La real guerra de Troya

Posted by admin on Dec 10, 2009 in Guerras civiles, Hechos históricos |
   

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Escrito por Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, especialista en historia del mundo, historia antigua y  con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.

Aunque revestida de una innegable aureola mística, y a criterio de historiadores  antiguos una absoluta ficción, no se puede negar la enorme importancia que la historia de esta guerra y su narrador, Homero, (de quien también se duda su existencia) tuvo para la cultura greco-latina de la antigüedad y para la cultura occidental en general. La guerra de Troya, llevada a cabo probablemente entre el siglo XII y XIII a.C, fue la contienda entre el pueblo de Troya (Hoy Turquía) y el pueblo aqueo (actual Grecia). Mágica, misteriosa, intensa, brutal, los 10 años de aquella guerra legendaria sirvieron para que las huestes de Odiseo (El Ulises de la Odisea) dieran el golpe de muerte a Troya y por extensión, a la cultura Micénica.

Los hechos trasuntan con facilidad de la realidad a la ficción. Zeus, el dios principal del Olimpo griego, acaba de destronar a Cronos (el señor del tiempo) y erigido en el rey del hábitat de los Dioses, será en adelante el encargado de vigilar las acciones de los hombres. Sin embargo, el comienzo de su mandato se halla oscurecido por una profecía que lo aterra: Nacerá pronto el Dios que como él con Cronos, lo apartará del trono. Su futuro victimario, al parecer, nacerá del vientre de Tetis, hermosa ninfa del mar. Zeus, apeteciendo cambiar su destino fatal, le ordena a la diosa casarse con un  mortal: El rey Peleo de los Mirmidones. El hijo de ambos, Aquiles, mitad dios, es pronto conocido gracias a sus increíbles dotes y fuerza guerreras. Pero la fatalidad también se anuncia contraria al infante semi-Dios: Un oráculo predice que morirá intentando conquistar la ciudad que será el escenario de una nueva guerra: Troya.

La noticia llena de tristeza a la ninfa Tetis, quien con la esperanza de protegerle baña al niño en las aguas milagrosas de un turbulento río del Hades (El infierno) llamado Estigia. Sólo una parte de su cuerpo queda sin bañar: El talón, el cual se convertirá en su punto débil. Nadie sabe lo ocurrido, salvo la ninfa Tetis. Terminado el ritual, la ninfa ahora debe preparar todo para su boda con Peleo. La fiesta es fastuosa. Se invitan a todos los dioses del Olimpo menos a Eris, diosa de la Discordia, por previsibles razones. Empero, dolida por el gesto, se presenta abruptamente durante el banquete y deja un presente cuyo contenido no es más que una manzana de oro con la inscripción: “Para la más bella”.

El rapto de Helena, la Guerra de Troya, la muerte de Aquiles

El cálculo de Eris es exacto. Las diosas desean la manzana, y todas sin excepción, se creen con derechos sobre ella, en especial, Hera (esposa y hermana mayor de Zeus), Atenea (diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa) y Afrodita (la diosa del amor, la lujuria, la belleza, la prostitución y la reproducción). Zeus, intuyendo las repercusiones que podría tener la lucha de las 3 féminas divinas, resolvió el asunto nombrando como árbitro a Paris, príncipe de Troya, que había sido criado como pastor a raíz de una profecía según la cual sería el causante de la caída de su ciudad. Las bellas diosas quisieron sobornar de inmediato al troyano: Atenea le ofreció sabiduría, destreza en la batalla y las habilidades de los grandes guerreros; Hera le ofreció poder político y el control de toda Asia, y Afrodita le ofreció el amor de la mujer más bella del mundo. Paris, casi sin pensarlo, concedió la manzana a Afrodita y regresó a Troya.

El problema era que la mujer más bella del mundo, Helena, estaba casada con Menelao, rey de Esparta. Pero Afrodita, a fin de cumplir su promesa, ayuda a Paris a raptar a Helena y Odiseo de ítaca, haciendo cumplir un juramento de unión entre los reyes y príncipes de Grecia, declara la guerra a Troya. Menelao, el esposo afectado, es ungido para llevar ante la ciudad de Paris, su venganza. Una flota de más de 1,000 barcos al mando de Agamenón, rey de Micenas, es organizada para iniciar las hostilidades. Troya, que esperaba las comprensibles represalias, se apresta a luchar.

Diez años tomó a los aqueos conquistar Troya. Y en el transcurso de la guerra, varios hechos, cada cual más funesto que el siguiente, minaría las fuerzas de uno y otro. Aquiles, el gran guerrero aqueo, muere a causa de una herida en el talón causada por una flecha del arco de París, justamente en el único lugar que su madre no protegió. Otra gran pérdida fue la de Héctor y la muerte de Patroclo, amigo entrañable de Aquiles. Nueve años continuados de sitio continuados, de saqueos a las poblaciones vecinas, de batallas extenuantes y sangrientas, agotaron a los dos bandos. Los dioses habían profetizado la destrucción de Troya pero el tiempo transcurrido dejó serias dudas en los corazones de los aqueos, que luchaban casi por la sobrevivencia.

Con la suerte a veces a favor de los aqueos, y en otra a los troyanos, e inclusive con la intervención de semi-dioses y dioses en la lucha, sólo la genialidad de un hombre distinto, Odiseo, inclinaría la balanza: Luego de la hecatombe moral que significó la muerte de Aquiles, ideó una nueva treta: Ordenar al diestro soldado Epeo construir un gran caballo de madera a modo de obsequio y finalización de la guerra. Terminada la obra, los restos de la armada griega fingieron partir y un espía griego, Sinón, convenció a los troyanos que aceptaran el caballo como ofrenda de paz y en honor a Atenea. Los troyanos, pese a las advertencias del sacerdote de Apolo Laocoonte y de  Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, aceptaron de buena gana el trofeo. Lo que ignoraban es que dentro del gran equino, cientos de soldados aqueos esperaban la noche para atacar.

La supuesta finalización de la guerra y la victoria de Troya dominaron los ánimos de la ciudad. Embebidos de gloria, sus habitantes organizaron una gran fiesta donde la bebida, el baile y los agradecimientos a los dioses no faltaron. Los hombres aqueos, comandados por Odiseo, esperaban pacientemente la madrugada. El progresivo silencio de la ciudad les dio la señal que aguardaban. Los troyanos, absolutamente embriagados, vieron con horror como los aqueos descendían del gran caballo de madera. Incapaces de defenderse, la resistencia fue inútil. La altiva e inexpugnable Troya, 10 años después de iniciada la guerra, era saqueada sin piedad. Se habían cumplido la profecía de los dioses.

La noticia de la caída de Troya lleno de júbilo a toda Grecia. Los principales héroes de esta historia, cada uno con diferentes circunstancias, regresaron a sus patrias luego de cumplir la recomendación que el fantasma de Aquiles hizo: El sacrificio de Polixena, la princesa troyana, hija menor del matrimonio entre Hécuba y el rey Príamo. Todos los grandes jefes de las milicias griegas (Idomeneo, Neoptolomeo, hijo de Aquiles, entre otros) regresaron a sus tierras. El rey Menelao trajo de vuelta a casa a la bella Helena, quien pese a los años transcurridos, seguía irresistible. Eneas, otro de los líderes, recayó finalmente en Italia, donde sus descendientes Rómulo y Remo, fundarían Roma. Sólo Odiseo, el héroe superviviente más insigne de todos, no pudo regresar, maldecido por los Dioses por su poca humildad y genio. La aventura de Odiseo por volver a su tierra, (donde los esperaban su esposa Penélope y si hijo Telémaco) sería el sustrato de otra gran historia de Homero: La Odisea.

Un aventurero indomable: Heinrich Schliemann

Hasta aquí, el relato mágico que la tradición oral egea nos ha legado. Homero, si es que en verdad existió, nos dejó una emotiva y épica historia que emociona, envuelve, subyuga, pero que claramente, es irreal. Sin embargo, las leyendas y cuanto hecho fantástico nos ha llegado del pasado, tienen siempre un lado veraz. Los años y el trabajo esforzado se han encargado de desentrañar el misterio. En ese sentido, nadie como el gran Heinrich Schliemann (1822 – 1890), quien influenciado por las historias helenas que escuchaba cuando niño, compró y excavó en 1870 la legendaria colina de Hissarlik (Turquía), donde los entendidos aseguraban que estuvo alguna vez, Troya. Sólo el ánimo indómito y perseverante de este hombre logró retraer del tiempo una ciudad de la que se creía sólo una leyenda.

Sobreponiéndose a las dificultades, a la aparición de las enfermedades y la crítica de los estudiosos por sus métodos (el alemán ciertamente no era un arqueólogo), Schliemann distinguió entre la tierra excavada varios estratos correspondientes a distintas fases de ocupación de Troya, enumerándolos del I al VII. Su descubrimiento sirvió para que se demostrara inequívocamente la realidad histórica de la urbe, calidad confirmada con la aparición de una colección de objetos y joyas de oro a las que llamó “El tesoro de Príamo”, el rey troyano de los relatos de Homero. En 1885, ya trasladado a la ciudad de Micenas, encontró la denominada “Máscara de Agamenón, (fechada en el siglo XVII a.C) y junto a él, un conjunto de copas de oro, diademas, joyas, alfileres o broches, una espada de bronce con empuñadura esmaltada, una daga (también de bronce y bellamente decorada con una escena de caza) y hasta 13 estelas funerarias.

Gracias al descubrimiento de estas tumbas, que eran la primera representación de arte micénico hallada, se supo que los micénicos eran un pueblo muy comercial, con una clase alta muy dada al lujo y con cierta influencia de culturas como la cretense. Schliemann identificó Micenas con el reino legendario de los átridas, linaje al que pertenecieron héroes míticos como el rey Atreo y sus hijos Agamenón y Menelao. Para demostrar que estaba en lo correcto, ahondó más sus excavaciones descubriendo finalmente las ruinas de la antigua ciudad micénica, un maravilloso conjunto arquitectónico que dejó asombrada a la comunidad arqueológica. Desde entonces, las críticas acallaron, más aún con el hallazgo de 20 cadáveres con abundantes y ricos ajuares funerarios, numerosos objetos de oro, bronce, marfil y ámbar. Además halló sesenta dientes de jabalí y un numeroso grupo de sellos con grabados de escenas religiosas, de luchas o de caza.

La real guerra de Troya

A partir de Schliemman, es posible vislumbrar la verdadera historia de la guerra. Tal como lo creyó el arqueólogo, los hechos cantados por Homero son reales, sí existió una ciudad llamada Troya,  y también una cultura griega micénica. La diferencia está en la forma épica (muy común en los pueblos de la antigüedad) de narrar los hechos. Si nos avenimos estrictamente a las causas de la guerra entre troyanos y griegos, entonces es perfectamente lógico aseverar que éste fue un conflicto de motivaciones económicas. Veamos. Los descubrimientos y conclusiones de Schliemman sobre Micenas dejaron muy en claro que la cultura micénica tuvo una actividad comercial muy grande y al parecer, en continua expansión. Ya que su civilización y los otros pueblos griegos navegaban continuamente en el Mar Egeo, su hábitat marino natural, con seguridad debió llegar un momento en el que quisieran expandirse.

Muchos de aquellos pueblos se expandieron hacia el oeste, donde iniciaron la colonización de los pueblos de la Península Itálica y sus islas; otros, emigraron hacia el sur y conquistaron la isla de Chipre; otros, fueron al este y desembarcaron en el Asia Menor, y en las Islas de Rodas y Creta (cuna del famoso minotauro); y los últimos, fijaron sus objetivos en el norte. Este debió ser el caso también de los micenos, que en sus ansias de exploración, quisieron navegar y mercadear con los  cientos de pueblos a orillas del Mar Negro, importantísimo y rico enclave comercial. Pero la supremacía de Troya, ciudad-peaje del estrecho de los Dardanelos (único acceso al mencionado mar y también única vía de comunicación con el Mediterráneo) debió hartarlos y por ello decidieron resolver el problema con el peso de sus armas.

Troya, que se consideraba con derecho en los Dardanelos, debió estar a su vez, fatigada del progreso amenazante de los griegos que prácticamente, comerciaban con toda la Europa civilizada. Muestra de ello, hay miles. Se ha encontrado restos de influencia micénica en todo el sur de Europa, Asia Menor e inclusive en tierras actualmente rusas. Las naves micénicas abandonaban los puertos griegos cargadas con cerámicas lujosas, metales, armas, aceites y ungüentos y regresaban cargadas de oro, marfil, telas preciosas y pasta vítrea en un continuo mercadeo que convertía el Mediterráneo oriental en una auténtica autopista comercial. Era evidente que, bajo el punto de vista micénico, Troya sobraba. Y los troyanos, debían pensar lo mismo de los griegos.

Esta fue pues, la razón principal del conflicto. Todos los pueblos de Grecia, unidas bajo el mando de Agamenón, debieron declarar la guerra conjunta a Troya que siendo una ciudad muy poderosa, estaba perfectamente bien defendida y en capacidad de vencerlos. Si son ciertos los 10 años de duración de la guerra como afirma Homero, lo más probable es que no fueran continuadas (como se menciona en la Ilíada), sino una sucesión de ataques u ofensivas cuyo poder domeñó a la larga, a la altiva ciudad. Vencida Troya, los griegos debieron haber iniciado su expansión sin trabas hasta alcanzar el control del comercio internacional. Los descubrimientos arqueológicos incluso, han permitido esclarecer puntos desconocidos como por ejemplo, el vestir de sus ejércitos, las armas que empleaban y la forma de las fortalezas, barcos, y diversas circunstancias del conflicto. Sin embargo, lo que sigue siendo un misterio es el ocaso  posterior y destrucción de Micenas, quizás aniquilados por los “pueblos del mar”, una civilización de la que no se tiene referencia y que aún hoy, es un gran enigma.

Los griegos micénicos que habían destruido Troya fueron aplastados por una oleada invasora que borró todo resto de su civilización. Los fantásticos palacios fortificados micénicos como Tirinto o Micenas fueron asaltados y destruidos, la población se dispersó, los campos se abandonaron, la zona se despobló e incluso la escritura se perdió. Sólo la ciudadela micénica de Atenas, encaramada en lo alto de la Acrópolis resistió la destrucción. Todo lo demás fue arruinado. Grecia se sumió en una Edad Oscura que habría de durar más de 400 años. Si hubo algún ganador final de la lucha,  en resumidas cuentas, sin duda fueron estos “pueblos del mar”. Pero hasta eso aún hoy se está investigando.

Aunque revestida de una innegable aureola mística, y a criterio de historiadores antiguos una absoluta ficción, no se puede negar la enorme importancia que la historia de ésta guerra y su narrador, Homero, (de quien también se duda su existencia) tuvo para la cultura greco-latina de la antigüedad y para la cultura occidental en general. La guerra de Troya, llevada a cabo probablemente entre el siglo XII y XIII a.C, fue la contienda entre el pueblo de Troya (Hoy Turquía) y el pueblo aqueo (actual Grecia). Mágica, misteriosa, intensa, brutal, los 10 años de aquella guerra legendaria sirvieron para que las huestes de Odiseo (El Ulises de la Odisea) dieran el golpe de muerte a Troya y por extensión, a la cultura Micénica.

Los hechos trasuntan con facilidad de la realidad a la ficción. Zeus, el dios principal del Olimpo griego, acaba de destronar a Cronos (el señor del tiempo) y erigido en el rey del hábitat de los Dioses, será en adelante el encargado de vigilar las acciones de los hombres. Sin embargo, el comienzo de su mandato se halla oscurecido por una profecía que lo aterra: Nacerá pronto el Dios que como él con Cronos, lo apartará del trono. Su futuro victimario, al parecer, nacerá del vientre de Tetis, hermosa ninfa del mar. Zeus, apeteciendo cambiar su destino fatal, le ordena a la diosa casarse con un  mortal: El rey Peleo de los Mirmidones. El hijo de ambos, Aquiles, mitad dios, es pronto conocido gracias a sus increíbles dotes y fuerza guerreras. Pero la fatalidad también se anuncia contraria al infante semi-Dios: Un oráculo predice que morirá intentando conquistar la ciudad que será el escenario de una nueva guerra: Troya.

La noticia llena de tristeza a la ninfa Tetis, quien con la esperanza de protegerle baña al niño en las aguas milagrosas de un turbulento río del Hades (El infierno) llamado Estigia. Sólo una parte de su cuerpo queda sin bañar: El talón, el cual se convertirá en su punto débil. Nadie sabe lo ocurrido, salvo la ninfa Tetis. Terminado el ritual, la ninfa ahora debe preparar todo para su boda con Peleo. La fiesta es fastuosa. Se invitan a todos los dioses del Olimpo menos a Eris, diosa de la Discordia, por previsibles razones. Empero, dolida por el gesto, se presenta abruptamente durante el banquete y deja un presente cuyo contenido no es más que una manzana de oro con la inscripción: “Para la más bella”.

El rapto de Helena, la Guerra de Troya, la muerte de Aquiles

El cálculo de Eris es exacto. Las diosas desean la manzana, y todas sin excepción, se arrogan derechos sobre ella, en especial, Hera (esposa y hermana mayor de Zeus), Atenea (diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa) y Afrodita (la diosa del amor, la lujuria, la belleza, la prostitución y la reproducción). Zeus, intuyendo las repercusiones que podría tener la lucha de las 3 féminas divinas, resolvió el asunto nombrando como árbitro a Paris, príncipe de Troya, que había sido criado como pastor a raíz de una profecía según la cual sería el causante de la caída de su ciudad. Las bellas diosas quisieron sobornar de inmediato al troyano: Atenea le ofreció sabiduría, destreza en la batalla y las habilidades de los grandes guerreros; Hera le ofreció poder político y el control de toda Asia, y Afrodita le ofreció el amor de la mujer más bella del mundo. Paris, casi sin pensarlo, concedió la manzana a Afrodita, y regresó a Troya.

El problema era que la mujer más bella del mundo, Helena, estaba casada con Menelao, rey de Esparta. Pero Afrodita, a fin de cumplir su promesa, ayuda a Paris a raptar a Helena y Odiseo de ítaca, haciendo cumplir un juramento de unión entre los reyes y príncipes de Grecia, declara la guerra a Troya. Menelao, el esposo afectado, es ungido para llevar ante la ciudad de Paris, su venganza. Una flota de más de 1,000 barcos al mando de Agamenón, rey de Micenas, es organizada para iniciar las hostilidades. Troya, que esperaba las comprensibles represalias, se apresta a luchar.

Diez años tomó a los aqueos conquistar Troya. Y en el transcurso de la guerra, varios hechos, cada cual más funesto que el siguiente, minaría las fuerzas de uno y otro. Aquiles, el gran guerrero aqueo, muere a causa de una herida en el talón causada por una flecha del arco de París, justamente en el único lugar que su madre no protegió. Otra gran pérdida fue la de Héctor y la muerte de Patroclo, amigo entrañable de Aquiles. Nueve años continuados de sitio continuados, de saqueos a las poblaciones vecinas, de batallas extenuantes y sangrientas, agotaron a los dos bandos. Los dioses habían profetizado la destrucción de Troya pero el tiempo transcurrido dejó serias dudas en los corazones de los aqueos, que luchaban casi por la sobrevivencia.

Con la suerte a veces a favor de los aqueos, y en otra a los troyanos, e inclusive con la intervención de semi-dioses y dioses en la lucha, sólo la genialidad de un hombre distinto, Odiseo, inclinaría la balanza: Luego de la hecatombe moral que significó la muerte de Aquiles, ideó una nueva treta: Ordenar al diestro soldado Epeo construir un gran caballo de madera a modo de obsequio y finalización de la guerra. Terminada la obra, los restos de la armada griega fingieron partir y un espía griego, Sinón, convenció a los troyanos que aceptaran el caballo como ofrenda de paz y en honor a Atenea. Los troyanos, pese a las advertencias del sacerdote de Apolo Laocoonte y de  Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, aceptaron de buena gana el trofeo. Lo que ignoraban es que dentro del gran equino, cientos de soldados aqueos esperaban la noche para atacar.

La supuesta finalización de la guerra y la victoria de Troya dominaron los ánimos de la ciudad. Embebidos de gloria, sus habitantes organizaron una gran fiesta donde la bebida, el baile y los agradecimientos a los dioses no faltaron. Los hombres aqueos, comandados por Odiseo, esperaban pacientemente la madrugada. El progresivo silencio de la ciudad les dio la señal que aguardaban. Los troyanos, absolutamente embriagados, vieron con horror como los aqueos descendían del gran caballo de madera. Incapaces de defenderse, la resistencia fue inútil. La altiva e inexpugnable Troya, 10 años después de iniciada la guerra, era saqueada sin piedad. Se habían cumplido la profecía de los dioses.

La noticia de la caída de Troya lleno de júbilo a toda Grecia. Los principales héroes de esta historia, cada uno con diferentes circunstancias, regresaron a sus patrias luego de cumplir la recomendación que el fantasma de Aquiles hizo: El sacrificio de Polixena, la princesa troyana, hija menor del matrimonio entre Hécuba y el rey Príamo. Todos los grandes jefes de las milicias griegas (Idomeneo, Neoptolomeo, hijo de Aquiles, entre otros) regresaron a sus tierras. El rey Menelao trajo de vuelta a casa a la bella Helena, quien pese a los años transcurridos, seguía irresistible. Eneas, otro de los líderes, recayó finalmente en Italia, donde sus descendientes Rómulo y Remo, fundarían Roma. Sólo Odiseo, el héroe superviviente más insigne de todos, no pudo regresar, maldecido por los Dioses por su poca humildad y genio. La aventura de Odiseo por volver a su tierra, (donde los esperaban su esposa Penélope y si hijo Telémaco) sería el sustrato de otra gran historia de Homero: La Odisea.

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