La batalla de Hastings: El triunfo de la invasión normanda
Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.
Con los últimos ecos de la presencia romana en Inglaterra hacia comienzos del siglo III de nuestra era, la aparición de los pueblos autóctonos de Inglaterra (los anglos, los sajones y los jutos), se hizo sumamente visible. La unión de los dos primeros pueblos, con el tiempo, haría posible la aparición e imposición de la cultura anglosajona y la decadencia de cualquier vestigio latino o celta en la región. Sin embargo, la aparición de un pueblo terrible (Los Vikingos) y el dominio de los reyes de Dinamarca, pondrían en peligro la salud del pueblo sajón que, harto de la opresión y pillaje de los primeros, había iniciado una serie de enfrentamientos que sólo con un gran esfuerzo, les permitiría mantener su unidad.
El avance de sus pueblos y su gran poder de respuesta había llevado a los intrépidos vikingos a limitar sus ataques a Inglaterra, orientando sus nuevas codicias a otros lugares de Europa. Sin embargo, nunca perdieron de vista la gran isla, considerada por ellos un lugar de expansión natural. Luego de conquistar toda Escandinavia y asolar los mares y ríos del continente, aquella extinta raza de marinos y guerreros había fundado una gran colonia en Normandía (Francia), separado de Inglaterra tan sólo por el Canal de la Mancha, desde donde anhelaban realizar una ofensiva final.
La oportunidad para poner sus planes en marcha germinó tras la muerte del popular gobernante y católico sajón Eduardo el Confesor en el año 1066. El fallecido rey, que no dejó hijos al parecer por un riguroso voto de castidad, trajo al país un problema de graves consecuencias futuras: ¿A quién designar como heredero?
Tal como era tradicional, la elección debería recaer en el Witenagemot, la asamblea de sabios, quien luego de sopesar los parentescos y las relaciones más cercanas del fallecido rey, eligen como sucesor al cuñado de éste, el Conde de Wessex, Harold Godwinson,. La elección, previsiblemente, motivaría las iras de los otros aspirantes al trono, en especial las del hermano bastardo de Eduardo el Confesor, Guillermo de Normandía, quien se consideraba con mayores derechos. La rivalidad entre Harold y Guillermo, aún estando en vida el rey Eduardo, era ampliamente conocida en la corte. Dada la cercanía y dotes que Eduardo veía en Harold, Guillermo intentó desde siempre apartarlo; una vez, tratando de comprometerlo (recordemos que en aquel tiempo la palabra era considerado como un papel escrito), Guillermo hace jurar con engaños a Harold su abdicación al trono. Según sostuvo Guillermo, Harold aceptó que de incumplir su palabra, éste podría declararle la guerra.
Una similar codicia: El trono de Inglaterra
Muy pronto el espinoso tema de la sucesión trajo una serie de reclamos a la corte. Guillermo, que no podía acceder al trono por ser hijo ilegítimo, quería hacer respetar el juramento por el cual Eduardo, antes de morir, le dejaba el mando. Su posición estaba respaldada también por la Iglesia Católica (que veía en Guillermo un continuador de su obra católica), la nobleza normanda y el Conde de Northumbia, Tostig Godwinson, hermano del nuevo rey. A toda esta nueva serie de postulantes e intrigas, habría que añadírsele las aspiraciones del rey vikingo Harald III de Noruega y Dinamarca, quien también siendo pariente de Eduardo, anhelaba hacerse del país. Como nadie tuvo a bien escuchar sus reclamos, eligió la vía más fácil: El enfrentamiento armado.
La gran ofensiva que Harald III lanzó a mediados de 1066 llenó de alarma al país, con seguridad sobresaltado por el recuerdo de las infames épocas en que los vikingos asolaron todo a su paso. Pero mal hacían los sajones en amedrentarse. Aquel pueblo zafio y vigoroso, de hombres rubios y ojos azulados, estaba en un período de plena decadencia, dispersados por toda Europa y asimilados por los pueblos que antes habían invadido con saña. El 25 de septiembre del año 1066, ambos ejércitos se encontraron en Stanford, cerca del actual condado de York, en la célebre batalla del Puente de Stanford. Con gran astucia, Harold infirió que Harald III no asolaría la región pueblo por pueblo, sino que tomaría directamente Londres para forzar a sus autoridades a reconocerlo. Saliendo a cortarles el paso, se hizo de inmediato evidente que las fuerzas entre ambos, eran similares en poderío. El inglés quería aprovechar al máximo esa ventaja.
La enorme fuerza que trajo Harald, consistente en más de 5,000 hombres y 300 barcos (un número grande para la logística de desembarco de aquella época) cayó estrepitosamente ante las fuerzas locales, mejor equipadas y conocedoras del terreno. Cerrado el acceso por ambos flancos del Puente de Stanford, la batalla se transformó en una auténtica carnicería. Usando las mismas armas que antes fueron de uso exclusivo en los vikingos, los sajones atacaron con furia las alas del ejército enemigo y al rodearlos, la lucha se volvió cosa de horas. Las pérdidas vikingas fueron espantosas y dadas su gravedad, decisivas para impedir cualquier futura ofensiva. Los 500 sobrevivientes de la matanza escaparon gracias a la abdicación de Olaf, hijo de Harald (que murió en la batalla) que firmó un documento por el cual juraba nunca más atacar Inglaterra. Luego de esta batalla, el poder vikingo sería consumido en poco menos de 50 años por el avance de otros pueblos. Jamás volvería a saber de ellos como nación.
El triunfo obtenido llenó de júbilo la ciudad. Harold, reconocido por casi toda la nobleza como el salvador de la patria, aún debía enfrentar su tarea más difícil. Al otro lado del Canal de la Mancha, Guillermo de Normandía preparaba el asalto final. A diferencia del decadente pueblo vikingo, los normandos eran verdaderamente un pueblo de temer. Superiores en casi todo aspecto, los ejércitos normandos eran los primeros en mostrar un concepto de ejército moderno, en el cual se diferenciaban nítidamente los distintos cuerpo que la integraban (división de arqueros, caballería, lanceros, ballesteros). Cada división, plenamente consciente de su tarea, podía utilizarse una por una, o combinadas en el ataque, lo cual daba una amplia gama de recursos de ataque al general que la comandaba
Harold de Inglaterra: Un hueso duro de roer
Las fuerzas de Guillermo de Normandía desembarcaron el 28 de septiembre del año 1066 en Pevenbey (Sussex), apenas 3 días después de culminadas las hostilidades en el Puente de Stanford. Enterado del arribo, Harold se apresuró en cerrar todo paso a Londres. Allí ordenó reforzar las barricadas y organizar sus hombres de acuerdo a su mayor experiencia. Con el fin de rechazar mejor los ataques normandos, Harold dispuso en la retaguardia a los Fyrdmen (milicia local de Hastings), mientras que delante de ellos se apostaron los veteranos y bien pertrechados buscarles (tropas de élite sajonas), prestos a defender sus posiciones de cualquier ataque normando.
El problema táctico para Harold consistía en mantener un frente firme como en impedir que los flancos de su muralla de escudos fueran envueltos. Así que desplegó sus fuerzas con la tarea de ocupar los 600 metros entre el arroyuelo al oeste de la abadía principal y la unión este de carreteras de Hastings y Sedlescombe lo mejor posible. Ya cubiertos ambos flancos, sus aproximadamente 7,500 hombres (no se tiene aún datos fehacientes del número real) esperaron al enemigo, ansiosos.
La tradición y la arqueología datan como inicio de la batalla las nueve horas del 14 de octubre del año 1066. Guillermo, que había recorrido un total de nueve kilómetros hasta llegar a Telhalm Hill, al norte de la ciudad, desplegó sus fuerzas frente a la ciudad para invitar al enemigo al combate. Su gran ejército estaba dividido en tres claras divisiones: Izquierda, Centro y Derecha. La primera consistía especialmente en bretones bajo el mando del Conde Alan de Bretaña; la derecha estaba formada por contingentes de franceses aliados controlados por Eustaquio de Bolonia, y el centro lo cubrían los propios normandos con Guillermo a la cabeza. Más adelante, inmenso, estaba puesto el enorme estandarte papal, símbolo de la bendición de la Iglesia a la causa.
Entre el clamor de las trompetas, inicia formalmente la batalla. Las fuerzas de Guillermo caminan lentas hacia el centro de la defensa. Antes de llegar, los arqueros lanzan sus flechas que en miles, oscurecen la mañana. Los ingleses soportan la lluvia de flechas y cuando éstas cesan, responden de inmediato con similar determinación. Al carecer de la logística de los normandos, además de las flechas, lanzan todo lo que pueda ser útil: Jabalinas, lanzas, cuchillos y hasta piedras amarradas a un madero, surcan los aires. Cuando terminan los ataques preliminares, ambos ejércitos chocan con furia. Los gritos de guerra callan y por unos segundos, se escucha solamente el sonido de los escudos y el filo de los cuchillos traspasando la carne humana.
Los ingleses, ante la sorpresa de Guillermo, rechazan los primeros embates y se mantienen sólidos. Guillermo manda avanzar y subir la cuesta para ascender a las afueras de la ciudad. El movimiento compacto de sus fuerzas, empero, se estrella contra la oposición de los soldados sajones, cuya ala izquierda es barrida mientras que en la derecha, los normandos aniquilan a los arqueros bretones con facilidad. La descompensación en el avance normando hace peligrar su unidad pero Harold, quizás más preocupado en no desorganizar sus fuerzas, pierde una valiosa oportunidad de atacar.
El pánico se apodera del ala más débil de los normandos, la izquierda, y la pérdida de las posiciones empieza a afectar el centro de la ofensiva, aquella que supone debe tener la tarea más difícil. Guillermo nervioso, se acerca más a la zona y los normandos, al no verlo, creen que ha caído o muerto. Los normandos, que idolatraban a su general, pierden de pronto su temor y renuevan sus fuerzas con más furia. Al volver a la carga, ven nuevamente a Guillermo, esta vez al centro del ataque, reorganizando el ala central para el ataque de la infantería. Sin embargo, ninguna de sus tentativas resulta exitosa. El normando, por primera vez en la batalla, empieza a creer que ha subestimado al rival. Así que emplea una táctica que había visto en las guerras de Bizancio y Oriente. Manda que su ala izquierda, la más afectada, simule una retirada. Cuando los sajones salen de sus posiciones ventajosas para rematarlas, éstas vuelven hacia ellos de golpe y la matanza es terrible.
El punto de quiebre: La muerte de Harold
Aunque arriesgada, la maniobra es excelente. Dos veces realizan esta operación con éxito, pero la extraordinaria valentía de los sajones no consiente entregar brecha alguna. Ni la lluvia de flechas, ni los golpes de caballería, ni los asaltos de ballesteros o las lanzas de los normandos, pudieron derribarlos. Hacia el atardecer, la batalla no daba visos de resolverse y el nerviosismo y la intranquilidad recorren la espina dorsal de los normandos. La lucha, incesante y bárbara, continúa con más bríos que nunca pero empieza a notarse el cansancio en ambos ejércitos. Es aquí cuando ocurre la muerte del hombre más importante para Inglaterra: Luego de una carga de infantería, Harold es alcanzado por una flecha que le destroza el cráneo. Muerto instantes después, el pánico se apodera de los ingleses. Para colmo de males, sus hermanos Gyrth y Leofwine también han muerto ya dejando el ejército sin nadie al mando.
Guillermo, que aún no sabe de la muerte de Harold pero que ve retroceder las fuerzas inglesas, ordena una nueva carga. La muralla de escudos inglesa cede al fin y en su sector izquierdo la huida hacia el oeste y nordeste es inevitable. Eustaquio de Bolonia, los persigue e indefensos, acaba con todos ellos. Sin embargo, el ala central, repuesta del golpe, brinda aún varios problemas a Guillermo, quien deseando exterminarlos, emplea el grueso de sus fuerzas para arrinconarlos definitivamente. Hacia las 19.00 horas, los normandos consiguen reunirlos cerca de un barranco al oeste de un lugar desde entonces llamado Malfosse y que corresponde hoy al actual Manser’s show. Allí murieron el grueso de sus hombres, todos lanzados al vacío. Durante el resto del día y en los sucesivos, hubo escaramuzas entre los sajones supervivientes y las tropas normandas que fueron enviadas a asegurar los bosques de los alrededores, pero la batalla ya había terminado con una indiscutible victoria normanda.
Al regresar al punto inicial de la batalla, Guillermo encuentra el cadáver de Harold, casi irreconocible a causa de los golpes y heridas de su cuerpo. Tras enterrarlo en la playa, Guillermo regresa a Hastings y cinco más tarde ocupó Dover y después, Canterbury, Lenhan, Seal y Westerham, alcanzado nuevamente la carretera Londres-Hastings. Una vez afianzada su posición en la capital, se dirigió a las demás principales ciudades para asegurar su victoria, para lo cual empleó refuerzos venidos de Normandía en miles. Alcanzado finalmente el Támesis, los magnates y la nobleza en pleno le entregan las llaves de la ciudad y le ofertaron la corona, algo que obviamente, Guillermo aceptó de inmediato. La navidad de ese año (1066) se hizo coronar en la abadía de Westminster por Ealdred de York. La era normanda en Inglaterra había comenzado.
Tres años más le costó sofocar las últimas rebeliones azuzadas principalmente por el dinero noruego y danés. Pero Guillermo, ahora llamado el Conquistador, eliminó todos los peligros e hizo Inglaterra invulnerable a las oleadas extranjeras. Para asegurarse su poder, mandó construir castillos en todas las ciudades principales y con medidas eficaces, inició la transformación del país, aún con costumbres primitivas, en un potentado de prosperidad. Su poder, que duró hasta el año 1087 tras su muerte tras una batalla cerca de la ciudad de Rúan (Francia), instituyó también la religión cristiana como la única en el país e inició la época feudal teniendo a los nobles normandos, como la única élite de la nación.

