La Guerra Civil Española (Capítulo I)
Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, historia antigua y con amplia experiencia en investigaciones sobre conflictos bélicos.
Ningún período de la extensa historia española tan convulso y sangriento como éste. Desquiciada España por su brutal impacto, dos bandos irreconciliables (el Republicano, y Nacionalista) pusieron al país al borde del colapso durante tres años (1936 – 1939) luchando por la preservación de uno, y la instauración del otro. La Guerra Civil española, como otros conflictos en la Europa de comienzos del siglo XX, tuvo lugar merced a las gravísimas secuelas económicas, sociales y políticas que dejó la primera guerra mundial. Las medievales estructuras de una nación gloriosa durante más de 300 años (y en ese momento venida a menos), no pudieron resistir la angustiante ola de reclamaciones por un Estado mejor. La caída de la monarquía y la consiguiente salida del rey Alfonso III (14 de abril de 1931) marcaron un punto de inflexión que la llamada Segunda República Española, a la larga, no pudo soportar.
Los demócratas de la Segunda República, ya instalados en el poder, intentaron ejecutar un ambicioso programa de reformas y medidas igualitarias para las distintas clases sociales. Sin embargo, muchas de ellas (en especial la Reforma Agraria) se vieron estancadas por la influencia y desaprobación de la gran clase terrateniente que veía en la medida la terminación de su ascendiente social. La clase campesina, sintiendo que por fin se atendían sus derechos largamente postergados, entró en abierto conflicto con los conservadores y la turbulencia social se hizo casi imposible de sostener.
Paralelamente, la experiencia revolucionaria soviética de 1917 y el triunfo del socialismo, habían germinado en el país una entusiasta masa de simpatizantes que premeditaban la destrucción del Estado. Anarquistas y comunistas se organizaron políticamente y apenas lanzados al ruedo, hubieron de enfrentarse a la oposición conservadora y de los derechistas cedistas (Confederación Española de Derechas Autónomas), que como ellos, buscaba también “la libertad e igualdad colectiva”.
La convulsión social degeneraría en pocos meses en violencia. Una serie de atentados entre ambas facciones instalaría la desolación en el país. De poco sirvieron las medidas de Niceto Alcalá-Zamora, líder de la República, contra la población civil. Cada vez más abstrusa, la batalla entre ideologías se volvió sangrienta y casi fanática. A finales de 1933, hubo una tregua nacional por las elecciones generales de noviembre, la primera en donde votaban las mujeres. El triunfo de los cedistas (liderados por José María Gil-Robles y los radicales de Alejandro Lerroux) fue un duro golpe para los izquierdistas y anarquistas, que no quisieron reconocer la elección. Con el último resultado obtenido, y la presión de los sectores conservadores, se haría evidente que todo lo avanzado en el primer período de la República se vería detenido. Y así fue.
El triunfo conservador y las revueltas de 1934
La nueva legislación social escandalizaría a las mayorías y la oposición. Se paralizó la esperada reforma agraria, se frenó la autonomía de las regiones, y se devolvió a la Iglesia el control de la educación y parte de sus bienes. Los efectos de esta política de rectificación se verían de inmediato, y con consecuencias aunque disímiles, igual de importantes en diversos sectores de la sociedad. En el ambiente político, los partidos de intereses afines se unieron y radicalizaron aún más. A la izquierda liderada por Manuel Azaña se le une el PSOE (Partido Socialista Español) de Indelecio Prieto y Largo Caballero; luego el PCE (Partido Comunista de España), el CNT (Confederación Nacional de Trabajadores) y la Ezquerra republicana de Catalunya de Lluís Companys. La derecha, ante las proporciones de la unión de izquierdas, también inicia contactos con otros partidos no necesariamente de derecha y sí de espíritu fascista y totalitario (un ejemplo claro es la Falange de la JONS o Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista).
Tal como en el ámbito político, en el social también se produjeron acontecimientos importantes. El movimiento obrero, de poca participación en el pasado y en la nueva coyuntura de gran actividad, se radicalizó. Largo Caballero del Partido Socialista Español promovió la lucha contra la burguesía y la toma del poder por el proletariado. Su discurso tuvo amplia recepción en las masas no sólo obreras, sino campesinas. Aumentaron entonces la conflictividad, las huelgas, la agitación social; mucho más cuando Gil Robles, el líder de la CEDA, consiguió que representantes suyos tomaran carteras ministeriales. El hecho desató un gran descontento que terminó con la convocatoria de las izquierdas, más el apoyo de las juventudes socialistas, a una huelga general en todo el país. En adelante, la fuerza de la masa obrera sería de gran preocupación para el gobierno, quien pese a no ceder, buscó mecanismos de diálogo. Todos fracasaron.
Sin embargo, ninguna repercusión tan importante como la gestada dentro del mismo seno militar. La bipolaridad, una herida general, también dividió a las cúpulas de la milicia agrupando a los de tendencia derechista en la UME (Unión Militar Española), que contactan con falangistas y monárquicos; y los de izquierda, que fundan la UMRA (Unión Militar Antifascista Republicana), como réplica a la anterior. Las diferencias ideológicas, cada vez más grandes, harían incluso que segmentos de la UMRA acariciaran la idea de un golpe de Estado. Ese año, 1934, estalló la revolución del 4 de octubre, auspiciado por la fuerza obrera de Largo Caballero.
En Asturias, los hechos alcanzan una dimensión gigantesca y la represión cruenta del Gobierno motivó el escándalo y estupor del país. En ese sentido, merece mencionarse el caso del periodista Luis Sirval, asesinado por un oficial de la Legión por denunciar las increíbles atrocidades que se estaban cometiendo. El mando de Gil Robles, acusado por todos los sectores, empezaba a desmoronarse.
Si bien la revuelta es sofocada, ésta se haría en medio del descrédito nacional. Las fuerzas de izquierda utilizaron la espantosa muerte de cientos de compatriotas (entre 1,500 y 2,000 hombres) en propaganda a su favor. El posterior hostigamiento y la desaparición o detención de casi 30,000 personas acusadas de formar parte de la revolución pondrían a Gil Robles al borde de la destitución, la cual es obtenida tras el escándalo Stra-perlo (o caso “Strauss & Pearl”, una famosa casa de apuestas que sobornó en 1935 al radical Alejandro Lerroux, co-presidente del gobierno, de instalar sus casas de juego pese a la prohibición). El enorme desprestigio obligó a Lerroux a dimitir y hundieron al Partido radical y a Gil Robles, que trataba desesperadamente de no verse involucrado en las acusaciones. En diciembre de 1935, el Presidente Alcalá Zamora destituyó a Gil Robles y nombró a Portela Valladares como jefe de Gobierno, convocando nuevas elecciones para el 7 de enero de 1936.
El Frente Popular y la escalada de violencia
Lo sucedido en Asturias fue tan terrible que se esperaba un inobjetable triunfo de la izquierda. Y así fue. El Frente Popular (que agrupaba al PSOE, Izquierda Republicana Unión Republicana, ERC, PCE, Acción Catalana, POUM, Partido Sindicalista y otros) se impuso con un amplio margen, obteniendo el 60% de los escaños disponibles. Manuel Azaña es nombrado presidente del Gobierno el 19 de febrero de 1936 y el 7 de abril, Niceto Alcalá Zamora es destituido como Presidente de la República. El triunfo de la izquierda, como anteriormente ocurrió con la derecha, haría despertar nuevamente toda clase de odios y resentimientos. El país se degeneró.
La izquierda, la masa obrera socialista y los miles de muertos de la revolución del 34, harían crecer el oprobioso sentimiento de la venganza. Los derechistas, que estaban preparados para todo, no pudieron hacer frente a la enorme serie de atentados al que incurrieron sus enemigos. España, atrapada en el terror, vio como ambas fuerzas literalmente “se despedazaron” por la supremacía política. El 16 de abril de 1936, con la celebración de los desfiles por el V aniversario de la República, se agudizarían los conflictos.
Durante el paso de la Guardia Civil, los abucheos y los disturbios fueron abundantes pese a estar el propio Manuel Azaña en la tribuna. La inquietud y posterior enfrentamiento del público opositor ocasionó nuevas peleas entre las fuerzas del orden y los derechistas. Sin embargo, si habría una muerte que haría incendiar la pradera, esa sería la muerte del alférez De los Reyes (De la Guardia Civil) durante una trifulca callejera.
El odio estremecía a España. Los derechistas aprovecharían el sepelio del alférez para salir a la calle a protestar efusivamente. Hubo tiroteos en las calles, lamentables efusiones de sangre y reyertas clandestinas que exacerbaron más los ánimos. En todo este caos, resulta muerto Andrés Sáenz de Heredia (de filiación derechista) y el teniente José del Castillo Sáez de Tejada (de filiación izquierdista) es linchado por la muchedumbre luego que éste disparara contra José Llaguno Acha, derechista de formación carlista. Días más tarde, el 12 de julio, el teniente Saéz de Tejada muere sospechosamente asesinado (quizás por falangistas), mientras caminaba por la calle. La noticia hizo temblar hasta los cimientos de la nación. Y preocupó incluso a la comunidad internacional, que no encontraba forma de solucionar el problema.
La lucha entre facciones recrudeció hasta la demencia. El flamante presidente de Gobierno, Manuel Azaña, harto de la colosal espiral de violencia, dimite a su cargo el 10 de mayo de 1936. Santiago Cáceres Quiroga, de tendencia izquierdista, lo sucede. El desborde continuado repercute poderosamente en la economía española. La deflación monetaria y las continuas huelgas paralizaron el ritmo producción del país. Además, la destrucción en todos los rincones de España trajo la miseria y alarma hasta de las poblaciones más humildes, más aún si eran de simpatía derechista. Un ejemplo claro de esto es la declaración que un indignado ex-presidente Gil Robles hace ante el Parlamento sobre los desórdenes habidos desde el 1 de febrero hasta el 15 de junio:
“Señores, este es el balance de esta guerra: 160 iglesias destruidas, 251 asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto. 269 muertos. 1287 heridos de diferente gravedad. 215 agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan. 69 centros particulares y políticos destruidos, 312 edificios asaltados. 113 huelgas generales, 228 huelgas parciales. 10 periódicos totalmente destruidos, todos de derecha. 83 asaltos a periódicos, intentos de asalto y destrozos. 146 bombas y artefactos explosivos. 38 recogidos sin explotar.”
La muerte de Calvo Sotelo y el fallido golpe de Estado
Parece que nadie había reparado en las terribles consecuencias del conflicto hasta que las escalofriantes cifras del mismo fueron de conocimiento público. El gobierno del Frente Popular, desbordado ante la escalada de violencia entre sectores radicales izquierdistas y derechistas, reconoció públicamente su culpabilidad en el fracaso de la reducción de atentados e hizo petición pública para que ambas partes cesaran en sus enfrentamientos. Era imposible ocultarlo: la estabilidad del nuevo régimen pendía de un hilo; fragilidad agravada de forma fulminante con la muerte de Sáez de Tejada.
Una vez oficializada la noticia, la algarada no tardó en extenderse entre la propia Guardia de Asalto a la que perteneció el difunto. Indignados, un grupo de guardias de ésta élite fueron a la madrugada siguiente a casa de Gil-Robles para asesinarlo; al no encontrarlo, secuestraron y liquidaron a José Calvo Sotelo, miembro de las Cortes y líder de la oposición al Frente Popular. España recibió la noticia partida por la mitad. Símbolo de la decadencia, muchos se alegraron de la muerte; otros en cambio, condenaron el hecho. La noticia convenció a los militares que sólo un golpe de Estado podría terminar con esta situación; entre ellos, a un general que por entonces había sido destacado a las Islas Canarias, Francisco Franco Bahamonde, un hombre que con el tiempo pasaría ser más que sólo un apellido: Franco, el símbolo de toda una época dictatorial.
El 17 de julio de 1936 los militares más conservadores del Ejército se levantaron finalmente contra el gobierno de la República. El alzamiento comenzó antes de lo planeado en Melilla (Protectorado español en Marruecos). Pronto se extendió a Tetuán y a Ceuta donde el coronel Juan Yagüe se apoderó de la ciudad sin disparar un solo tiro. Prácticamente todo el Marruecos español estaba en manos de los rebeldes antes que Franco, procedente de las Canarias, se pusiera al mando de las tropas sublevadas. Al día siguiente, 18 de julio, el levantamiento se extendió a la Península.
El golpe militar, que pretendía dominar todo el territorio español no alcanzó la rápida victoria esperada. Los sindicatos y partidos políticos de izquierda resistieron, el golpe se convirtió en una guerra civil y la resistencia en una revolución. También ese 20 de julio se produjo un acontecimiento importante. El general Sanjurjo, conspirador de 1932, que debía ponerse al frente de las tropas sublevadas murió en un accidente aéreo cuando partía de su exilio de Lisboa. La muerte de Sanjurjo dejó un peligroso vacío en la dirección militar de los rebeldes. Las personas más destacadas de dicha dirección pasaron a ser Mola, Franco y Queipo de Llano.
El 21 de julio se podía ya trazar una línea aproximada que dividía las zonas donde había triunfado la rebelión de aquellas donde había fracasado. Si bien la rebelión fue derrotada en 5 de las 7 principales ciudades del país, y las principales zonas industriales quedaron en poder de la República, las más vastas zonas agrícolas apoyadas por campesinos conservadores quedaron en manos de los rebeldes. La mitad del Ejército, casi toda la escuadra y dos tercios de las fuerzas aéreas españolas quedaron en poder de la República, pero con los sublevados habían quedado las fuerzas de 40.000 hombres entre tropas regulares, moros y la Legión del Ejército de África. Se habían creado pues, 2 Españas, la republicana y la nacionalista. Se iniciaba así el terrible conflicto armado entre izquierda y derecha, aquel que durante casi tres años habría de devastar al país en una cruenta lucha fraticida.


