La batalla de Cannas: El desastre romano
Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.
La guerra entre Roma y Cartago, las dos mayores potencias de la Antigüedad, estaba en su clímax. Aníbal, el egregio y talentoso estratega púnico, había jurado desde su juventud vengar la gran derrota frente a los itálicos en la denominada primera guerra Púnica. Para ello había ideado una táctica genial y arriesgada: Cruzar el mediterráneo, desembarcar en España, cruzar los Alpes y atacar a los romanos desde las mismas llanuras del Po. Las tensas relaciones entre ambos habían motivado desde hacía 3 años, serias preocupaciones a Roma, que imaginaba que en cualquier momento, Aníbal desembarcaría en alguna parte de la costa italiana. Craso error. Muy pronto el genial púnico demostraría a qué punto podría llevar su audacia.
Partiendo desde la ciudad púnica de Cartagena (España) con un poderoso ejército consistente en 90 mil infantes, 12 mil jinetes y 37 elefantes, la expedición de conquista italiana tuvo enormes complicaciones apenas se inició. Acosado por diversos pueblos hostiles, hubo Aníbal de reprimir a sus insolentes anfitriones con el peso de sus armas, muchas veces con grandes pérdidas en vidas humanas. Cuando los púnicos superaron el paso del monte Cenis en los Alpes, y horadaban por fin suelo italiano, sólo les quedaban la mitad de sus efectivos (20 mil unidades de infantería y 6 mil jinetes) pero al fin se encontraban en tierras llanas. El sacrificio de los fallecidos y todas las penurias sufridas por los sobrevivientes, no había sido en vano. La empresa colosal e impensada, se había hecho realidad. Era el momento de atacar.
La noticia de la aparición de Aníbal sembró de inmediato el pánico en el Imperio. Nunca en su historia, algún enemigo había cometido tal portento de astucia. Los galos, pueblo enemigo mortal de Roma, incluso habían destinado 10, 000 hombres de apoyo al cartaginés, esperanzados en sacudirse del antipático yugo latino. Ya en territorio italiano, el genio del militar púnico pronto hizo diferencias. Infligió a los romanos dolorosas derrotas tanto en la batalla de Trebia (218 a. C.), como en la Batalla del lago Trasimeno (24 de junio del 217 a. C). Aquellas victorias habían significado una gran llamada de atención a los romanos, que empezaron a intuir que ante semejante oponente, las batallas a campo abierto eran una pavorosa invitación a la masacre.
Uno de ellos fue Quinto Fabio Máximo, dictador romano elegido por el Senado en el 215 a.C para enfrentar la amenaza cartaginesa. Fabio, prudente militar y astuto diplomático, entrevió que la mejor forma de vencer a Aníbal era realizando una guerra de desgaste que lentamente, minara su capacidad de respuesta. Sin embargo, su política de corte de suministros y guerra de guerrillas (tácticas fabianas), colmó la paciencia de los romanos, quienes en su mayoría pretendían una solución rápida y definitiva. Retirado el mando a Fabio Máximo, el Senado nombró a los cónsules Cneo Servilio Gémino y Marco Atilio Régulo por el plazo de un año, sin resultados. Roma, muy preocupada, temía que los estados de su gran confederación, instados por su debilidad, se rebelaran a su poder. Pero para felicidad romana, lo que ellos temían sucedió sólo parcialmente. Aníbal impulsó y soliviantó a todos los pueblos conformantes del Imperio pero Italia Central, la más fuerte e importante, no se rebeló y se mantuvo leal.
Aníbal: Una preocupación nacional
Al año siguiente, las cosas parecían seguir igual o quizás peor. Dueño Aníbal del norte de Italia, Aníbal preparaba la ofensiva hacia Roma para usar la capital como nexo entre ellas y la gran Capua, la ciudad representativa de los estados del sur que se había unido al cartaginés. Cansados de los pocos resultados, en el año 216 a. C. el Senado nombra a los cónsules Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo, para ejercer el mando del gran ejército que se estaba preparando desde hace un año y consistente en más de 90,000 hombres y unos 6,000 jinetes. Sobre su composición, el gran historiador de la antigüedad, Polibio, cuenta:
El Senado determinó llevar ocho legiones al campo de batalla, algo que Roma no había hecho antes; cada legión estaba formada por cinco mil hombres más los aliados. (…) La mayoría de sus guerras se deciden por un cónsul y dos legiones, con su cuota de aliados; y raramente emplean las cuatro al mismo tiempo en un único servicio. Pero en esta ocasión, tan grande era la alarma y el terror de lo que podría suceder, que decidieron enviar no cuatro, sino ocho legiones al campo de batalla.
Era el ejército más grande que Roma había empleado jamás. Financiado con lo último de las exhaustas arcas del Estado, toda Roma ponía sus máximas expectativas en la victoria final. Empero, fue Aníbal quien dio el primer golpe capturando un gran depósito de suministros en las llanuras de Apulia, cercana a la ciudad romana de Cannas. La noticia de la pérdida del importante centro de abastecimiento hizo comprender a Varrón y Paulo que el enemigo, al menos en algunas semanas, no sería acuciado ni por el hambre, el vestido o la falta de armas. Y ellos, si. Resueltos a darle batalla final, los cónsules decidieron seguirlo hacia el sur, que es a donde se desplazaba Aníbal. Pero el taimado púnico en realidad los estaba atrayendo hacia el terreno que mejor se le antojaba. El 2 de agosto del 216 a.C, ambos bandos estaban muy cerca, en la ribera izquierda del rió Aufidius. La batalla era inevitable.
Los espías de Aníbal informaron que el ejército enemigo era de una magnitud superior a todo lo visto antes. El púnico no se dejó impresionar. Sabía que en un territorio propicio, su número de nada valdría si su ejército se comportaba a la altura de las circunstancias. Entretanto, en campo romano, tal como estipulaban las leyes del doble nombramiento, tanto Varrón como Paulo debían alternar el poder un día si y un día no. Momentos previos a la batalla, entre ambos habían surgido varias divergencias. Paulo, militar de mayor experiencia, quería rehusar batalla aún, dado que en terrenos tan amplios, la caballería cartaginesa tendría superioridad. Varrón, consideraba que las dimensiones del ejército podrían romper sin problemas la defensa central de Aníbal, sector donde generalmente ponía a sus tropas de élite. Como el día en que estaba a punto de desarrollar la batalla correspondía al dominio del vehemente Varrón, éste decidió la ofensiva. Aníbal había pronosticado bien.
Varrón dispuso a sus tropas a la manera clásica romana, con una línea compacta y de vanguardia que precedería a la masa de la infantería pesada, formada en tres líneas consecutivas y de similar número. La infantería estaba flanqueada por la caballería romana a la derecha, y la de los aliados itálicos a la izquierda. Frente al despliegue romano, Aníbal dispuso una línea curva (en forma de media luna) formada en su parte central por la parte más débil de su ejército, la infantería ligera ibera y celta. Pensando con certeza que los romanos por su gran número atacarían por el centro, Aníbal reforzó los extremos con sus mejores divisiones (la infantería pesada africana, los 6,000 jinetes celtas e iberos de Asdrúbal y los 4,000 númidas de Maharbal) para asistir a la división del centro. Aníbal se ocupó además que honderos y arqueros no atacaran al centro de la fuerza legionaria. Aníbal preparaba un cerco, pero no estaba seguro aún cuanto resistirían sus fuerzas centrales.
Apenas amaneció, las trompetas sonaron. Hacia las 8 de la mañana, ambos ejércitos estaban frente a frente, en un territorio que Aníbal consideraba favorable para sus planes. Si bien era un terreno amplio y de fácil movilidad para su caballería, también no era excesivamente grande, de modo que podría permitir ejecutar acciones envolventes. Cuando se dio la orden de atacar, Aníbal dio orden de esperar el ataque. Los legionarios, que corrían hacia ellos, produjeron un sonido seco por algunos minutos al primer contacto; después estalló el griterío.
La infantería cartaginesa resistió mejor de lo que se esperaba. Defendiéndose con fiereza, sus hombres retrocedieron lentamente a la par que sus flancos de izquierda y derecha permanecían en sus posiciones, sin separarse demasiado. Los arqueros y honderos de Aníbal golpeaban a los costados de las legiones, quienes para evitar el fatigante asedio, se juntaban más en el centro. La flexibilidad de las excelentes tropas de Aníbal dio sus frutos. Tras retroceder por varios metros, la zona central de sus fuerzas se detuvo. Las enormes fuerzas legionarias, creyendo que estaban a punto de partir en dos su línea defensiva, se adentraron en el fondo de la llanura más y más a la par que crecía el poder de las divisiones púnicas de izquierda y derecha.
Cannas, el desastre
Formando una bolsa o embudo, la caballería de Asdrúbal derrotó con rapidez a la del cónsul Paulo, dispersándola, mientras los jinetes de Maharbal acosaban a los de Varrón por el otro flanco. El elevado número de efectivos romanos muy pronto vio limitado su accionar y sin espacio para maniobrar, fueron encerrados por los tres frentes. La orden de Varrón de retroceder tampoco dio resultados. La caballería de Asdrúbal había atacado por la retaguardia y el envolvimiento fue general. La táctica de tenaza empleada por Aníbal había triunfado. La matanza fue espantosa y los pocos sobrevivientes se refugiaron en las colinas cercanas. Tito Livio, observador de las guerras y notable historiador, describe lo siguiente:
Había tantos miles de romanos yaciendo (…) Algunos, con sus heridas, agravadas por el frío de la mañana, se levantaban, y a medida que se levantaban cubiertos de sangre de entre la masa de masacrados, eran sobrepasados por el enemigo. Otros fueron encontrados con sus cabezas enterradas en la tierra, en agujeros que habían excavado; habiendo con ello, parece, creado sus propias tumbas, en las que se habían asfixiado ellos mismos
Roma, ante la mala noticia, tembló de conmoción. Según Polibio, los romanos tuvieron 70.000 bajas, aunque Tito Livio y Plutarco estiman que las pérdidas fueron de 50.000, en tanto que el caudillo púnico solo perdió 6.000 hombres. Entre los muertos del ejército romano había 29 de los 48 tribunos; 50 centuriones y hasta 32 senadores que habían participado en la batalla. El silencio se apoderó de la ciudad milenaria y el dolor se propagó en el corazón de cada romano como nunca antes. Tito Livio, continúa relatando:
“Nunca antes, estando la ciudad todavía a salvo, se había producido tal grado de excitación y pánico dentro de sus murallas. No intentaré describirlo, ni debilitaré la realidad entrando en detalles. (…) Pues según los informes dos ejércitos consulares y dos cónsules se habían perdido; no existía ya ningún campamento romano, ningún general, ningún soldado; Apulia, Samnio, casi toda Italia estaba a los pies de Aníbal. Con seguridad no hay otra nación que no hubiera sucumbido bajo el peso de tal calamidad”
Roma estaba herida de muerte. Durante un cierto periodo de tiempo, los romanos se encontraron completamente expuestos y desorganizados. Los mejores ejércitos de la península habían sido destruidos, los pocos supervivientes absolutamente desmoralizados y el único cónsul con vida (Varrón), completamente desacreditado. Fue una completa catástrofe para los romanos. La ciudad de Roma declaró un día entero de luto nacional, puesto que no había un solo habitante en Roma que no estuviese emparentado o conociese a alguna de las personas que habían muerto en la batalla.
Inmediatamente después de su victoria, Aníbal envío delegados de paz para negociar con el Senado romano un tratado de paz. Pero fiel a sus principios, los romanos rehusaron altivamente hacer tratos con “cualquier enemigo que horadase suelo de Roma”. La negativa romana enojó a Aníbal, que secretamente esperaba terminar la guerra. Tenía razones fundadas para ello. Sin el apoyo de la mayoría de estados italianos, y esperando inútilmente refuerzos de España, su permanencia en Italia en el futuro pendería de un hilo en el futuro. Además, ya no tenía la suficiente maquinaria de asedio ni elefantes como para anhelar acciones más radicales.
Eso, no lo sabían los romanos, quienes con pavor pensaban que Aníbal entraría a Roma en cualquier momento. De todos los confines cercanos a la gran capital, se escucharon gritos de “Hannibal ad portas”. Pero en realidad, el púnico no deseaba destruir la capital. Tampoco tenía con qué. Así las cosas, Roma se levantó una vez más de sus cenizas para rehacer un nuevo ejército. Los romanos habían aprendido la lección: No volverían a enfrentarse a Aníbal en batallas campales, sino que volverían a retomar las Tácticas Fabianas que el anterior cónsul Quinto Fabio Máximo les había enseñado. El tiempo, demostraría que la suerte del gran Aníbal, estaría echada y con él, la de su Imperio. Roma anhelaba la venganza.


[...] de las Galias de César) conquistó Judea, convirtiéndola desde entonces en reino vasallo de Roma. Es aquí donde empieza esta [...]
[...] ejército, con un total de 40,000 hombres aproximadamente, fueron muertos. Roma no recordaba desde Cannas, haber presenciado una catástrofe de tales dimensiones. Perder esta batalla significó comprender [...]