La guerra de Granada: La unificación de la Península Ibérica

Posted by admin on Dec 18, 2009 in Grandes guerras de la historia |
 

guerra-de-granadaEscrito por Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, especialista en historia del mundo, historia antigua y  con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.

La finalización de las cruzadas, el enfrentamiento militar, político y religioso, más importante de la historia de la humanidad, dejó grandes lecciones para ambos hemisferios. Consumada la VIII Cruzada (en 1270 tras la fallida toma de Túnez) y el estrepitoso fracaso cristiano por conquistar los lugares santos, Occidente renunció en lo sucesivo a expoliar el Medio Oriente. Por el lado musulmán, si bien fueron los vencedores de aquella campaña, la herida que dejaron las excursiones europeas no se cerró jamás. Bien apunta el escritor libanés Amin Maalouf en su libro “Las cruzadas vistas por los árabes” (Les croisades vues par les Arabes), cuando dice que tras estas guerras el Islam se encerró en sí mismo y se volvió intolerante y defensivo. Incapaces ambos pueblos de reconciliarse, el mundo cristiano vio cada vez con mayor recelo las posesiones que el pueblo de Alá tenía en Europa. Y en ese sentido, despojar a los musulmanes del reino español de Granada, pasó a convertirse en extrema prioridad.

Hacia 1480, el mapa español estaba conformado de la siguiente manera: Al Oeste, y manteniéndose absolutamente neutral, estaba el reino de Portugal; al Norte, convivían tanto el reino de Navarra, y el reino de Aragón; en el centro y parte del sur español, estaba el gran reino de Castilla; y finalmente, y al sur, el reino musulmán de Granada. Justamente este reino, fundado como taifa de Granada en 1013 por el andalusí Zawi ben Ziri, se habían convertido en el “talón de Aquiles” del dominio cristiano de la península. Los continuos conflictos internos y las cada vez más frecuentes asperezas con sus vecinos católicos, fueron los elementos catalizadores para una próxima e insostenible convivencia. El advenimiento al trono de los reyes Católicos (Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla) y su posterior matrimonio en 1469, unificó los distintos reinos en una alianza estratégica que deseaba expulsar a los musulmanes.

Muy pronto las relaciones cordiales entre Granada y sus reinos vecinos cambiarían. El factor fundamental, fuera del religioso, era unificar toda la España continental y hacer frente a la peligrosa expansión francesa en el Norte. Además, la conquista del Reino de Granada (que comprendía las actuales provincias de Córdoba, Sevilla, Jaén y Cádiz, y la totalidad de Almería, Málaga y Granada) representaba hacerse de un importante conglomerado de regiones cuyo potencial comercial y portuario podrían ser de enorme impulso para su atrasada economía feudal y sobre todo, harían frente al imparable avance del Imperio Otomano en el norte de África. Los turcos, dueños ya de Marruecos y apenas a kilómetros de las costas de la ciudad de Málaga (en poder nazarí), amenazaban con utilizar a España como puente para una invasión mayor, tal como habían hecho  años antes con Bizancio en el este. Por ello se entiende la importancia extrema que tenía la unificación de todas sus tierras.

La toma de Alhama
El 28 de febrero de 1482, puede distinguirse como la fecha de inicio para la mal llamada Reconquista Española (recordemos que no fue una operación única, sino una larga campaña con muchas pausas y derrotas) con la toma de la ciudad de Alhama, una de las plazas más importantes del reino nazarí. La ofensiva española, a cargo del Marqués de Cádiz, Rodrigo Ponce de León, tenía la venia del representante real en Sevilla (la región limítrofe), Diego de Merlo. El ataque estaba organizado a modo de represalia por la toma nazarí de Zahara del 26 de diciembre de 1481, cuando el rey de Granada, Abul Hassan Muley Hacén, subestimando el potencial de Castilla, sorprendió a la ciudad fortificada, mató a toda su guardia y redujo a la esclavitud a sus habitantes. El hecho motivó la atención de los nobles más poderosos de la época como por ejemplo, Enrique Pérez de Guzmán y Meneses, el Duque de Medina-Sidonia, quien pese a su abierto enfrentamiento con Ponce de León, olvidó las rencillas por una causa común: La expulsión de los árabes. El ataque fue todo un éxito.

Sin embargo, contentarse con esta primera victoria era irresponsable. Los Reyes Católicos, sabiendo perfectamente que la ciudad no resistiría mucho tiempo sin ayuda, decidieron intervenir pese a no sentirse preparados aún para una guerra de grandes dimensiones. Fue un pensamiento feliz. Tal como estimaron, la represalia musulmana no se haría esperar. El 5 de marzo, Abul Hassan apareció con un gran ejército frente a las murallas de la ciudad. El asedio fue implacable, pero estando la ciudad bien defendida, el nazarí arrepintíose que no haber llevado suficientes equipos de asalto y decidió, infructuosamente, someter la ciudad por hambre.

Más de 3 semanas llevaba la ciudad soportando el constante asedio. Felizmente, Abul Hassan no consiguió cortar las líneas de suministros que alimentaban la ciudad y enterado que el ejército de Fernando II Aragón estaba ya en camino, el 29 de marzo levantó el cerco. Fue una decisión tomada en el tiempo justo. De haberse quedado un poco más, se hubiese encontrado entre dos líneas enemigas: Las reales, y las del Marqués de Cádiz. Retirado hacia el sur, Abul Hassan asistió impotente a la entrada de Fernando II a la ciudad el 14 de mayo. Pero si los cristianos creían ganada la partida, realmente estaban equivocados. Abul Hassan se mantuvo a la expectativa todo el tiempo, esperando el instante oportuno para atacar.

La unión de las diversas fuerzas católicas apagó momentáneamente hasta las voces disidentes de los musulmanes de Alhama, que esperaban con ansias la victoria de Abul Hassan. Fernando II, creyendo que era el momento oportuno para ejecutar ataques mayores, lanzó su ejército conformado por 12,000 infantes y 4,000 jinetes hacia la conquista de la ciudad de Loja, en la encrucijada Antequera-Granada. No obstante, algo inesperado sucedió. De súbito, aparecieron los ejércitos de Abul Hassan y la emboscada fue general. A punto de perderlo todo, las huestes católicas, que se defendieron con valor pese a la evidente desigualdad, fueron salvados por un hecho que interpretaron como una señal divina: Sin motivo aparente, Abul Hassan se retiraba con sus ejércitos del lugar. Nadie sabía explicar por qué.

Muy pronto se observó que una de las mayores debilidades del enemigo, las disensiones internas, afloraría en los momentos menos oportunos. Justo cuando la victoria estaba a punto de consumarse, Abul Hassan es notificado que su hijo Boabdil o Muhammad XII, apodado el “chico” o “el desdichado”, había aprovechado su ausencia para tomar el trono. Abul, furibundo por la noticia, parte de inmediato a su encuentro pero al llegar nota que su posición es delicada y prefiere huir. El golpe de Estado significa para los cristianos un oportuno tiempo de refresco mientras reorganizan su ejército; todo lo contrario para el defenestrado rey, que debe de buscar auxilio en el Palacio de su hermano Abdullah, El Zagal, en la actual Málaga.

El punto de inflexión: La captura de Boabdil

La incierta y debilitada posición de ambos da lugar a una serie interminable de pequeñas reyertas y hechos de violencia diarios. Las fronteras entre ambos, casi inexistentes a causa de tantos problemas, no pueden ser aprovechados por ninguno de los bandos, exhaustos por las bajas sostenidas. Conociendo perfectamente la dimensión de las modestas arcas españolas, el papa Inocencio VIII inicia un llamado de apoyo a la causa española, intensifica la labor de la siniestra Inquisición (a cargo del terrible Tomás de Torquemada) y destina los recursos de la Bula de Cruzada (impuesto para la lucha religiosa) como ayuda financiera en las guerras contra el reino nazarí de Granada.

Todo lo contrario ocurría para los granados, que estaban virtualmente solos y peor aún, enfrentados entre ellos mismos. Con Boabdil ya en el trono, y sin posibilidad de recuperar su trono, Abul Hassan encuentra en el apoyo de su hermano El Zagal, un remedio a sus problemas. Además, les une la misma lucha contra los cristianos y unen sus ejércitos pensando en una mejor ocasión. Afortunadamente, la encontrarían en la Sierra de la Ajarquía y la emboscada que preparan contra las fuerzas del Marqués de Cádiz, donde el desastre es casi completo. La noticia de los éxitos de El Zagal, promueve la envidia de su sobrino y rey de Granada, Boabdil, quien organiza un ejército de 9,000 hombres y 700 jinetes y se puso en camino con intención de tomar Lucena, al noroeste de Loja, pero cuando se hallaba a punto de cercarla, fue atacado  sorpresivamente por Diego Fernández de Córdoba, el Conde de Cabra, resultando derrotado y capturado.

Al descubrir el Conde la identidad de su prisionero envía un mensaje urgente al rey y la reina que se encontraban en la ciudad de Vitoria. Fernando se apresuró al trasladarse al sur, reuniendo en Córdova un consejo de Guerra que le impone al vencido las siguientes sanciones: Una tregua de dos años, el pago de 12,000 doblones en oro anuales, el paso de tropas españolas por su territorio cuando aquellas hicieran la guerra a su padre y a su tío, y por último, entregaría como rehén a su hijo. Tan humillantes términos, incluso hasta para los propios católicos, son aceptados por Boabdil quien prácticamente, se convierte en un vasallo católico.

La derrota de Boabdil dio a los reyes la ocasión precisa para atacar. Pero antes, era necesario repotenciar sus fuerzas, consistentes en apenas una amalgama de bandas feudales, atrasadas y de nula experiencia profesional. El territorio granado, tan lleno de difíciles accesos, también constituía otro desafío. Los reyes católicos logran la proeza en poco más de un año. Si hasta entonces los dos primeros años de la guerra habían sido no muy distintos a la forma medieval de la guerra, en adelante, el ataque cristiano y la modernidad de su nueva ofensiva (una combinación de infanterñia y artillería nunca antes vista) adquirió una intensidad y continuidad tal, que la fuerza de los católicos se volvió ingobernable.

A partir de entonces y sucesivamente, caen Ronda (mayo de 1485), Marbella (sin combatir), Loja (mayo de 1486, con un uso decisivo de la artillería pesada), gran parte de la Vega de Granada (fortalezas de Íllora, Moclín, Montefrío y Colomera), y la propia Málaga (19 de agosto de 1487). Esta plaza era especialmente significativa por ser el principal puerto y por la reducción a esclavitud de la mayoría de sus 8.000 habitantes. También los mencionados problemas entre el criticado Boabdil, su tío El Zagal y su padre Abul Hassan, fueron cruciales para la victoria de los cristianos. Debilitados y sometidos por una fuerza que los doblaba en número y poder, los signos de ya una visible decadencia, empezaron a visualizarse.

Después de la caída de Baza (1489), el Zagal (que venció a Boabdil en la lucha por el trono) se rindió y entregó a la Corona de Castilla las ciudades de Almería y Guadix. La campaña final comenzó en la primavera de 1491 y concluyó el 2 de enero de 1492 con la entrada de los reyes Católicos en la capital. El reino se integró finalmente a la Corona de Castilla, pero es de valor apuntarse que no todos sus habitantes recibieron igual trato. Los de la ciudad de Granada y su tierra aledaña se beneficiaron de las condiciones favorables, acordadas en la rendición de Boabdil, que se resumían en el respeto a sus bienes, a sus creencias y a sus usos sociales; pero a los restantes se les impuso la ley medieval de los vencidos. Sus tierras fueron repartidas entre los nobles y municipios que habían sufragado la guerra, y sus personas quedaron sometidas a la servidumbre o a la esclavitud. El reino de Granada y la presencia musulmana en España, habían terminado.

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