La batalla de Adrianópolis: El peligro godo en Europa

Posted by admin on Nov 28, 2009 in Batallas del mundo |
 

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Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y  con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.

El 22 de mayo del año 337, día de la muerte del emperador Constantino el Grande, puede considerarse el inicio del fin de Roma, marcando así un importante episodio en la historia del mundo. El fallecido emperador, una figura enérgica cuyas grandes reformas fueron el último suspiro de vida de una sociedad agotada y decadente, había dividido en vida el imperio entre sus 3 hijos: Constantino II, Constancio y Constante. Apenas muerto éste, se desató un espantoso drama familiar que culminó con el asesinato de los dos primeros. El hermano sobreviviente, Constancio, no queriendo dejar con vida a nadie que pudiera hacerle sombra, inició una execrable campaña de ejecuciones familiares. Sólo se salvo el hijo menor de un hermano de su padre, Juliano, al cual la historia conocería con el nombre de El apóstata.

Para entonces, los furibundos golpes de los pueblos germánicos en la frontera norte eran casi insostenibles. Sumado a los pueblos bárbaros del Norte, otros pueblos, no tan bárbaros, también amenazaban a Roma desde Oriente, en una marejada brutal cuya resistencia parecía imposible de vencer. El mismo Constancio moriría en una campaña donde luego de asesinar a los cuados y los sármatas (ambos pueblos germánicos) se enfrentó al aqueménida Sapor II por la supremacía en Armenia. Muerto al poco tiempo Juliano el Apóstata, y sin un emperador de sangre real para alcanzar el trono, éste pasa a Valentiniano I (364-375) un soldado plebeyo oriundo de Hungría quien nombra como su co-regente a su hermano Valente. Con la muerte de Valentiniano I, las sólidas aspiraciones al sillón imperial de Valente fueron irrefutables. Difícil trabajo tuvo apenas al tomar posesión del Imperio. Las masas germanas habían roto diversos puntos del limes romano y cada vez era más difícil rechazarlos.

Uno de aquellos pueblos eran los godos, hombres procedentes de Escandinavia (o Gotaland), que hicieron su aparición alrededor del siglo I de nuestra era tras asentarse en las grandes y fértiles llanuras al norte del Mar negro (actualmente Rusia). Rubios, de excelente constitución física y ojos azules, ostentaban una fuerte organización dinástica que les permitió adquirir una sólida capacidad militar y a su vez, una habilidad de penetración mayor que las demás tribus germánicas. Tras invadir Dacia y asentarse en ella por un periodo de tiempo aún no establecido por las fuentes godas (dado que eran una tribu semi-erudita), deben compartir el territorio con sus otros hermanos de raza, los visigodos, quienes como ellos, son incapaces de detener la terrible invasión asiática de los hunos proveniente del este. Derrotados por las huestes de Rúa, padre de Atila “el azote de Dios”, los hunos reducen a gran parte de su pueblo a la esclavitud. Los godos sobrevivientes, al borde del paroxismo, claman ayuda.

Una decisión polémica: El asilo godo
Desesperados, contactan al emperador Valente a fin que éste les otorgue asilo. Valente, un emperador descrito por el historiador greco-sirio Amiano Marcelino como un ser “débil e irresoluto, de tez oscura, cruel, grosero, tosco e inculto, de estatura normal y vientre prominente”, cree entender que este pueblo podría servirles perfectamente de barrera contra el peligro mongol y acepta. Aquello constituye un hecho de gran importancia. Por primera vez, un pueblo entero obtenía autorización para asentarse en el interior de las fronteras de un imperio y vivir dentro de él como nación independiente, con sus propias leyes, religión, lenguas ocultas y emperadores. En una migración extraordinaria que demoró casi un año, los godos asentaron sus miles de hombres en la provincia de Moesia, en las actuales fronteras de Bulgaria y Serbia.

Sin embargo, la medida dentro de poco sería altamente impopular en Roma. Muchos políticos y militares vieron en el pueblo godo una verdadera bomba de tiempo; la Iglesia también objetó la decisión alegando que tener tan cerca un pueblo de hábitos paganos y creyente del arrianismo (una variante del cristianismo signado como herejía) era contraproducente para la unidad religiosa del Imperio. Valente hizo caso omiso a todas las críticas. Él, también arrianista de corazón, minimizaba los riesgos no sin razón. Era difícil que los godos se expusieran a enfrentar otra vez a los hunos, o en su defecto, luchar contra las tropas de Roma dentro del mismo Imperio. Los godos, que emigraron de bien talante a la zona asignada, muy pronto comprenderían el por qué el yugo romano era harto odiado en distintas partes del imperio. Aquí empezarían los verdaderos problemas.

Si bien habían superado el problema de los hunos, la noticia de su asentamiento trajo la codicia de los funcionarios encargados de la administración de Moesia. Fiel a su descarada codicia, hostigaron a los recién llegados con impuestos y la especulación de los alimentos y suministros que Valente había destinado para su instalación, se hizo práctica común. Uno de ellos, el Conde de Tracia (de nombre Lucipino) y su ayudante Maximino, hicieron grandes negocios vendiendo a precio de oro los alimentos a una población que aún ni siquiera empezaba a trabajar. Además, la pobre y despoblada zona de los Balcanes era un lugar inhóspito que exigía un trabajo mayor. ¿Con qué dinero pagar? Sólo el hambre pudo doblegar a los godos donde su indignado líder, Fritigerno, hubo de pactar con Lucipino para la entrega de víveres y enseres básicos para vivir.

El funcionario romano llevó las cosas muy lejos. En una zona de continuo despoblada y para colmo devastada en el año 377 por la sequía y la hambruna, el procurador vio una gran oportunidad de enriquecerse a costa de los godos. No sólo promovió nuevas recaudaciones de impuestos, sino que elevó aún más los precios de los alimentos y los materiales de construcción. Fritigerno se opuso tenazmente y harto de las prevaricaciones, lo asesinó junto con todos sus opresores en la ciudad tracia de Marcianópolis. Las ansias de revancha se propagaron como reguero de pólvora y en la semana siguiente los godos saquearon las poblaciones romanas de  Moesia y la rica Dacia, el granero de los Balcanes. Enterado Valente, mandó dos destacamentos romanos para sofocar la rebelión pero ambos fueron derrotados. Fastidiado, decidió acudir en persona, llevando un ejército de 7 legiones consigo (unos 60,000 hombres).

El levantamiento godo llegaba en un momento inoportuno. Ya muy ocupado estaba Valente deteniendo a los germanos en el Rin y luchando activamente contra el Imperio Aqueménida persa como para tener una preocupación más. Ante la urgencia de cortar el avance godo (cuyo pueblo en capacidad de luchar llegaba a los 90,000 hombres), el emperador debe quitar fuerzas importantes de la frontera oriental para destinarlas a los Balcanes y asentarse en las afueras de la ciudad de Adrianópolis (cerca de la Vía Egnata, principal vía romana a los Balcanes). Mientras tanto, el odio de los godos había devastado todo a su camino, obteniendo ricos botines de las ciudades sometidas y uniendo a su causa a todos los pueblos germánicos. A punto de cruzar los Balcanes, el ejército godo estaba compuesto por unos 155,000 hombres y 11,500 jinetes. Valente, no lo podía saber, se enfrentaría a una fuerza mucho mayor que la suya.

El desastre: La batalla de Adrianópolis
El 9 de agosto de 378 el ejército de Valente se dirigió hacia el noroeste de la ciudad y a poca distancia encontró el campamento godo. Se ha discutido mucho si Valente tenía o no intención de atacar; pero lo cierto es que ante semejante ejército, era ya muy difícil eludir el combate. Fritigerno lo sabía también, que usó la diplomacia para ganar tiempo mientras llegaban las tropas (que no esperaban los romanos) de los nobles ostrogodos Alateo y Safrax. Casi hacia el mediodía, con las formaciones mirándose frente a frente, inicia el combate.

Los romanos, fiel a su consabida estrategia de las tres líneas de infantería, usan la primera de ellas para intentar retroceder la línea enemiga. Sorprendidos por su fuerza, los godos responden con una violencia inusitada. Ni las tropas auxiliares de los tribunos Cassio y Bacurio de Iberia pueden socorrer a la primera línea de ataque que indefensa, es casi partida por la mitad. Fritigerno, ya repuesto de la sorpresa, nota el impacto hecho en las legiones y ordena atacar frontalmente. En ese momento llegan las tropas a caballo de Alateo y Safrax, cuyo enorme poder no tiene problemas en destrozar a la débil y poca especializada caballería romana de los flancos.

Rechazados casi a sus posiciones originales, el combate entra en una nueva fase: La lucha cuerpo a cuerpo. Aquí los romanos, a despecho de sus mayores épocas de gloria, ya no tenían la supremacía. Lejanos los tiempos en que las arcas repletas del Estado podía comprar lo mejor en material de guerra, su escasez económica había consentido abaratar costos y con ello, la capacidad de respuesta frente al enemigo. Además, la caballería goda dio un gran ejemplo de fuerza moderna. En apenas unos golpes, las largas lanzas y espadas de sus jinetes abrieron surcos en las líneas de defensa romana que en todo momento se mostraron incapaces de hacerles frente.

La lucha alcanzó su clímax. Los romanos se defendían con ardor pero el número gigantesco de las tropas godas empezó a gestar la diferencia. Un nuevo golpe de caballería aniquiló una tímida respuesta de la caballería romana que tuvo que huir presa de la conmoción. El caos se instaló en las huestes imperiales. Valente, desde su campamento, podía ver perfectamente el desenlace del duelo y perdiendo la calma, arenga a los suyos para apoyar a los dispersos y guerrear hasta el último hombre. No obstante, los romanos que intentaron escapar son asesinados antes que Valente llegue. Las unidades romanas, rotos todos sus circuitos de comunicación, luchan no por el triunfo sino por la vida misma. El temor a la muerte logra que ambos bandos se entreguen a una carnicería general. Con el sol a punto de caer, el campo de batalla a causa de la sangre se convierte en un lodazal. Valente, con terror, sabe que la derrota está cerca.

La muerte de Valente y la decadencia final
La victoria pues, parece ser definitivamente goda. La caballería goda aprovecha el desconcierto reinante para realizar un movimiento circular que rodea completamente a las divisiones de Valente y él mismo pierde la vida aunque aún no se sabe cómo. Hay varias hipótesis al respecto; pero parece lógica aquella que indica que luego de ser herido, los soldados de su guardia personal lo esconden quizás en alguna casa cercana o puesto de vigilancia. Los visigodos, que ignoraban que el emperador estaba adentro, prenden fuego al edificio, matando a todos en su interior. El fallido reconocimiento del cuerpo del emperador, parece apoyar esa hipótesis.

Los godos no dejaron prisioneros. Con un absoluto desprecio por la vida, asesinaron a todos los que cayeron en sus manos. Muchos hombres romanos ilustres perdieron la vida en aquella desastrosa batalla además del emperador. Citaremos a los generales Trajano, Sebastián, 35 Tribunos, muchos capitanes de batallón, el caballerizo mayor, el mayordomo de Palacio y un antiguo comandante en jefe. Dos tercios del ejército, con un total de 40,000 hombres aproximadamente, fueron muertos. Roma no recordaba desde Cannas, haber presenciado una catástrofe de tales dimensiones. Perder esta batalla significó comprender que una nueva era, en la que ya no tenían la supremacía, había comenzado. La noticia de la derrota estremeció de una forma indescriptible al Imperio, que perdió toda esperanza de luchar.

Esta batalla dejó como lecciones muchas cosas para la posteridad. En primera instancia, que si bien el valor era importante, ya había dejado de serlo todo. Segundo, que las antiguas tácticas de la legión y la falange habían agotado sus posibilidades y se requería una nueva técnica. Y tercero, el gran poder de la caballería supliría definitivamente a la infantería, hasta entonces, el elemento decisivo de la guerra. Con la batalla de Adrianópolis inicióse un nuevo ciclo distinto y moderno en el arte de la guerra. Esto, con el tiempo, haría germinar la necesidad de perfeccionar los carros de combate, la caballería y algunos siglos después, la artillería. Finalmente, Adrianópolis fue sumamente importante por que fue el primer triunfo total de un pueblo germánico sobre Roma, una contienda que en casi 400 años, se había decidido casi siempre a favor del Imperio.

El mundo llegaba pues, a una nueva época: El lento paso de la Antigüedad, a la Edad Media, un período quizás de mayor importancia que el anterior. Dueños ya de los Balcanes, los godos iniciaron una agresiva expoliación que sólo su incapacidad de tomar Adrianópolis o Constantinopla, y los suculentos rescates pagados por Roma, pudieron frenar. Con el tiempo, y tras la ascensión de Alarico al trono godo, los germánicos se mostraron aún más ambiciosos. Su codicia se vio libre sus cadenas tras la muerte del general romano Estilicón (359-408), único hombre capaz de contener sus hordas sedientas de dinero. Sin problemas ya para avanzar, no hubo poder romano capaz de detenerlo y el 24 de agosto del 410 entraron a Roma y robaron hasta el último denario que había en la capital. Roma, herida hasta en su fibra más sensible, clamaba por paz. Pero aún habría de sufrir al menos 2 siglos más la codicia de los pueblos que alguna vez, dominó.

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