Siglo de oro en la Literatura Latina

Posted by admin on Jun 20, 2011 in Interés general |
   

En la era de Augusto, el primer emperador romano, surgieron grandes nombres como Virgilio, Mecenas, Propercio y Ovidio. El latín, gracias a ellos, adquirió gran popularidad. Mecenas, por ejemplo, fue el brazo derecho de Augusto en el terreno militar y cultural. Al final terminó decepcionado en el amor y se retiró a un palacio del Esquilino según se dice, lleno de obras de arte y con una vista panorámica a Roma. Se rodeó de muchos poetas e intelectuales, por ende su nombre pasó a la historia como protector de poetas o de algo referente a la producción, en especial cultural, como “mecenazgo”.

Virgilio

Respecto a Virgilio, no hay mucho que agregar. Su nombre basta. Considerado uno de los mayores poetas de la historia. En las Bucólicas creó una historia pastoril dentro de un espacio denso y de guerras, ofreciendo sutilmente a lo rural como la alternativa para huir de las guerras. De todas, la más curiosa es el poema IV, en la cual parece obrar como profeta, veamos: “los rebaños no temerán a las fieras, morirán las serpientes y la miel destilará como rocío en los troncos de las encinas, una era de paz anunciada por el nacimiento de un niño que reinara como dos en un mundo feliz”. Para la época en que fue creado, aún faltaban como 40 años para que el judío Jesús nazca. Lo más probable es que se refiriera al hijo de Augusto, hecho que se desvaneció cuando nació Julia…
Podemos hacer mención también a su obra Las Geórgicas, que no son más que poemas didácticos, en la cual muestra al campesino romano como manejar la tierra y cuidar al ganado del mejor modo. Algo bastante original por cierto. A continuación surge la epopeya nacional a inicios del Imperio Romano, la Eneida, en la cual Augusto intenta justificar su ascendencia pues él provenía de la gens Julia, es decir descendiente de Julo, hijo de Eneas, el verdadero fundador de la ciudad. Vemos un breve repaso de la epopeya:
Resulta que después de Héctor, era Eneas el más valiente de los troyanos; y no era menor su piedad. Hace ya siete años que Troya fue destruida. Durante este tiempo, Eneas va errante por los mares, por culpa de Juno. Eneas se había acercado al litoral de África. Juno consigue persuadir a Eolo, dios de los vientos, a que desencadene la tempestad contra los barcos troyanos. Zozobran cinco navíos, y los otros naufragan. Pero al punto aparece Neptuno, protector de Eneas, el cual enojado y blandiendo su tridente, ordena a vientos y nubes que amainen en el acto. Eneas se dirige entonces hacia las costas de Libia, con los barcos restantes, y allí encuentra un puerto bien defendido. Desembarca en el lugar donde reina la bella Dido, la cual había huido de Tiro para escapar de su ambicioso hermano, fundó Cartago.
La reina ofrece hospitalidad a Eneas, que le narra sus numerosas hazañas y aventuras, empezando por la caída de Troya. Virgilio narra los acontecimientos que la Ilíada pasó por alto, con gran majestuosidad. Dido escucha al apuesto extranjero con creciente interés y admiración, que se torna en pasión ardiente. Eneas corresponde a los sentimientos de la reina. Durante una cacería, en la que participaba la corte entera, se desencadena una tempestad. A esto sigue una larga serie de fiestas; Eneas y Dido sólo piensan en su amor. El troyano olvida su misión: fundar en suelo de Italia el Estado que un día dominará al mundo. Al fin, el rey de los dioses le ordena que deje su ociosidad y siga el curso de su destino. Eneas obedece abandonando el puerto de Cartago. A lo lejos, una hoguera, le ilumina su ruta: en ella se consume Dido. Antes de morir, maldice al infiel amante y a todo su pueblo y predice la grandeza futura de Cartago que, un día, será la más peligrosa enemiga de Roma y vengará el honor de su primera reina. Eneas singla ahora rumbo a Italia. En Cumas consulta a la célebre Sibila. En compañía de la adivinadora, visita los infiernos y encuentra allí a su anciano padre, a quien sepultara un año antes. Esta descripción del orco es uno de los capítulos más emotivos de la literatura universal. Constituye la fuente de numerosas visiones del infierno descritas en la Edad Media por Aligeri y otros. Al final, Eneas y la Sibila llegan junto a Carón. El barquero ofrece un aspecto espantoso: su barba es gris e hirsuta, sus ojos lanzan rayos, mientras que a la orilla del río se presentan las sombras de los difuntos. El barquero rechaza estas lívidas siluetas, sombras e los difuntos cuyo despojos no recibieron sepultura. Están condenadas a vagar cien años por el borde del río antes de poder alcanzar la otra orilla. A ruegos de la Sibila, Eneas sube a bordo del frágil esquife.
“Asorda estos reinos con su ladrido trifauce el gran Cerbero, tendido y monstruoso de parte a parte en su cueva. A quien la profetisa, viendo que ya se eriza su cuello envedijado de culebras, le echa la torta narcotizada de miel y semillas medicinales. Él la toma al vuelo, abriendo las tres gargantas, que el hambre exaspera y, dejándose caer por el suelo, relaja sus desmedidos miembros y se extienden monstruosos. Eneas ocupa la entrada y pasa presto la ribera de la onda que no tiene retorno.”
“Y, al instante, en el umbral primero, oye voces y vagidos grandes, llanto de almas de niños a quienes se llevó un día aciago y, huérfanos de la dulce vida y arrancados del pecho, los sumió en amarga muerte. A par de éstos, los condenados a muerte por supuestos crímenes. Estas moradas no les fueron dadas sin tribunal sacado a suerte ni juez. Minos, inquisidor, mueve la urna: él reúne en asamblea a los silenciosos y juzga sus crímenes y sus vidas. Próximas a ellos tienen sus estancias aquellos tristes que, sin merecerlo, por su propia mano, se causaron la muerte y, porque aborrecían la luz, rechazaron la vida. ¡ Ay, cuánto más ahora y en el alto éter querrían arrostrar pobreza y trabajos duros! Los hados se lo vedan; la despreciable ciénaga los tiene cautivos en su agua triste, y la Estigia, con nueve vueltas, los aprisiona. Y no lejos de aquí, extendidos por doquier, se muestran los campos llorosos (así los nombran). Aquí, a aquellos que un amor duro consumió con su cruel ficción, los ocultan unas veredas secretas y los abriga en derredor una selva de mirtos: ni en la misma muerte dejan las ansias amorosas”.

Dido

La sombra de Dido se encuentra allí también. Pero cuando Eneas quiere hablarle, huye enojada. El héroe sigue su camino y encuentra a varios compañeros de armas, que le cuentan sus calamidades. Poco después llega al pie de una inmensa fortaleza; en torno a sus murallas corre un río de olas de fuego. Es el Tártaro, el lugar de los condenados:
“De allí se oyen salir gemidos, horribles latigazos, luego el ruido estridente de hierro y arrastre de cadenas. Encerrados aquí, esperan su castigo aquellos que en vida aborrecieron o causaron fraude a su cliente; los que se tendieron sobre amontonadas riquezas, sin dar parte de ellas al prójimo- éstos forman la mayor muchedumbre- y los que por adulterio fueron muertos; los que siguieron armas impías y no temieron traicionar a sus señores”.
Luego: “…llegan a los lugares apacibles y a los menos vergeles de los bosques glorioso, y a las moradas de los bienaventurados. Un aire más amplio cubre los campos y los viste de luz púrpura, y conocen su sol y sus estrellas. Los unos ejercitan sus miembros en las palestras de grama, y en el juego compiten; y luchan en la dorada arena; y con sus pies, los otros rigen danzas y recitan versos”.
Eneas tiene el consuelo de encontrar a su anciano padre. Pero al intentar abrazarlo, la sombra se desvanece como un sueño. Eneas aprende de su padre la doctrina de la metempsicosis; el anciano le muestra las almas de las generaciones futuras, almas que vivificarán algún día el cuerpo de un ser humano. Eneas ve a todos aquellos que, más tarde, desempeñarán un papel importante en Roma, desde Rómulo hasta Augusto, que dará al mundo la paz y la edad de oro. Con la vista a Cumas termina el nomadismo de Eneas y comienza el largo combate en el Lacio, lucha que el príncipe troyano ganará al fin de una serie triunfos y fracasos. Entonces puede realizar su gran misión y formar la comunidad de donde saldrá un día Roma, señora del mundo.
“Eneas es la personificación de ser sentido del deber tan característico de los romanos”. Nunca transige con su misión.
Como vemos Eneas sacrifico su propia gloria a la orden de los dioses, nada como el egoísta Aquiles. Es decir que Eneas vendría a heredar lo que se espera siempre de un romano: nunca romper su misión”. Definitivamente los dioses de Virgilio tampoco se parecen a los de Homero, pues la fuerza de los humanos es la que determina realmente el curso y la vida de estos. Aunque también hay que reconocer que Virgilio escribió por pedido expreso de Augusto, pero no fue ese el caso de Homero. Aquella obra, es decir la Eneida, le costó once largos años, empero no terminó de pulirla pues murió repentinamente a los 50 años de edad.
Ahora hablemos de Horacio, más joven que Virgilio, y de origen humilde. Su padre hizo todo lo que estuvo a su alcance para que su hijo sea como un senador o un hombre rico. Más tarde al entablar buenos contactos con Mecenas y vivir regularmente bien gracias a éste también llegó a la corte imperial donde rechazó ser el secretario particular de Augusto pues quería dedicarse por entero a su obra. Por lo general la misma está basada en satirizar las debilidades de las personas. Empero respecto a su modo de vivir y pensar puede resumirse en lo siguiente: “quien es integro en su vida y está limpio de maldad, no necesita, oh, Fusco, arco ni dardos moriscos, ni aljaba llena de flechas envenenadas”.
Propercio era otro de la época de Mecenas, Virgilio y el anterior. Se educó en Roma como sus otros amigos, y pronto le llenó de satisfacción la poesía griega. Tuvo éste a una musa inspiradora llamada Cintia, la cual le correspondió, y según él antes de ella, nadie lo había “esclavizado con sus ojos”, ya que hasta el momento siempre se había librado de toda inclinación amorosa”. Las peleas eran tan comunes como las reconciliaciones, pero al final la musa moriría joven y un desolado Propercio se dedicó de lleno a la poesía épica gracias al consejo de Mecenas. A él también se le debe un canto en honor a la victoria de Octavio en Accio y otros acontecimientos, pero al final no pasaría a ser tan conocido como otros de sus contemporáneos y su poesía podría ser calificada como densa. Murió poco después de los treinta años.
Así llegamos hasta Ovidio, más conocido. Unos de los pocos que nació en “cuna de oro”: Su padre quería que sea político pero él sólo se dedicaba a escribir constantemente, y además con el dinero que tenía le sobraba realmente para hacer cualquier cosa. No era mujeriego ni bohemio, al contrario era casado, fiel y se hacía mucho respetar. Probablemente es, empero, conocido por su poesía erótica. En realidad se trata algo así como un “tratado poético del amor” llamado “El Arte de amar”. Lo hace con tanta exquisitez y hasta originalidad que causó cierto revuelo en su época. Aconseja desde cómo mantener a la pareja, hasta como disimular con efectividad la infidelidad, todo lo contrario a su vida real. Aunque quizá fue porque en la poesía encontró el mejor método para desquitar y reflejar sus pasiones interiores y que él consideraba prohibidas. Obviamente todo esto le trajo problemas con la ética que Augusto quería imponer en Roma y se le juzgó como un corruptor de la juventud.

Al primer indicio de sospecha su suerte estaría echada y así fue, pues se le relacionó con la nieta de Augusto, Julia, y sin juicio ni nada se le llegó a perdonar la vida por sus dotes artísticas aunque fue enviado a Tomi, en la orilla occidental del mar Negro y su obra El arte de amar, fue prohibida. Pero felizmente para él, llevaba consigo La Metamorfosis, compuesta en de 15 libros y con unas 250 páginas sobre humanos que se transforman en animales o cosas inspirado en muchos mitos griegos. Condenado a vivir en las playas del Mar Negro pasó allí sus últimos años con el genio apagado en la pequeña colonia de Tomi. Algo verdaderamente injusto…aunque aún así le alcanzó la vida y los ánimos para escribir cinco libros de las Tristia y las Pónticas donde se queja de lo doloroso que puede ser el ostracismo. Entre sus obras eróticas también podemos encontrar “Remedio de amor”, en el cual se enseña a liberarse del amor si se ha caído en él, “Amores” y “Heroidas”, esta última por cierto es bastante peculiar pues se trata de cartas escritas por esposas de héroes como de Helena a París, Penélope a Ulises, entre otras, por supuesto todas inventadas por él y con objeto de entretener.
El último poeta que mencionaremos, fue Tibulo, quién para variar, falleció también muy joven. En su obra se nota otra vez el amor como el tema principal, aunque no es tan romántico ni profundo como sus pares antes mencionados, pero sí melancólico, como si entrañara recuerdos. También en su obra está referido al campo en el cual exalta el rol de la mujer, la cual cuida el hogar y lo complementa. Por lo general es en su propia esposa en quien él se inspiró: “quisiera aparecer de improviso ante tus ojos, Delia, sin que nadie me anunciara, como enviado del cielo; recibiéndome tal como te encuentres, con tus largos cabellos en desorden y descalza. Éste es mi deseo: ojalá la clara Aurora, con sus rosados caballos, pueda traernos ese día tan feliz y dichoso”.

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