La guerra Hispano-Estadounidense: La confirmación del poder norteamericano
A finales del
siglo XIX, la lucha imperialista entre las principales potencias parecía estar llegando a su punto más álgido. Francia, como Inglaterra, Alemania, los Países Bajos, Rusia, el Imperio Otomano, el Imperio Austro-Húngaro y en menor medida Suecia, Alemania, Bélgica, Dinamarca y Portugal, habían afianzado sus conquistas y tras la Conferencia de Berlín de 1884, y la consiguiente repartición de África, todos parecían satisfechos. Sin embargo, si existía un país que no podía ocultar su incomodidad, ese era España. Lejanos los tiempos de su reinado mundial, agotado por los problemas internos y la pérdida de la mayoría de sus colonias, había fijado lo último de su poder fundamentalmente en la zona del Caribe, granero importantísimo para la nación.
La debilidad española, certeza bastante extendida entre las potencias, le había válido desde hacía décadas el apetito colonial sobre todo de Norteamérica, que consideraba al Caribe un lugar vital para establecer un cuadrado estratégico y comercial entre México, Cuba, Puerto Rico y su capital, Washington. Incluso décadas anteriores, perfectamente conscientes del valor agrícola y económico de Cuba, varios presidentes estadounidenses (John Quincy Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses Grant) habían hecho excelentes pero inútiles ofrecimientos de compra de la isla. Con el tiempo, la posición española en la región se vio apagada gracias a la enorme crisis que siguió al fin del reinado de Isabel II, y el presidente americano en ejercicio, William McKinley, quiso aprovechar la oportunidad para soliviantar al pueblo.
En realidad, esto ya no era tan necesario. Hacía tiempo, el mensaje de libertad dejado por la Revolución Francesa y la propia Independencia Norteamericana, habían llevado al pueblo cubano a la lucha por la emancipación. España, temerosa de perder su más importante colonia, impulsó una serie de medidas restrictivas que sólo provocaron un mayor resentimiento. No solamente se obstaculizó la plena libertad para comerciar (en especial el azúcar de caña) con otras potencias, sino que también se impidió la libre asociación, la formación de partidos políticos, ocupar puestos de gobierno, la libertad de los esclavos y la independencia de expresión. La burguesía cubana, aunque de poco tiempo de existencia, movió sus influencias para contrarrestar las medidas. El gran descontento provocado estalló finalmente en la fallida Guerra de los Diez años (1868 – 1878) que culminó con la firma de la Paz de Sanjón, donde España cedió a algunas exigencias, a cambio que se le reconociera como único poder y gobierno en la Isla.
La revolución organizada: Jose Martí
Muy pronto el pueblo cubano sabría que las concesiones supuestas de España, en la práctica no valdrían de nada. Se permitía formar partidos políticos, pero éstos eran vigilados constantemente; se consentía libertad para los esclavos, pero sólo para los que militaban en las filas mambisas (minoría radical); se toleraba la libertad de asociación, pero sólo para los partidarios de España. Esta suma de incumplimientos hizo prácticamente irreconciliables a ambas partes. En vano España decretó el término de la esclavitud, libertad de prensa o algunas concesiones comerciales, el panorama de abusos, impuestos desmedidos y coacción, eran imposibles de frenar. Maduró pues, un fuerte sentido anti-español que se cristalizó con la formación del Partido Revolucionario Cubano, fundado por el gran escritor, pensador y activista cubano, Jose Martí. La revolución siguiente, la Guerra del 95 (por la cual Martí fue llevado a España) sería el pretexto perfecto para que Mackinley, premeditara la acción armada.
Esta lucha revolucionaria concitó la atención a gran escala de la prensa yanqui, que no podía ocultar su malestar por el sometimiento de un país tan pequeño y sin embargo, tan rico. Portadas enormes y caricaturas en las que se mofaban de España, crearon un gran sentimiento de solidaridad en el ciudadano americano, que apoyó en masa la rebelión de Martí. A su turno, España hizo lo propio. Los medios de información propagaron por toda Europa la idea de una potencia de “segunda clase” ambiciosa, llena de hacendados arrogantes y rurales, embrutecidos por la codicia del oro y entrometidos en intereses de su no incumbencia. La guerra mediática pronto se hizo molesta incluso para la comunidad internacional; pero ésta, lejos de moderarse, se intensificó.
Con portadas cuyo titular tildaba a los españoles de tiranos, corruptos, asesinos, entre otras cosas, la tensión entre ambos países creció. Mackinley, quizás solazado en el apoyo que sus ciudadanos brindaban a sus ideas, se mantuvo en principio neutral. Pero conforme la rebelión cubana consiguió algunos éxitos, acarició la incesante idea de hacerse de la Isla. Esto era, lo sabía, perfectamente factible. Con una crisis política y económica carcomiendo sus cimientos, e impotente de brindar una mayor atención a sus colonias, la joven potencia vio en Cuba la ocasión de mostrarse como un creciente y espectacular poder capaz de arrebatar al viejo y secular poder español, de una de sus más preciadas adquisiciones.
Entretanto, la situación de España en Cuba empezaba a flaquear. Los mambises, dirigidos por Antonio Maceo y Máximo Gómez, habían recogido a su favor las voces independentistas y las usaron en su favor. Progresivamente, fueron haciéndose del control de los campos de cultivo cubano (la base de su poder), y fueron aislando a sus enemigos hacia sus cuarteles y fortificaciones en las principales ciudades. Viendo difícil recuperar el control de las periferias, el Capitán español designado para la Isla, Valeriano Weyler, optó por una medida radical: La reconcentración. Ésta consistía en agrupar a las poblaciones campesinas en espacios cercados (a manera de campos de concentración) eliminando así todo contacto con los rebeldes. Su impacto fue brutal. Si bien eliminó toda ayuda posible a los insurrectos, la hacinación y la dificultad de alimentarlos a todos los recluidos, generó una gran mortandad. Aún hoy es imposible calcular el total de muertos con la medida draconiana, pero las cifras más optimistas hablan de 200,000 hombres. Cuba enloqueció.
Weyler sin saberlo, había desatado las cadenas de un problema mayor. Aunque la salud de la resistencia pendió de un hilo, el odio gigantesco del pueblo no la dejó morir. Hasta entre sus propias huestes, cundieron las opiniones de desaprobación. “Ganar una guerra, debían pensar así sus soldados, estaba bien, ¿pero de qué servía la victoria si su mayor capital, sus hombres, era aniquilado? La reconcentración dejó secuelas gravísimas a la vida del país, que cesó de producir alimentos y bienes agrícolas a gran escala. La hambruna y la escasez de suministros rebelaron a ambos bandos, hartos de tan inconcebible medida. Weyler, quizás muy tarde, supo que hasta el temor a la muerte había sido vencido por el odio más salvaje y el hambre. En esas condiciones, era preciso ceder; pero cuando quiso sofrenar su política, Estados Unidos ya había decidido el rescate del país.
El hundimiento del Maine
Si los cubanos pensaron que Mackinley iba a la Isla sólo por causas humanitarias, estaban lejos de la realidad. La intención americana era hacerse de la Isla antes que España, casi rebasada por la revolución, consiguiera independizarse. De hacerlo, ya no debería lucharse frente a una potencia muy debilitada, sino ante todo un país que de seguro, haría pagar muy caro conquista. Además, quitarle a un conocido expoliador algo de su riqueza no se vería tan mal, como someter a un país indefenso y bastante inferior. Hay que reconocerlo, la maniobra fue perfecta. Pretextando defender los intereses de los cientos de residentes norteamericanos en Cuba, el gobierno de Mackinley envió al puerto de la Habana el acorazado de segunda clase Maine, el cual ancló el 25 de enero de 1898 sin pedir permiso alguno. La manera de irrumpir en el país llamó la atención de España, que respondió enviando el crucero Vizcaya al puerto de Nueva York.
Pese al glacial recibimiento español, el capitán del navío, Charles Sigsbee, se presentó formalmente ante las autoridades españolas dirigidas por el Marqués de Peña Plata y capitán de las fuerzas cubanas, Ramón Blanco. Todo parece transcurrir con calma pero tres semanas después (el 15 de febrero de 1898), mientras se hacía un baile en honor a los forasteros, estalla a las 21:40 minutos de la noche el Maine. La fatal explosión última la vida de 254 hombres y 2 oficiales de los 335 tripulantes. La noticia enmudece a los norteamericanos. La prensa sensacionalista, guiada por el periodista y magnate de la prensa americana, William Randolph Hearst publica apresuradamente el siguiente titular: “El barco de guerra Maine es partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo”.
Ante el escándalo, se crearon dos comisiones de investigación, una española y otra estadounidense. Los primeros sostuvieron que la explosión había sido provocada y externa. La conclusión española fue que la explosión era debida a causas internas ya que no podía ser una mina como pretendían los estadounidenses, pues no se vio ninguna columna de agua y además, si la causa de la explosión hubiera esa, no tendrían que haber estallado los pañoles de munición. En el mismo sentido, hicieron notar que tampoco había peces muertos en el puerto, lo que sería normal en una explosión externa. Pese a las prolongadas discusiones y reuniones, no se pudo llegar a un acuerdo. Aún hoy no se ha podido esclarecer la verdad. Algunos historiadores, sobre todo españoles, creen que la explosión fue provocada por Norteamérica; otros, con tesis más recientes, apuntan a una explosión accidental de la santabárbara.
Ante tal estado de las cosas, España negó todos los cargos con énfasis, pero la campaña mediática realizada desde los periódicos de William Randolph Hearst, uno de los principales imperios mediáticos que han existido, convencieron a la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España. Impelida por los hechos, Estados Unidos lanzó un ultimátum que España rechaza categóricamente. Tras infructuosas negociaciones, el Presidente McKinley solicita plenos poderes al Congreso que le son concedidos el día 18 de abril de 1898. El día 21, sin previa declaración de guerra, los buques estadounidenses comienzan a bloquear Cuba y apresan buques mercantes españoles. El 23 de abril, España declara la guerra y el 26 lo hace los EE.UU. Comenzaba así la Guerra hispano-estadounidense.
La intervención norteamericana
Previsiblemente, no fue una guerra larga. La economía española y la revuelta cubana no lo hubieran permitido. El plan inicial estadounidense era en principio, bloquear Cuba, destruir la escuadra españolas en Filipinas y aislando su ejército en el Caribe, forzar la rendición. Además, España no tenía suficiente flota como para detener un desembarco mayor o una guerra naval sostenida. El 1 de mayo de 1898, la superior escuadra americana destruye a la española en la Batalla de Cavite (Filipinas) después de un desigual combate. Los americanos llevaron la iniciativa a propias aguas cubanas y en la Batalla naval de Santiago de Cuba, destruyeron lo que quedaba de su flota. Fue como una lucha de David y Goliat. En esta última batalla, las bajas de España fueron de 371 muertos, 151 heridos y 1.670 prisioneros. Estados Unidos, apenas 1 fallecido.
Los españoles pensaban revertir la diferencia cuando la batalla fuera llevada a tierra. Pero pese a ser teóricamente superior en número al estadounidense, tenía dos graves problemas. El primero, las enfermedades tropicales y el cansancio en la guerra contra los cubanos que habían reducido su potencial de combate. El segundo, la dispersión de las fuerzas obligada por la lucha contra las guerrillas. Sin poder imponerse ni en tierra ni en el mar, España debió ceder. Santiago de Cuba se rindió el 16 de julio. Las cifras estimadas de los fallecidos en la campaña arrojan alrededor de 600 por la parte española, 250 por la estadounidense y 100 por la cubana. A pesar que la guerra fue ganada principalmente por el apoyo de los mambises, el general Shafter impidió la entrada victoriosa de los rebeldes en Santiago de Cuba, bajo el pretexto de posibles represalias En julio de ese mismo año, pidió negociar la paz.
El resultado de la batalla de Santiago fue la práctica rendición de España. Entre esa fecha y el armisticio, concertado el día 12 de agosto, EE.UU. ocupó Puerto Rico sin apenas resistencia y Manila cayó en poder del ejército estadounidense. El tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, significó el final de la presencia española en América y el nacimiento de un nuevo imperio. En el mencionado acuerdo se concuerda la futura independencia de Cuba, el cual se concretará en 1902, y asimismo, España cede Filipinas, Puerto Rico y Guam. Las restantes posesiones españolas en Asia, (Islas Marianas, Carolinas y Palaos), incapaces de ser defendidas debido a su lejanía y la destrucción de buena parte de la flota española, fueron vendidas a Alemania en 1899 por 25 millones de pesetas, por el tratado Germano-español. Con la Guerra Hispano-Estadounidense, se termina la aventura colonial de España, una era que había durado casi 400 años. Nunca más España sería la misma.
Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.


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