La batalla de Waterloo: La campaña en Bélgica (Capítulo I)
Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.
Napoleón Bonaparte, el genial estratega francés que había conquistado media Europa hacia 1812, se enfrentaba inevitablemente hacia su final. Luego de la desastrosa campaña hacia Rusia (donde perdió 570,000 hombres) su gran y veterano ejército (Le grand armée) debería hacer frente a la lista de países que coaligados, esperaban su retorno. Prusia, Rusia, el Reino Unido, España y Portugal, se unieron para vencer las fuerzas que Napoleón llevaba acantonadas en Alemania y Polonia; sin embargo, el astuto general galo les infligió una grave derrota en la Batalla de Dresde (26 de agosto de 1813) la cual terminó con la muerte de 100,000 soldados aliados. Parecía que la suerte le sonreía nuevamente al emperador, pero la sexta coalición de fuerzas (más Suecia y Austria) logra derrotarlo en la famosa Batalla de las Naciones (Leipzig) el 12 de octubre de 1813.
La derrota en campos alemanes es decisiva para el futuro de la guerra. Napoleón, forzado por sus enemigos, debe retroceder hasta terrenos franceses con la esperanza de organizar una nueva ofensiva. Al momento queda desengañado. Tras las 120,000 bajas de la última batalla, el francés entiende que es imposible frenar el ciclópeo poder ofensivo de la Coalición. En marzo de 1814, la fuerza aliada, consistente en más de 500,000 hombres, no tiene problemas en tomar París el 31 del mismo mes. Napoleón, jugando sus últimas cartas, abdica a favor de su hijo pero sus mariscales, temiendo una ola de ejecuciones, le aconsejan renunciar sin condiciones. El 11 de abril, los vencedores de la contienda firman el Tratado de Fontainebleau, por el cual se acuerda de forma unánime el exilio del líder francés a la pequeña Isla de Elba, a 20 km de la costa italiana.
Allí permanece durante once meses. Disminuido por el encierro aunque todavía lúcido, el emperador examina las distintas posibilidades de rehacer su pasada gloria. Muy pronto se da cuenta que los vencedores de la contienda, especialmente Rusia, se estaban dejando dominar por sus ambiciones personales, haciendo imposible un acuerdo. Las onerosas reparaciones de guerra que pide el Zar Alejandro I, y la negativa de las potencias reunidas en el Congreso de Viena para concedérselo, ponen sumamente tirante la situación. La coyuntura convulsa, piensa Napoleón, es ideal para una nueva insurrección. Mientras sus enemigos aún no deciden qué hacer con él, éste aprovecha un descuido de la guardia de la Isla para escapar en compañía de sus más fieles criados.
Una salida: La acción militar
El 26 de febrero de 1815, al mando de unos 600 hombres, burla la seguridad francesa y británica de las costas italianas y desembarca el 1 de marzo en la ciudad gala de Antibes, en Provenza-Alpes-Costa Azul. La noticia de su llegada corre de inmediato por todo el país y en pocas horas, las adhesiones a su causa se cuentan por miles. Hacia el 14 de marzo, cerca de 10,000 hombres a su disposición amenazan con ir hacia París, a la cual llegan finalmente 5 días después. Luis XVIII, el rey restituido en su trono, escapa de los rebeldes y contacta a los enemigos de Napoleón. Pese a las grandes simpatías que el militar despierta en el país, éste no se deja engañar. Sabe que lo prefieren sólo por la antipática dominación de un rey sensual y ególatra y quiere aprovechar esta situación tanto como sea posible.
Para ello le era imprescindible aniquilar sus enemigos en el país y cambiar de postura política. Entonces, tiende a lanzar promesas de reforma y nueva constitución, aunque sabe muy bien que todo no es más que un juego de apariencias. Lo que él desea es tener todo el poder y alcanzar la posibilidad de rehacer un nuevo ejército. Para ello, era necesario despistar a las potencias con una nueva actitud mucho más democrática. Mientras tanto, sin disparar una sola bala, se hace de la jefatura del país. Presionado por todos los sectores, Napoleón pone todo su interés en realizar las reformas que había proclamado y no es desconocido que deseaba incluso, obtener el papel de un rey constitucional. Así las cosas, Napoleón recibe la noticia de algunos levantamientos armados en su contra (como la del Duque de Angulema) que sofoca rápidamente. No obstante, el principal peligro está en modificar la Constitución y que ésta tenga consenso general.
El 13 de marzo de 1815, Napoleón publica un edicto que disuelve las antiguas cámaras legislativas y establece como prioridad máxima la modificación de la Carta Magna del Imperio Napoleónico, justamente un documento del que había sido artífice. Esta nueva postura siembra en Europa y en las potencias en especial, un clima de marcado escepticismo. Todos creen que todo no es más que una treta para ganar tiempo y que quizás su conocido deterioro de salud, ha turbado demasiado los ánimos del emperador. En realidad, como ya han apuntado varios de sus biógrafos, su estancia en el exilio (y no el fracaso de Rusia como usualmente se cree) habían minado su salud. Pero aún quedaba mucho de Napoleón en pie.
Redactado por Benjamin Constant de Rebecque, (filósofo, escritor y político francés de origen suizo) en acuerdo con el Emperador, se publica finalmente L’Acte additionel (documento que suplía a las constituciones del Imperio) el cual concedía a Francia una cámara hereditaria de Pares y una cámara de representantes electa por los “colegios electorales” del Imperio. Las medidas desilusionaron muy pronto a los liberales, que comprobaron que el documento estaba hecho para ser compatibles a los intereses de Napoleón y era restrictivo para los electores pues sólo garantizaba 1.532.527 votos en el próximo plebiscito, menos de la mitad de lo usual.
El creciente descontento hizo saber a Napoleón que debía aprovechar al máximo el tiempo antes que estallaran nuevas revueltas. La nueva coyuntura internacional (en la cual una serie de países descansaban de sus heridas) exigía una acción rápida, única y contundente. Y esa sólo podía ser la guerra. Además, una vez llevadas a cabo las elecciones para el nuevo presidente de la Cámara, Napoleón sufre un revés tras la elección de un liberal de enérgica postura al emperador: Jean Denis Lanjuinais. Costó un trabajo enorme al emperador no anular el resultado, pero tuvo que hacerlo. Si desconocía a Lanjuinais, nuevamente quedarían desenmascaradas sus preferencias autocráticas e intolerantes y con seguridad, la desaprobación sería general.
A finales de mayo de 1815, Napoleón ya tiene todo maduro para la ofensiva final, en la que se jugaba el todo o nada. El emperador sabía que su única posibilidad de permanecer en el poder era atacar a sus enemigos antes que los aliados pudieran reunir una fuerza abrumadora. Si podía destruir a las fuerzas aliadas existentes en Bélgica antes que se reforzaran, estaría en condiciones de atacar a los ingleses conduciéndolos al mar, mientras expulsaba a los prusianos de la guerra.
Las últimas cadenas que detenían la guerra inevitable se habían roto incluso desde el 13 de marzo de 1815, cuando todas las potencias desconocieron su régimen. Cuatro días más tarde, el Reino Unido, Rusia, Austria y Prusia se comprometían a aportar 150.000 hombres al combate para terminar con su gobierno. De nada valieron los esfuerzos de Napoleón por separar a la poderosa Austria de la Coalición. Las cartas estaban echadas ya. Napoleón partió a Bélgica la segunda semana de junio de 1815.
La campaña belga: El preludio a Waterloo
Napoleón hubo de moverse muy rápido. Pese a toda una serie de dificultades, el francés logró elevar sus efectivos a 284,000 hombres. De ellos, los primeros 124,500 formaban el ejército del Norte que estaba bajo su mando personal; el resto, quedó dividido entre los ejércitos del Rin, el Loira, Los Alpes y los Pirineos, así como otras formaciones, depósitos y fortalezas. Los ejércitos del norte, eran la esperanza de apoyo principal con las que contaba Napoleón. Estos contaban en total con 84,415 soldados de infantería, 23,595 de caballería, 11,578 de artillería y 344 cañones.
Los aliados, que ya habían formado la séptima coalición anti-napoleónica, se dedicaban a la tarea de reunir cinco ejércitos. Uno anglo-holandés de 93,000 hombres bajo el mando del notable general Arthur Wellesley, Conde de Wellington; y otro prusiano de 117,000 al mando de Gebhard Leberecht von Blücher. Además de ellos, estaban a la orden un ejército austríaco de 210,000 hombres, un ejército ruso de 150,000 hombres y finalmente, un ejército austro-italiano de 75,000 hombres. Los aliados, dado su mayor número, pensaban aniquilar a Napoleón por el peso de su aplastante superioridad numérica.
Napoleón, en una concepción genial, decidió atacar a ambos ejércitos para dividirlos y vencerlos con rapidez. Intentaría entonces hacer frente a las fuerzas rusas y austriacas que se aproximaban a Francia por el Este. Para llevar a cabo su plan, distribuyó a sus hombres en dos líneas de ofensiva y un grupo de reserva estratégica formada por veteranos leales (conocido como la ‘Vieja Guardia’). El 15 de junio de 1815, como referimos anteriormente, Napoleón atravesó la frontera belga, lo que sorprendió al mando aliado que incluso, imaginaba la forma de atacar a Napoleón desde Francia. La astucia del rival había desconcertado a sus rivales, que no esperaban que el francés tomase líneas de ataque.
Aquí empieza su periplo final por las tierras belgas. Después de cruzar el río Sambre (afluente del Mosa, entre Francia y Bélgica), los franceses iniciaron sus acciones derrotando a la vanguardia prusiana que esperaba unirse a las demás tropas en la ciudad de Charleroi. La victoria de los primeros encuentros obligó a Napoleón a actuar lo más rápido posible. Fue entonces cuando ordenó al mariscal Michel Ney, que dirigía el ala izquierda de sus tropas, atacar a una brigada de la caballería de Wellington que estaba en la región del Quatre-Bras, a apenas 19 km al norte de Charleroi. El avance de las tropas napoleónicas fue espectacular y sorpresivo. El talento y la experiencia de los veteranos franceses hicieron maravillas donde parecía imposible la resistencia.
Sin perder más tiempo, el siguiente paso pensado por Napoleón fue mandar atacar el ala derecha, comandada por el general Emmanuel de Grouchy y atacar en el Este a una brigada prusiana destacada en la ciudad de Gilly. Grouchy, excelente militar, cumplió su misión y avanzó hasta un punto cercano a la localidad de Fleurus, donde estaba concentrado un regimiento de Blücher. La táctica napoleónica de atacar por separado y a sus diferentes flancos, había dado resultados. Napoléon había conseguido situar a su ejército entre los elementos de avance de Wellington y Blücher, mientras que el grueso de sus tropas estaba ubicado de tal forma que podía dirigirse hacia el Oeste, contra las fuerzas anglo-holandesas, o hacia el Este, para atacar a las tropas prusianas.
Sólo la genialidad de Napoleón había conseguido triunfar en un momento desesperado y pese a sus tropas menores en número, pudo situarse frente al enemigo en condiciones ideales de batalla. Evitando el rodeo de tales fuerzas, el siguiente campo de operaciones se trasladaría a la región de Ligny y el Quatre Bass. El curso de la campaña llevaría a Napoleón a recaer finalmente en Waterloo, la localidad belga donde Napoleón se enfrentaría a su destino definitivo. Si conseguía la victoria, la hegemonía de su imperio se trasladaría de inmediato a toda Europa. De perder, sería el fin de su legado y Francia podría sufrir una nueva transformación territorial que el emperador no estaba dispuesto a aceptar.

