Batalla de Filipos: Disturbios tras la muerte de Julio César

El poder que adquirió Julio César luego de la muerte de Craso y de la derrota de los ejércitos de Pompeyo llegó a niveles inconmensurables. Nunca un cónsul había adquirido tal poder, además, era respaldado por los populares y gran parte de las fuerzas armadas, lo que llevó al Senado a recurrir a medidas extremas.
En efecto, Julio César sería asesinado el 15 de marzo del año 44 a.n.e. Marco Antonio, uno de sus más fieles generales que lo acompañó en la mayoría de sus campañas de los últimos años se hace poderoso, en esos momentos, Octavio, el sobrino adoptivo de César, regresa a Roma a reclamar el puesto dejado por su tío, ya que lo había nombrado su sucesor. Pronto el Senado se valió de esto para favorecer a Octavio antes que a Antonio, ya que no se toleraba la idea de que este último se hiciese de un poder ilimitado. Pero Octavio no era ingenuo, sabía muy bien que el Senado lo usaba, para deshacerse de él también una vez derrotado Antonio.
Luego de un enfrentamiento en la que Octavio salió victorioso frente a Marco Antonio en Módena, este último huye a una provincia e invita al heredero del César y a Lépido, un tercer caudillo que lo había ayudado a refugiarse y había sido nombrado para formar el llamado Segundo Triunvirato, otra vez en desmedro del Senado. Todos estuvieron de acuerdo y en una isla cerca de Bolonia el pacto quedó establecido. Todos juntos enfrentarían a los senadores, se repartirían el poder y las tierras y castigarían a los asesinos de César; a propósito, de los tres, Lépido era el que contaba con menos influencia.
Los tres regresaron a Roma en son de paz ingresando el 29 de noviembre del 43 a.n.e. Los senadores y optimates tenían los días contados. Estaba claro que para llevar a cabo la guerra contra los principales asesinos de César, llamados Bruto y Casio, se necesitaba dinero y esto sólo se lograría mediante la proscripción de nobles, o su asesinato, esto de paso, favorecería los intereses de los populares, así y todo obtendrían la fe del pueblo y nadie podría limitarles el poder. El único que opuso resistencia a la matanza fue Lépido pero fue totalmente ignorado, bajo las órdenes de Antonio y Octavio, los ejércitos romanos mataron a unos 300 senadores, y poco más de 2 mil caballeros.
Fueron entonces casi 2500 aristócratas y ciudadanos acomodados los asesinados, pero ¿cómo se obtenía dicho dinero? Pues resulta que por matar un noble proscrito, un esclavo recibía una alta suma de dinero y la libertad, los hombres libres obtenían recompensas hasta tres veces mayores, así entonces, se repartieron los bienes de las víctimas y los triunviros obtuvieron los recursos para hacerse con la guerra de venganza que sucedería a continuación. Así fue el inicio de la Tercera Guerra Civil Romana, que duró quince años siendo la peor de todas.
La persecución
Ahora sólo restaba llevar a cabo la persecución de los asesinos del caudillo fallecido. Esto significaría cobrar venganza y desprestigiar al Senado, mientras, claro, el poder de los triunviros, a todas luces nuevos caudillos, se iría incrementando. Es así entonces que una vez solucionadas las cosas en Roma, Marco Antonio y Octavio parten hacia Macedonia donde Bruto y Casio los aguardaban con un nutrido ejército. Estos dos últimos sabían muy bien que la batalla que se les venía encima era prácticamente decisiva por lo que juran suicidarse antes que caer prisioneros.
Controlaban los perseguidos: Grecia, Macedonia y Siria y su gobierno fue considerado totalmente ilegal, sólo contaban con poderosos ejércitos orientales a su mando, la batalla en seguida sería decisiva. Casio solamente llegó a acumular 12 poderosas legiones y Bruto otras cinco, conformado de 80 a 100 mil soldados (variando esta cifra según las fuentes) y casi 20 mil jinetes, muchos de ellos arqueros, al estilo parto. Sus recursos, además, eran casi inacabables, el único país que se negó a ayudarlos fue Egipto, donde reinaba Cleopatra quien prefirió beneficiar a los triunviros. Las fuerzas de Marco Antonio y Octavio eran un tanto superiores, aproximadamente 19 legiones conformando casi 100 mil soldados y con casi 33 mil jinetes. La batalla se llevó a cabo en dos escenarios.
Primer día: 3 de octubre del 42 a.n.e.
Los republicanos no salieron al frente de Marco Antonio, para evitar caer en cualquier tipo de trampa. La batalla comenzó cuando Marco Antonio intentó atacar por un flanco desde las marismas del sur, hecho que fue advertido por Casio quien lanzó un contraataque. Marco Antonio no se amilanó y respondió, al mismo tiempo que al norte. Bruto, por su parte, ataca a Octavio sin esperar una orden de ataque, haciendo que las tropas de éste último huyan en desbandada. Por un momento se teme lo peor. El campamento del futuro emperador fue capturado, por fortuna él no se encontraba allí y todo no pasó de un gran susto, no obstante, los triunviros iban perdiendo la batalla. Octavio se vio obligado a esconderse.
A Marco Antonio le iba un poco mejor, pues estaba asaltando las fortificaciones de Casio desde el sur y luego de resistir el ataque de éste último, logra capturar su campamento y pone en retirada a los republicanos. Hasta este momento la batalla había sido dura, pero con un empate, con pérdidas de 9 mil soldados para Casio y 18 mil para Octavio respectivamente. Vale aclarar, que en este momento, ambos contendientes no sabían los resultados sufridos por ambos lo que genera la perdición de los republicanos, pues Casio desde lo alto de una colina no pudo ver bien la situación en la que se hallaba Bruto y al no tener noticias de él se termina suicidando creyendo que la batalla se había perdido. Bruto lloraría sobre el cuerpo de su amigo, era demasiado tarde, ahora debía enfrentar la amenaza él solo.
Segunda Batalla: en el mar y el enfrentamiento final
La batalla tendría otro frente, el mar. La flota republicana era también ligeramente superior a la de los triunviros, es más, destruyó los refuerzos de estos en el Jónico. Lo único que lamentaban hasta el momento los republicanos era la muerte de Casio. Ambos bandos tenían a sus tropas desmoralizadas por razones propias. Bruto solo esperaba mientra, Marco Antonio tuvo hasta tres semanas para reagruparse. Ambos se preparaban para rodear a líder de los republicanos, quien ahora había prácticamente unificado los ejércitos en uno.
Bruto descubrió cómo Octavio lo rodeaba por el sur a través de las marismas y él mismo tuvo que extender su línea del frente, aunque confío en su abastecimiento por mar, en sus tropas y su posición, algo ventajosa. El hecho es que Bruto, ahora solo, no podía con todo, sus tropas y generales le exigían una batalla sin espera y ante el peligro de que se pasen al otro bando, entonces, se ve obligado a ceder.
Así, el 23 de octubre su situación se hace insostenible y un desmoralizado Bruto sella su destino: da la orden de atacar en toda la línea del frente. A continuación un asolador combate entre romanos se produce: ambos contendientes tenían tropas duchas y experimentadas, la batalla fue ardua y desgastante. Pasadas algunas horas, los soldados de Bruto ya estaban retrocediendo, Octavio capturó el campamento y el destino del asesino de César estaba sellado.
Intentó reorganizar su ejército pero le fue difícil y sólo alcanzó a reunir cuatro legiones y escapó cerca de allí, pero ya era muy tarde, se terminó suicidando. A pesar de que aquel día había peleado con todas sus fuerzas, la historia no tenía ya un lugar más para él. Se desconocen las bajas reales, pero lo que sí se sabe es que los triunviros celebraron aquel acontecimiento como grandes camaradas…aunque no por mucho tiempo.
Una cosa era indudable: César estaba vengado, al final ningún de sus asesinos sobreviviría. Pero, tras esta batalla no sólo murieron los mencionados, sino que el partido republicano, el senatorial y muchos enemigos del Triunvirato se iban acabando, mientras se abría paso a un nuevo régimen, el del Imperio. Aunque antes de eso, los triunviros dividirían todo Roma y se desgastarían en una guerra que finalizaría en el nombramiento del primero emperador: Octavio, acabando la lucha por la transición política que asoló tantas décadas a Roma.
Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.

