fin llegó cuando Aureliano los derrotó en la Batalla de los Campos Cataláunicos que no debe confundirse con la de casi dos  siglos más tarde contra Atila el huno. Las fuentes varían con respecto a si Aureliano los derrotó en combate, o si más bien las tropas del emperador galo lo traicionaron, entregándolo a su homólogo contrario, el cual debido a ese gesto, perdonó a las tropas rebeldes. También recordaremos que en el mismo año de la fundación del Imperio Galo, se formó otro. En efecto se instauró también el llamado Imperio de Palmira que comprendió las zonas de Siria-Palestina Egipto y algunas de Asia menor siendo su único gobernante la reina Zenobia. En el año 273 es recuperada la zona también por el emperador Aureliano, aunque de eso hablaremos después.
Pero entonces… ¿quién era este Aureliano? A continuación tenemos una nueva etapa de esta crisis, conocida como la de los emperadores ilirios (268-284 aprox.), etapa que vendría a enmarcarse dentro de la gran crisis del Siglo III, y que continuaba con la de los emperadores soldados, la cual, como recordaremos dura hasta el año 284. El primero de estos emperadores de origen justamente ilirio fue Claudio II el Gótico (213-270). Tras las constantes crisis romanas, este césar debió ser el primero en enfrentar una invasión considerable, la de los godos, los cuales estaban presionando desde hacía algún tiempo. En la batalla de Naissus, librada en septiembre del año 268, según cuenta la tradición, los romanos se enfrentaron a más de 300 mil bárbaros derrotándolos en singular combate. Al parecer los itálicos eran muy inferiores en número y algunos investigadores se han aventurado a decir que eran alrededor de 50 mil. Sea como sea esta victoria salvó al imperio un par de siglos más y reavivó las viejas glorias de Roma. El general de caballería en ese momento era Aureliano, quien más tarde se convertiría en emperador.
Claudio II desapareció la caballería goda en combate, por lo que le quedó el apodo de Gótico. Se dice que salvó al imperio, porque los godos, si bien volverían más tarde, se vieron obligados a dispersarse y necesitaron más de un siglo para recuperarse de este terrible golpe. Los alemanes eran otro grupo germánico que también fue derrotado por estas épocas en la batalla del lago Benacus en el 268, aunque esto fue poco antes de la anterior mencionada. En enero del año 270, Aureliano moría a causa de una epidemia y con él se marchó uno de los pocos buenos emperadores en estos años de crisis. No obstante el citado Aureliano cobraría más fama aún. Antes de asumir el trono, Quintilo, el hermano de Claudio, se refugió en Aquilea, pues se enteró de que Aureliano ya marchaba hacia él con fuerzas muy superiores, aunque no tan leales. Quintilo quizá por miedo a una guerra civil se abrió las venas.
En efecto de no haber sido por una personalidad como la de Aureliano probablemente Roma habría caído mucho tiempo antes. Su aptitud permitió resolver la crisis cuando se hallaba en su momento más agudo. Como ya hemos narrado, él pudo derrotar a los del Imperio Galo acabando con este fraccionamiento que aquejaba a Roma. Por si fuera poco, además de vándalos y visigodos, derrota a los alamanes (los cuales volvieron a ser una molestia) en la batalla de Fano y en Pavía; también es justo reconocerle la derrota de otros enemigos extranjeros. Un dato curioso es que, al ser los germanos siempre una amenaza constante, Aureliano construyó la Muralla Aureliana iniciada en el año 271, algo así como la de Adriano en Bretaña, generando una guerra estática que cobraría muchas víctimas a quien intente tomarla.
Ya hemos citado a Zenobia, quien también fue derrotada y su imperio conformado por las provincias orientales romanas se disolvió volviéndose a incorporar a Roma, quedando atrás la ciudad de Palmira totalmente arrasada. Otro de los grandes enemigos de Roma vino del interior del mismo imperio. Entre los acuñadores de moneda, el más reconocido se llamaba Felicísimo, quien aprovechó los desórdenes políticos para producir monedas de plata en menor calidad, robándose parte de este preciado mineral que iba a parar a sus bolsillos.

Felicísimo fue llevado a juicio y la rebelión parecía cernirse sobre Roma, por ende Aureliano para ahorrarse problemas, ordena su ejecución. A pesar de sus logros, este emperador tenía poca fama en el Senado y con los patricios romanos. Al parecer más de una vez fueron estos los que apoyaban a sus enemigos. El hecho es que en la misma Roma se peleó una batalla. Gracias a la lealtad del ejército, el combate en la Colina de Celio, en el que casi todos los rebeldes, incluidos senadores, fueron muertos, resultó en una rotunda victoria para el emperador.

Por fortuna Aureliano pudo tener un gobierno relativamente bueno gracias a que reactivó el sistema monetario lo que le permitió rescatar la agricultura y otros sectores bastante decadentes y olvidados. Cuando Aureliano puso marcha a Persia en el 275 para emprender una campaña contra los sasánidas, fue apuñalado a traición en Tracia. Era septiembre de aquel año. Después de todo, la política anti-corrupción le había granjeado muchos enemigos. A su muerte gobernó durante poco tiempo su esposa Ulpia Severina que dio el paso a un nuevo césar, llamado Marco Claudio Tácito, el tercer emperador soldado. A pesar de sus 75 años y bien intencionado carácter, sus deseos de forjar una dinastía y derrotar a algunos pueblos bárbaros no se consiguieron debido a que su gobierno duró sólo medio año pues murió súbitamente. A él seguirían toda una gama de emperadores efímeros generando más incertidumbre. Entre ellos tenemos a Floriano, asesinado por sus propios legionarios; y a Probo, quien le había disputado a su antecesor el trono, y por cierto tuvo un gobierno relativamente largo, caracterizado por ser aceptable a pesar de que hubo algo de sangre en su ascenso.

El hecho es que derrotó a numerosos enemigos de las fronteras y las mantuvo estáticas contra múltiples invasores, en especial los germanos que volvieron a contraatacar en la Galia. Gustaba de mantener entretenidas a sus tropas, aún en tiempos de paz, ordenándoles que realicen tareas comunitarias. Esto le generó impopularidad lo que a pesar de sus éxitos, no pudo evitarle la muerte a traición por sus soldados en su propia ciudad natal. Al final su ausencia se hizo sentir, y sus legionarios le erigieron un monumento. No era para menos, pues había sido una persona bastante digna y con éxitos que nadie le reconoció en vida. Llegó a gobernar hasta el 282, siendo sucedido por Marco Aurelio Caro.
Caro era un político y militar con popularidad, por ello fue embestido como emperador. Lo curioso es que era cómplice de la muerte de su antecesor. Desde lejos recibió la noticia y decidió quedarse fuera de Roma, mientras concedía el título de césar a sus hijos con el fin de formar una nueva dinastía. Uno de ellos, llamado Numeriano, junto con el emperador, se dirigieron a la guerra contra los persas, mientras que Carino, el otro, se quedaba en la parte occidental. Se empezó la campaña con éxito, pues dirigió su ejército más allá del Tigris, y parecía que Roma emprendería el mismo camino que Alejandro Magno hasta la India, sin embargo, nuevamente el destino no lo quiso así, y el emperador cayó muerto.

Al parecer ora murió víctima de sus heridas por las campañas que libró contra los bárbaros a orillas del Danubio camino a Persia, ora bien de alguna enfermedad. Pero como ya debemos estar acostumbrados a esperar en estas situaciones, lo más probable y es un hecho que las crónicas y libros no recogen con exactitud, es que haya sido asesinado por sus propios soldados quienes no querían ir más allá. Resulta curioso que desde el fracaso de Craso y el sueño de Julio César de tomar todo medio oriente y llegar a la India con el fin de rodear el Mar Negro para asestarles un golpe duro a los bárbaros de Germania por la retaguardia, nunca un romano haya podido asentarse por aquellos lares. Al final Roma se tendría que conformar con lo que pudo tener de oriente próximo.
Cuando el ejército del fallecido emperador pidió volver, el sobreviviente Numeriano no tuvo más remedio que hacerles caso. Pero éste último también fue asesinado en Calcedonia, quedando solamente vivo Carino, a quien le llegaron informes de que las legiones habían nombrado a Diocleciano como el nuevo emperador, un comandante por ese entonces que gozaba de cierta popularidad. Carino obtuvo muchas victorias, como la de la batalla de Margus, cuando anduvo por Europa del este enfrentándose a este nuevo usurpador, pero fue finalmente traicionado y muerto por un tribuno. Otras fuentes han señalado que en el citado combate el vencedor fue Diocleciano pereciendo su enemigo en el combate. Sin embargo el resultado es el mismo, pues sólo quedó éste para dar inicio a una nueva etapa del imperio, trayendo nuevamente el orden y restaurando la estabilidad en las instituciones romanas. Pese a todo, la Gran Crisis del Siglo III, hirió de muerte a la clase política de la Ciudad Eterna, y los bárbaros se percataron que no se enfrentaban a seres invencibles. A puertas de ingresar al siglo IV, Roma se debía enfrentar a nuevos y grandes retos…

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