Las Guerras Médicas: La lucha por la supremacía entre Oriente y Occidente

Posted by admin on Dec 2, 2009 in Grandes guerras de la historia, Hechos históricos |
 

guerra-medicaEscrito por Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y  con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.

Escasos hechos en la historia del mundo han sido tan decisivos para el futuro de la humanidad como los tres episodios de las llamadas Guerras Médicas entre Grecia y Persia, ambos representantes más que de ilustraciones diferentes, de formas contrarias de sentir el mundo. El primero, era amante de las libertades individuales, las manifestaciones artísticas y la democracia; el segundo, partidario de la tiranía, la guerra y la supresión de la voluntad de los hombres a un solo poder: el  del Rey de Reyes. El curso final de estas batallas, de traslúcido resplandor helénico, permitió a Oriente y Occidente desarrollarse en forma paralela prácticamente, hasta nuestros días.

Veamos el desarrollo de estas confrontaciones. Hacia el siglo V a.C, el más grande y poderoso imperio del mundo era el Persa, gobernado por Darío el Grande, heredero de un imperio que empezaba en el Asia Menor y que se perdía en las profundidades de la India, más allá de todo lo que parecía imposible. Ese enorme reino había fijado sus ambiciones en las colonias griegas en Asia Menor, importantes ciudades cuyo comercio floreciente era el más rico del mar Egeo. Una vez conquistadas, Darío en principio, se portó muy tolerante. Pero tratando de cortarles sus libertades, pasó muy pronto a ponerles una serie de trabas comerciales. Así, apoyó el comercio fenicio en detrimento del suyo y cerró todo contacto helénico con los mercados egipcios, del Mar Negro, y la rica Síbaris, ciudad vital para su comercio de tejidos.

La coacción comercial generó de inmediato el resentimiento heleno. Pero tan lejos de sus hermanos de Grecia Continental, era poca la ayuda que podían esperar. Sin embargo, el ambicioso tirano de Mileto, Aristágoras, aprovechó ésta conmoción para movilizar a las ciudades jónicas contra el Imperio Persa, en el año 499 a.C. Los atenienses respondieron enviando algunos barcos y hombres mientras que Esparta, el otro gran estado helénico, al no tener posesiones o intereses en esas zonas, sencillamente declinó. Llegada la ayuda griega, el envalentonado Aristágoras se lanzó al ataque logrando liberar momentáneamente la zona de la presencia persa.

Darío, que en ese momento se hallaba en Persépolis, la capital persa, montó en cólera y lanzó una ofensiva selectiva pero de largo alcance que tras seis años de resistencia, triunfó. La venganza de Darío fue terrible. Incendió las ciudades griegas, capturó y asesinó a sus habitantes y, finalmente,  vendió a los sobrevivientes como esclavos. Darío no se conformó con eso. Así que encargó a su sobrino Artafernes iniciar una ola de represalias y boicots al comercio y a cuanta embarcación griega se aproximara al mar Egeo. Los persas habían ganado la primera partida. Es aquí donde empiezan las llamadas guerras médicas.

Los únicos alarmados con esta situación parecían ser los atenienses. Temístocles, el notable general ateniense, quería convencer a su pueblo sobre la necesidad de construir una poderosa marina pues estaba seguro que en un momento determinado, el curso de las acciones se desarrollaría por mar. Sin embargo, otro gran hombre griego, Milcíades, tenía una opinión contraria y estimaba que la lucha debería ser por tierra y no por mar. Mientras tanto, Darío decide atacar. Tras destruir Eretria, se embarcó a la aventura de conquistar Atenas. Sin embargo, antes debía descansar su gigantesco ejército en tierras griegas y lo hizo cerca de los actuales campo de Maratón, donde se entabló la lucha.

La batalla era desigual pero eso no amilanó a los griegos. Sin acobardarse, Mílciades astutamente estudió a su enemigo. Sabía que su fuerza reposaba en la caballería y en los arqueros de modo que cuando ambos bandos se avistaron y las flechas persas cubrieron el cielo, los griegos aprovecharon para romper con sus enormes y pesadas lanzas de combate las débiles líneas de infantería persa. El ataque logró romper el cerco causando un impacto tan profundo  que los persas iniciaron una enloquecida retirada hacia sus embarcaciones ancladas en el cercano mar Egeo. Hasta allí los siguió la armada griega, cuyo resonante éxito fue una seria advertencia para Darío. Luego de la victoria, se cuenta que el heraldo ateniense Filípides, célebre por recorrer largas distancias, fue enviado a Atenas en cuanto culminó la batalla para informar sobre la feliz victoria. Tras decir “Hemos vencido”, murió. Aquí se termina el primero de los tres asaltos de esta larga batalla entre Occidente y Oriente.

La segunda guerra Médica: La gesta de Leonidas y sus 300

Lo ocurrido en Maratón dejó una muy severa lección al hasta entonces orgulloso Rey de Reyes. Los hechos le habían demostrado que una nación de hombres libres, pese a no tener la fortuna y los medios logísticos de su rival, sabrían hacerles frentes con más coraje que ninguna otra nación. Darío entendió que este aparentemente indefenso pueblo de filósofos, artistas, poetas, escritores y demás, era capaz de todo si se amenazaba su libertad. Por ello, al regresar sus fuerzas militares a casa, se cuidó de no entrometerse con Europa hasta que estuviera lo suficientemente listo. Diez años pasarían para que ello ocurra.

Ante la muerte de Darío, el nuevo Rey de Reyes era Jerjes, su hijo y sucesor. El poderoso persa había sido instruido por su padre sobre la importancia de vengarse de aquella pléyade de hombres occidentales y ahora, ya todo un adulto, sólo tenía en mente eso. Para ello reunió gigantescas tropas traídas desde los confines de su inmenso imperio (entre los que se encontraban la terrible y famosa división de los diez mil inmortales), elefantes, magos, arqueros, infantería pesada y ligera, cuerpos de caballería, miles de barcos, etcétera. Jerjes, en una de las operaciones más grandes de la historia militar, no escatimó gastos ni recursos para su ambiciosa empresa pues estaba seguro de triunfar. Lo que pasaría después, sin embargo, destrozaría cualquier lógica.

El rey de reyes partía de Sardes en la primavera del 480 a.C. Al desembarcar en tierras griegas, ordenó construir dos gigantescos puentes sobre el Helesponto por donde pudieran pasar sus ingentes tropas. Aquí nos detenemos un momento para aclarar la cantidad de efectivos del mismo. Según Herodoto, él ejército estaba compuesto por casi 6 millones de hombres, cifra que por mucho tiempo se consideró veraz. Empero, investigadores actuales desestiman los cálculos antiguos y más bien creen que la cifra total bordearía un máximo de 250 mil persas, una cifra realmente considerable para la época.

Mientras esto sucedía del lado persa, la desorganización en los griegos cundía. Sólo un ateniense, Temístocles, pudo prever la catástrofe y pidió nuevamente que el gobierno ateniense apruebe la construcción de una poderosa flota naval. Jerjes, que empezaba a distribuir su ejército en el terreno, ordenó crear puesto de abastecimiento de víveres en Macedonia y Tracia. El grueso de sus tropas, por deducción, debería establecerse allí, acto que hizo que todos supusieran que el desfiladero conocido como las Termópilas sería para Jerjes el paso más pronto y rápido para ir desde Tesalia hacia Grecia central. Los persas, que avanzaban sin contratiempos por el norte, asolaron toda Grecia del norte.

Leónidas, rey de Esparta, se percató de este movimiento y decidió adelantarse. Reunió a los 300 mejores guerreros de su patria (con sus respectivos 600 hoplitas pues cada guerrero iba con sus dos sirvientes). Por fortuna, se le unió un grupo de guerreros voluntarios de las ciudades griegas y así, según Herodoto, estaban divididos en 500  hombres de  Tegea, 500 de Mantinea, 120 de Orcómeno y 1.000 hoplitas del resto de Arcadia (400 de Corinto, 200 de Fliunte, 80 de Micenas, 700 tespios, 400 de Tebas (Grecia), tebanos y  1.000 focidios.

Una vez llegado Leónidas a las Termópilas, se reunió con los que ya estaban allí y se prepararon para resistir. Jerjes consideraba ridículo enfrentarles así que decidió esperar el retiro pacífico de sus contrincantes. Al quinto día, antes de atacar, mandó un mensajero para invitarlos a salir. Cuando éste les pidió  a estos hombres  entregar sus armas, Leónidas le dijo con furia: ¡Ven y cógelas!.

Las oleadas de persas encontraron una fiera resistencia. Jerjes envía al segundo día a sus famosos 10 mil Inmortales. En épica pugna, los griegos traban combate con aquellas fuerzas de élite, resistiendo admirablemente, aprovechando su mejor fuerza organizada ante las fuerzas dispersas e inconexas de Jerjes. Al segundo día, con un balance alto de persas derrotados y humillados, la arrogancia de Jerjes había culminado. Como jamás en su vida, estaba en frente de unos guerreros que hacían de las diferencias numéricas, una completa nada. Jerjes decidió atacar en serio.

A pesar de la grave desventaja numérica, Leónidas y sus hombres se opusieron a las oleadas de soldados enemigos con un número mínimo de bajas, mientras que las pérdidas de Jerjes (aunque minúsculas en proporción a sus fuerzas) suponían un golpe para la moral de sus tropas. Durante las noches, Leónidas solía decirles a sus hombres: “Jerjes tiene muchos hombres, pero ningún soldado”. Lamentablemente, cuando Jerjes empezaba a sentirse abatido, recibió la infame ayuda de un hombre a quien la historia compara comúnmente con Judas: El traidor Efialtes.

Todo estaba consumado. Poco a poco, frente a una lluvia de flechas (los persas no querían enfrentarlos cuerpo a cuerpo) y la arremetida de múltiples armas y proyectiles persas, fueron cayendo con honor. Así perecieron aquellos valientes. En su honor, en el lugar de la batalla se colocaron estas inscripciones: “contra tres millones pelearon solos aquí, en este sitio, cuatro mil Peloponesios”. El otro era más especifico para los espartanos: “habla a los lacedemonios, amigo, y diles que yacemos aquí obedientes a sus mandatos”.

Después de las Termópilas y la Tercer guerra púnica
La gesta de Leónidas retrasó el avance persa por unos cuatros o cinco días, demora que dio a los demás griegos el tiempo suficiente para poder reorganizarse y recuperar fuerzas. Pese a ver destruidas inicialmente Esparta y Atenas, los helenos lograrían asestar derrotas importantísimas a los persas tanto en la batalla por mar de Salamina, como en la lucha por tierra de Platea. Una segunda batalla marítima, Micala, asestaría el golpe final para los persas, quienes en adelante verían derrumbados sus sueños de occidente. Con la victoria, los helenos se erigieron ante el mundo como una gran potencia mundial, mientras Persia iniciaría una lenta decadencia que Alejandro Magno terminaría sellando al anexarse el imperio completo.

Enseñoreados los griegos en sus territorios, el decadente imperio Persa no obstante, pretendió un último y definitivo asalto. Antes, los atenienses y los espartanos fundaron la Liga Ático-Délica, que tendría como principal misión proteger a Atenas y las colonias jonias del Asia Menor. Esta liga estaría dominada por Atenas, convirtiéndose en el pueblo de Grecia cuyo liderazgo político, económico, social, cultural y militar, sobrepasaría incluso a Esparta, la otra gran ciudad-estado helénica. Cuando Artajerjes I, nuevo soberano persa, decidió avanzar hacia las costas griegas para someterlas, Cimón, hijo del gran Milcíades, enterado de las intenciones persas, avanza imparable hasta la actual Turquía y derrota al ejército persa en la batalla del río Eurimedonte en el 465 a. C.

Tras esta gran victoria, Cimón (pese a un destierro) y Pericles, que dominó Atenas durante casi todo el siglo V a. C. (el siglo de oro de Grecia) continuaron la guerra contra Persia. Con una superioridad plena, Oriente nunca más intentaría conquista alguna de Occidente. La firma de un tratado de paz con Artajerjes I, llamado Paz de Cimón en el 448 a.C, sería el último episodio de las Guerras Médicas. Nunca más Persia ni Grecia, serían las mimas. A la primera, la historia la recubrió de gloria; a la segunda, sólo el trabajo de la arqueología la haría recuperar la gloria perdida.

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